Hay que morir para vivir

Hoy por la mañana, consciente de que la Pascua se aproxima, pude tomar unos minutos para plantar unos bulbos de narciso que una amiga me regaló en tiempo de Navidad. Tengo la esperanza de que florezcan en tiempo de Pascua (que dura 50 días). Para mi, plantar estos bulbos, que están secos y parecen muertos, me ayuda a recordar el camino cuaresmal que estamos viviendo, y la promesa de vida nueva en Cristo. Para llegar a esta vida nueva, como nos recuerda el apóstol San Pablo y una canción muy conocida, "hay que morir, para vivir". Al enterrar los bulbos, deseo enterrar aspectos de mi vida que necesitan morir, para que la vida de gracia pueda vivir más plenamente en mi, y por consecuencia poder hacer el bien a quienes me rodean.

¿En qué consiste este morir? … Y a qué tenemos que morir?

El camino cuaresmal nos ha proporcionado una oportunidad maravillosa de renovar nuestra vida… de podar o mejor dicho dejarnos podar por el Jardinero por excelencia, nuestro Padre Dios. Todos tenemos áreas de nuestra vida que son teñidos de la muerte… todo lo que nos bloquea o aleja de la plena realización de la vida de gracia en nosotros. Para darnos una idea, puede ser falta de caridad o de perdón, un espíritu de orgullo, el hábito de "dejar para mañana", formas de pensar negativas, de estar atados al "qué dirán", o la necesidad de controlar las situaciones - o peor, de controlar a otros. Cada persona tiene "su especialización" Reconozco mi especialización también y la necesidad de presentarla con transparencia y sencillez ante el Padre, Hijo y Espíritu Santo, para ser transformada.

Así como el bulbo se deja enterrar en tierra fecunda, y recibiendo agua y el calor del sol, puede brotar con vida nueva, de igual manera, al enterrar la semilla de nuestra flaqueza en las manos tiernas de Dios, El puede hacer florecer algo nuevo de lo que necesita morir, o ser podado.

"Entre Tus manos, confío mi ser…" es la otra parte importante de la misma canción que mencionamos. Al enterrar los bulbos, estuve consciente de lo que yo le necesito entregar a Dios. Y aún más importante, reconocí mi deseo de enterrar lo viejo en Sus manos, no las mías, y de confiar en su misericordia. Dios es quien toma nuestra vida y la rehace, le da vida nueva.

En esta Semana Santa, tomemos ventaja del sacramento de misericordia, el sacramento de la reconciliación. La reflexión sobre el bulbo y lo que tiene que morir puede servir como una preparación a la confesión. No hay que temer. Si hace tiempo que no se han acercado a este sacramento de reconciliación, busquen un sacerdote que pueda mostrarles la compasión de Dios y que pueda guiarles en cómo recibir bien este sacramento.

Caminemos con Jesús esta Semana Santa, con valentía de morir a lo que no es de Dios, y de abrirnos a la transformación de Su resurrección. Oremos mutuamente los unos por los otros. ¡Vale la pena vivir por y para Dios!

Hna. María Elizabeth, Hija de San Pablo, trabaja por Pauline Books and Media en Alexandria.

© Arlington Catholic Herald 2016