
El Drama de dos Madres (y la historia de los trillizos colombianos)
Por Alfonso Aguilar Reportero del Herald
(From the issue of 9/8/05)
A los seis meses de haber dado a luz a trillizos, Ceila Gracia Pacheco,
entonces de 18 años, descubrió que algo raro había en sus hijos: estaban
ciegos.
(Primera de dos partes)
Bajaron la escabrosa pendiente del río a trompicones e impacientes. No
era la primera vez que lo hacían, pues en épocas de verano suelen chapotear
en las mismas aguas de ese bajo río en Bluemont Park, en Arlington, a pocas
calles de donde viven con su madre, su abuela y un hermano mayor. Los brazos
de la abuela y los de una amiga de la familia y los de un desconocido que se
vio en la urgencia de ayudar parecían insuficientes para calmar la ansiedad
de los tres niños que gritaban:
–Agua, el agua, el río, the river.
Estaban descamisados, descalzos, como tres gotitas de agua: idénticos,
con sus trajes de baño de color azul, blanco y naranja y franjas laterales,
y así, prestos a sortear los dos metros de la áspera pendiente sin el menor
asomo de preocupación y con una innarrable felicidad.
–Despacio, despacio –les gritaba la abuela mientras ella misma luchaba
por su propio equilibrio entre puntillosas piedras y lodazal.
–¿Dónde está el río" –exclamó uno de los niños.
–Que despacio, les dije. No ven que no ven –responde la abuela con
más preocupación que ira.
–¡Sí vemos! –responde uno-. Vemos con la luz del cielo.
Era un domingo de fines de julio durante un picnic de las familias
católicas hispanas de la Diócesis de Arlington. Bajo un frondoso árbol
estaban los tres disfrutando varias clases de pollo, ensaladas y frutas.
Todos vestían una playera blanca, y a la vista de cualquier ojo humano, era
como ver un solo niño, o tres en uno. Los trillizos. Los triates. Nicolás,
Leonardo, Esteban, todos de apellido Argel, casi ángeles, nacidos en ese
orden, con una diferencia aproximada de cinco minutos, un 29 de junio de
1999 en Montería, Córdova, al sur de Colombia.
–¿Les gustó el pollo? –pregunta la abuela, de nombre Margenia Pacheco.
–El campero sí, y el peruano también, pero no me gustó el de Popeyes
–dice Nicolás.
–¿Y usted Leonardo?
–Yo lo que quiero es ir al río. Hace mucho calor.
Y los otros dos niños se unen al reclamo, a la petición, exasperando la
paciencia de la abuela, que no sabe cómo tranquilizarlos. Una buena alma que
miraba ese cuadro familiar se aproxima y pregunta si en algo puede ayudarles,
y se lo agradecen y le dicen que no es necesario. Antes de retirarse
pregunta con un tono más de miedo que de curiosidad:
–¿Están cieguitos?
Ceila Gracia Pacheco, la madre de los trillizos, tuvo un hijo previo a la
edad de 16 años, Antonio, ahora de 8 años. Dos años después le informan que
nuevamente está embarazada, y que en su vientre detectan dos gemelos varones.
Se llena de felicidad, sin ocultar a la vez preocupación porque sus gastos y
ocupaciones se le triplicarán. No dejaba de pensar en sus gemelos cuando le
dan otra sorpresa: no son dos, sino tres. Trillizos.
–¿Qué pensaste en ese momento, cómo te sentías?
–No lo creía. Si con dos no sabía qué pensar, con tres me quedé sin
palabras. Otra sorpresa, ya no grata, es que los médicos le dicen que sus
bebés no aguantarán los nueve meses de embarazo, por lo cual se requerirá
recurrir a la cesárea. Entonces está, aproximadamente, en su mes número
cinco de embarazo. A efecto de prolongar la vida intrauterina de los bebés,
hace el mayor esfuerzo humano para mantenerlos ahí, en su cuerpo, para que
ganen peso y puedan desarrollarse al máximo dentro de las posibilidades
clínicas.
–Me aguanté una semana, dos, tres, hasta que ya no podía tenerlos ni un
día más por los altos riesgos.
Nacieron a los seis meses, con un peso de entre mil 200 y mil 250 gramos.
Tan pequeños que los tres, idénticos, parecían un sólo bebé.
–Eran unos ratoncitos. Yo recuerdo que un doctor me dijo ‘Mire, esos
animalitos no van a vivir. No tienen ninguna defensa".
Para fortuna de la familia y de los trillizos, otro doctor dijo lo
contrario:
–Están vivos y pueden sobrevivir. Hay que meterlos ahora mismo a la
incubadora.
Y así, poco a poco, los trillizos ganaron peso y empezaron a
desarrollarse
como cualquier bebé normal.
–¿Qué más recuerda de eso pequeños bebés, sus tres nietos? –le pregunto a
la abuela, que al igual que su hija ha estado con los trillizos en todos los
momentos desde que llegaron al mundo.
–Fíjese que cambiaban de colores, ahora amarillos, mañana negros y luego
bien blanquitos. Otra cosa rara es que dormían de día y despertaban de
noche. Un doctor me dijo que a eso se le llamaba nacer con el ciclo
volteado. Lo más raro es que nadie supo, ni los doctores ni la familia, que
los niños
estaban ciegos, o al menos, que habían nacido sin la retina desarrollada.
–Nadie nos dijo nada y para nosotros eran tres bebés pequeñitos pero
normales –recuerda la madre.
–¿Tú pensabas que ellos veían?
–Sí. Jamás imaginé que tenían ese problema.
Por ser prematuros, los bebés debieron pasar los primeros meses en casa,
salvo en las pocas ocasiones en que la madre y la abuela los llevaban,
protegidos, a una consulta.
–¿Cuándo y cómo se enteraron que tu hijos estaban ciegos?
–Cuando tenían seis meses. Mi papá llegó a casa. Me dijo que quería sacar
a un niño al jardín, y regresó asombrado
–¿Qué te dijo?
–Que mi hijo tenía algo raro en los ojos porque miraba el sol sin
manifestar ningún malestar, y que temía que todos estaban ciegos.
–¿Cuál fue tu reacción?
–No lo podía creer. Contemplé a mis tres hijos, miré su ojos y sus ojitos
eran muy bonitos.Como de color canela. (Continuará)
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