¿Adicción al celular y a las redes sociales?

Recuerdo que hace algunos años cuando era un niño, los diálogos con los amigos eran muy buenos, hablábamos de todo un poco, desde convertirnos en un jugador de futbol famoso, hasta cambiar el mundo e ir a la luna y regresar, teníamos sueños y soñábamos despiertos, éramos libres porque podíamos ir donde quisiéramos con nuestra imaginación o a través de los diálogos infantiles que armábamos sin ningún reparo. Lo mismo sucedía con nuestros padres, dialogaban con nosotros y en las noches de luna, nuestros abuelos nos contaban cuentos, hablaban de sus experiencias y las engalanaban con historias ficticias de miedo, pero que nosotros convertíamos en verdaderas. No teníamos avances tecnológicos pero nos teníamos a nosotros mismos y la confianza y cercanía de nuestros padres. Con el paso del tiempo esta realidad ha cambiado totalmente, porque la tecnología avanzó y la comunicación en el mundo y entre los países se hizo más corta, pero la comunicación familiar y cultural se hizo más larga y menos frecuente. Anteriormente los parques eran sitios de esparcimiento para correr y jugar juegos con los amigos, hacer dos equipos para ver quién era el mejor, ahora son lugares casi  fantasmales donde cada quien vive en su propio mundo, donde la alegría y el entusiasmo o el deseo de hacer una competencia no son bienvenidos, porque las miradas están puestas en una pantalla de un teléfono inteligente, que cada día que pasa me doy cuenta que es mucho más inteligente que el mismo propietario, porque sin darnos cuenta el uso del teléfono móvil, y las redes sociales se han convertido en una adicción que nadie quiere aceptar que es una realidad.

 Ciertamente, quizás no tienen una adicción al alcohol, al tabaco o drogas pero si a las redes sociales ya que se han vuelto dependientes de ellas convirtiéndolas en un hábito, que les estanca y no les permite realizar tareas para su propio beneficio y el de sus familias.

Ahora bien, tengo que aclarar que el problema no son los teléfonos celulares o las redes sociales, sino la mala educación en el uso y el tiempo que pasan conectados a ellos y el fin con el que se utilizan. Muchos, han hecho de las redes sociales la vía para escapar de los problemas personales, sentimentales y familiares, porque los utilizan para desahogarse escribiendo y publicando lo que pasa en sus vidas privadas, victimizando sus dificultades acarreando así más problemas para sí, arriesgándose a un juicio social que es más  duro y difícil de manejar, al mismo tiempo olvidándose que es más efectiva la confianza en Dios a través de la vida sacramental y de la oración, la dirección espiritual y otros medios que la Iglesia nos propone para salir adelante.

Un problema que agrava esta situación, es que no practicamos la virtud de la templanza, vivimos en una generación donde la disciplina no es aceptada, y por tanto no se tiene la suficiente fuerza de voluntad  para ponerse limites en lo que hacemos y reconocer con madurez cuando algo está afectándote, y a los demás; es irónico que se llama amigos a personas que quizás jamás has visto en tu vida y dedicas largas horas a hablar con ellos y a revisar sus fotos y actividades, sin darte cuenta que olvidas lo esencial: tu propia familia y los que tienes cerca. Ahora bien, no digo que todo esto sea catastróficamente malo y dañino, sino más bien, que cantidad de tiempo dedicas a todo esto, y cuanto afecta tus actividades diarias y personales. Recuerda lo que dice el libro del Eclesiastés 3,1: “Todo tiene su tiempo, todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”. Por ende, si usted es un adicto a las redes sociales que pasa más en ellas que haciendo su trabajo, hoy es el día para empezar a cultivar el autocontrol y ponerse límites en el tiempo que pasa conectado en ellas.

El Padre Díaz es vicario parroquial en Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.

© Arlington Catholic Herald 2017