Ver Cristo, ser Cristo

¿Alguna vez has visto a Cristo? ¿Alguna vez has sido Cristo? Para muchos ser otro Cristo significa ayudar y servir a los demás pero se nos olvida que ser otros Cristos también significa dejarnos ayudar. Es cierto, Cristo sanó y sirvió a los hombres, les dio de comer y los ayudó pero Cristo también sufrió por los hombres y no escondió su dolor. Cristo se dejó ayudar por Simón, limpiar la cara por la Veronica, enterrar por José de Arimatea. Cristo dejó que sus amigos lo vieran sufrir y lo vieran morir. Él no se avergonzó de su dolor sino que dejó que fuera un punto de encuentro de amor.

Esta Cuaresma he podido ver esta dinámica de "ser Cristo, ver a Cristo" muy de cerca en mi familia. Al comenzar la Cuaresma mi mamá tuvo una operación de corazón abierto muy delicada y estuvo por una semana en el hospital llena de tubos y máquinas para ayudarla a sobrevivir. Luego, por gracia de Dios, la dieron de alta y la pudimos llevar a casa. La recuperación para una operación de corazón abierto es larga y lenta. Mi mamá no puede hacer muchas de las cosas más básicas y tiene que aprender a ser dependiente de mi papá y de sus hijas hasta que pueda hacerlo por si misma. La verdad es que ha sido un proceso difícil para todos pero sumamente lleno de la gracia de Dios.

Nos enseña nuestra fe que el matrimonio es un reflejo del amor de Cristo por la Iglesia y es precisamente lo que he podido presenciar en el matrimonio de mis padres durante esta Cuaresma. Cristo se ha hecho carne en ellos. Mi mamá a través de su dolor, de su dependencia, de su necesidad nos muestra a Cristo sediento de nuestro amor, Él que se hace vulnerable, Él que se deja tocar en su dolor, Él que quiere y necesita todo de nosotros. Recuerdo un día cuando Marielisa vino a traerle la comunión a mi mamá. Ella le daba las gracias a mi mamá porque a través de ella, Marielisa decía que podía servir a Jesús, podía verlo, podía tocarlo. Es difícil dejar que Dios nos use para ser reflejo de Cristo de esta manera. Preferimos servir, actuar, controlar, pero cuando Jesús nos pide acompañarlo en su dolor, dejarnos ayudar y mostrarle al mundo Su rostro sufriente nos acobardamos y huimos.

Quizás lo más hermoso ha sido ver como Cristo se ha hecho carne en mi papá. Mi papá no se ha apartado del lado de mi mamá. Si mamá tiene que llevar la cruz pues él será Simon. Ver la delicadeza con que mi papá acompaña, cuida, baña, cocina (¡y eso que él nunca había cocinado!) y sirve a mi mamá me habla de la ternura y cercanía de Dios. Mi papá no lleva record de las veces que durmió en una silla por no dejar a mi mamá sola en el hospital, ni de las horas que se despierta cada madrugada para ayudar a mi mama, como tampoco Dios lleva record de las veces que sale a nuestro rescate. Ése amor delicado, comprometido, concreto y sacrificado es lo que he visto encarnado en casa. ¡Qué hermoso ver a Cristo vivo y activo en el amor de mis padres! ¡Cada uno es reflejo de Cristo para el otro!

Cristo cuenta con nosotros. El quiere que seamos su rostro y sus manos para el mundo. Ese rostro a veces tendrá la semblanza del rostro herido de Jesús otras veces será Su rostro glorioso. Algunas veces tendremos las manos milagrosas que sanan y sirven a los demás, otras veces nuestras manos serán las crucificadas y en llagadas pero en todo momento seremos otros Cristos para el mundo.

Briceño, quien es una Virgen Consagrada, es la asistente directora de Pastoral Juvenil en la Iglesia de Todos los Santos en Manassas.

© Arlington Catholic Herald 2016