Recordando a nuestros antepasados

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En este mes de  noviembre, en el cual hemos celebrado la Fiesta de Todos los Santos, y el día de los fieles difuntos, es bueno recordar el ejemplo de los santos, leyendo acerca de sus vidas. También, es una obra de caridad importante poder rezar por todos los difuntos, especialmente por nuestros familiares y quienes tenemos responsabilidad de recordar. Además de estas dos prácticas, les sugiero recordar las vidas de sus seres queridos que han muerto, y de contar sus historias en la familia. 
Agradezco a mis padres que nos han contado sobre los abuelos y ancestros en general,   algunos que conocimos, y otros que fallecieron antes de que naciéramos. Estoy convencida que en cada familia hay santos que han influenciado nuestra vida y la fé que tenemos. 
Si pueden, les recomiendo poder escribir (o grabar en video) las historias de sus parientes. Es un tesoro para pasar a las generaciones que nos siguen. 
Aquí les cuento sobre tres personas en mi familia que me han inspirado de alguna manera, y quienes recuerdo con mucho cariño. 
Mi abuelita María Victoria, nació en la Ciudad de México, y creció en Guadalajara. Se quedó sin mamá a los siete años de edad, la mayor de seis hermanitos. Con el amor de su papá, y de una pareja que la adoptaron como ahijada cuando era adolescente, pudo seguir adelante y asegurar que cada uno de sus hermanos tuvieran lo necesario. En los años de persecución de la Iglesia Católica en México, fue catequista, ayudando a los sacerdotes (como el Beato Miguel Pro) a encontrarse con sus fieles para los sacramentos a escondidas. Cuando tenía más de 30 años de edad se casó con mi Abuelito, un viudo con dos hijitos. Juntos tuvieron a cinco hijos. El recuerdo personal más palpable que tengo de ella es cuando me quedé unos días en su casa en la ciudad de México y me enseño cómo hacía jamoncillo (dulce de leche mexicano), y cómo rezaba el rosario todas las noches por la familia. Cuando ella te abrazaba, no había duda de su ternura. 
Recuerdo con mucho cariño y gratitud a mi bis-tía Charlotte Jean (Auntie Jean), mujer sumamente inteligente y generosa que cuidó a sus padres por muchos años, y quien ayudó mucho a mis padres cuando tuvieron a los primeros hijos. La recuerdo por su habilidad de escucharnos cuando éramos niños, y de deleitarse en los dibujos o cartitas que le hacíamos. Ella es para mí modelo de hospitalidad y acogida. 
También, recuerdo a mi primo Juan Carlos. Sufrió una falta de oxígeno cuando tenía apenas un añito de edad. Admiro mucho a mis tíos y primos que lo cuidaron y lo amaron en cada circunstancia. Juan Carlos fue para mi un ejemplo de inocencia y tenacidad, aun cuando algo no era fácil para él. Le encantaba jugar con la pelota de pádel con un tino increíble. Llegó a ser campeón de natación en su liga. Aunque no fue posible asistir a la universidad, le encantaba aprender cosas nuevas y de conversar sobre muchos temas.  Juan Carlos falleció joven, a los treinta y tres años. Estoy segura de que estará en las puertas del cielo, recibiendo a cada uno de sus familiares con su hermosa sonrisa y un alegre abrazo. 

Hna. María Elizabeth, Hija de San Pablo, trabaja para Pauline Books and Media en Alexandria.

© Arlington Catholic Herald 2016