Viviendo la Palabra: Tuve sed y me disteis de beber

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Recuerdo bien mi año de misión en Bánica, Republica Dominicana. Bánica es un pueblo hermoso que está en la frontera con Haití. La gente y las viviendas son muy sencillas, pero tienen almas generosas. Una de las cosas que más recuerdo de esa misión es cuanto aprendí a apreciar el agua.  Aquí en los Estados Unidos nunca tengo que pensar en el agua. Abro el grifo y sale el agua, me baño y el agua no se acaba, abro la nevera y tengo agua, puedo lavar ropa, bajar el inodoro, lavarme la cara y cepillarme los dientes sin problema. Pero no era así en Bánica. Muchas veces no había agua en casa y teníamos que esperar a que llenaran el tanque o que lloviera. Había que bañarse con cubos de agua y cepillarse los dientes con agua de botella. No podíamos lavar la ropa cuando queríamos, sino cuando había suficiente agua y electricidad. Muchas personas que vivían un poco más alejados, tenían que caminar por millas solo para buscar agua en el rio. Quizás algunos de ustedes se criaron así y saben lo precioso que es poder tener acceso instantáneo de agua.

En este país donde todo sobre abunda, no nos damos cuenta cuánta agua gastamos y botamos. Piensen en cuando se cepillan los dientes o cuando se bañan o lavan los platos ¿cómo usan el agua?; ¿Dejan que el agua corra o son conscientes de no gastar agua? Quizás no les parezca gran cosa porque siempre tenemos acceso al agua, pero ¿dónde esta nuestra solidaridad con los más pobres? 783 millones de personas en el mundo no tienen acceso a agua potable y de 6 a 8 millones de personas mueren anualmente por enfermedades relacionadas con el agua. Recuerden que una persona puede vivir casi 3 semanas sin comida, pero mueren en ocho à 10 días por falta de agua.

Recuerdo que cuando vivía en Bánica hubo la gran epidemia del cólera en Haití. Se murieron miles de personas porque no tenían agua y por tanto la higiene necesaria para poder sobrevivir y combatir la enfermedad. La gente se muere por falta de agua y nosotros la malgastamos sin pensar dos veces. Tenemos que tener una conciencia de solidaridad.

Jesús dice en el evangelio de Mateo que la persona que de un vaso de agua fría a uno de los pequeños tendrá una gran recompensa (Mt 10:42) y que cuando no le damos de beber al necesitado se lo estamos negando a El mismo (Mt 25:42). Entonces, ¿cómo podemos ayudar a colmar la sed del necesitado? Vamos a distinguir entre dos tipos de sed. El primer tipo de sed es la sed material. Es decir, ayudar a dar agua al que no tiene. De aquí viene nuestra solidaridad de tener mayor conciencia de cómo usamos el agua y cómo a través de nuestros sacrificios podemos ayudar a que los demás tengan acceso a agua limpia.

El segundo tipo de sed es la sed espiritual. Dice el salmo “mi alma tiene sed del Dios vivo” (Sal 42:2). ¡Cuánta gente hay que no conocen a Dios! Debemos ayudar a saciar su sed de Dios con nuestro acompañamiento espiritual, nuestras oraciones, con dedicar tiempo a enseñar catequesis o a enseñar a nuestros hijos a rezar. Debemos hablarle a la gente de Dios y nunca avergonzarnos por ser sus discípulos.

Hay otra sed espiritual aún más grande y es la sed de Cristo en la Cruz. Antes de morir Jesús clamó: “Tengo sed.” No era sed de agua que lo atormentaba sino sed de nuestro amor. La Madre Teresa entendía la sed de Cristo muy bien. Por eso ella puso en cada capilla de las Misioneras de la Caridad, a un lado del Crucifijo, las palabras “Tengo sed”. Ella quería recordarnos que estamos llamados a saciar la sed de Jesús en la Cruz con nuestro amor. En cada palabra de amor, tiempo que le dedicamos en oración, servicio a los más necesitados, estamos saciando su sed de amor.

¿Ahora entienden la gran importancia de dar de beber al necesitado? Debemos ser solidarios con los más pobres, ayudar a los que buscan a Dios y sobre todo saciar la sed de Cristo con nuestro amor.

 

¿Cómo podemos vivir esta obra de misericordia y ser auténticos discípulos de Jesús?

Sed material:

No desperdicies agua. Cierra el grifo cuando te cepillas los dientes, te lavas la cara o lavas los platos;

Reduce el tiempo de tus duchas. Con cada ducha de al menos ocho minutos gastamos 17.2 galones de agua por persona mientras que los pobres necesitan un mínimo de 12 galones al día para sobrevivir;

Sacrifica tu bebida favorita. Ahorra el dinero que hubieses gastado en comprar tus bebidas favoritas y que no son necesarias, y dona el dinero a los más necesitados.

Sed espiritual:

Habla de Dios. Cuéntale a tu familia las maravillas que Dios ha hecho en tu vida;

Reza en familia. Ensénale a tus hijos a orar y dedica tiempo regularmente durante la semana para rezar en familia;

Dedica tiempo diariamente a la oración personal. Dios tiene sed de ti. Asegúrate de dedicar al menos 20 minutos al día para estar con Él. 

Briceño, una virgen consagrada, se dedica a la evangelización a través de su ministerio happyfeetministries.com.

© Arlington Catholic Herald 2017