
Obispo Loverde celebra 40 años de vida consagrada
El obispo de la Diócesis de Arlington, Paul S. Loverde, celebró este fin
de semana 40 años de vida sacerdotal. Michael F. Flach, editor del Arlington
Catholic Herald, comparte con los lectores partes de una entrevista en las
que el obispo reflexiona en torno a la fe,
A la víspera de sus 40 años de vida sacerdotal, ¿se imaginó, obispos
Loverde, que también se aproximaría a cumplir 20 años en la investidura de
obispo?
No, nunca lo imaginé. Sólo quería ser un sacerdote. Y lo quise ser desde
la edad de 8 años. Sentí que Dios me tenía ese destino y supe que eso sería:
un sacerdote. De hecho tuve envolvimiento en los trabajos del Tribunal en la
Diócesis de Norwich y en ese tiempo pensaba: Cuando termine este trabajo me
gustaría ser pastor de una parroquia en la diócesis. Había magníficas
parroquias. Quizá una es para mí, pensaba. Pero Dios me tenía otros planes.
Usted ha logrado numerosos logros en su vida religiosa. ¿Recuerda un
momento que sobresale por encima de otros?
Es una pregunta difícil de respuesta porque hay muchos momentos. Pero si
escogiera uno diría que fue el día de mi ordenación sacerdotal. Fue algo muy
único y especial. Por eso quería buscar respuestas a los seminaristas que
dejaban a un lado el camino sacerdotal. Mi ordenación como sacerdote fue un
gran momento; mi ordenación como obispo fue una sorpresa.
Usted fue ordenado sólo 10 días después de la clausura del Concilio
Vaticano II. ¿Cómo influyó ese momento en su vida sacerdotal?
Ciertamente fue un momento crucial en nuestra iglesia. El papa Juan Pablo
II se refirió con frecuencia a este evento llamándolo el momento más
importante del siglo XX. En su esencia el Concilio fue un llamado al regreso
a lo sagrado, a una santidad que reflejara el modo en que la gente profesa y
comparte su fe; el modo en que interactúa en el mundo real y cómo trabaja en
la gracia de Dios para la transformación del mundo a su manera. Siempre vi
el Concilio como un llamado radical a lo sagrado. Sus protagonistas
dedicaron mucho tiempo para adaptar el mensaje sagrado a la sociedad
contemporánea.
El Concilio fue un gran momento. Para los que nos ordenamos en ese tiempo
fue una guía para llevar adelante sus verdaderos propósitos. Como ustedes
saben, yo tuve el privilegio de ser enviado a Roma justo cuando el Concilio
abrió. Muchos otros y yo salimos de Nueva York y el viaje en barco duró ocho
días. Había obispos y arzobispos. Nos conocimos todos. Presencié en Roma la
procesión de los obispos en la Basílica de San Pedro.
Durante mis cuatro semestres de estudio, los obispos de Estados Unidos
solían reunirse en el Colegio Norteamericano en Roma. Nos daban
conversaciones. Eran años maravillosos. La cuarta sesión del Concilio fue el
8 de diciembre de 1965. Los obispos se reunieron para la cena. Recuerdo
haberle preguntado a mi propio obispo, el obispo Hines, si podría consagrar
mi cáliz y lo hizo. Diez días después fui ordenado. Fueron tiempos muy
importantes para muchos.
¿Cuáles son los cambios más importantes que usted ha visto en la iglesia
como resultado del Concilio?
He sido testigo de la búsqueda de la verdad y del auténtico significado
del Concilio. La liturgia ha devenido en un momento de silencio reflexivo,
momentos para que nosotros vayamos al Señor en ese silencio, unidos en
nuestra fe. El desafío constante no es poner en práctica los signos
exteriores de la renovación (como la liturgia, por ejemplo), sino tener un
entendimiento de las bases fundacionales del Concilio y eso es la renovación
interior.
En términos de los laicos, el Concilio nos recordó que todos tenemos una
misión en la iglesia. Los laicos tienen un papel fundamental para que
llevemos a cabo la misión de la iglesia. Otra dimensión del Concilio es que
continuamos siendo una iglesia jerárquica. Los líderes de la iglesia son los
sucesores de los Apóstoles. Los sacerdotes son los más cercanos
colaboradores de los obispos. Y todos nosotros estamos bajo el liderazgo del
sucesor de San Pedro, el Papa.
El pueblo laico ofrece sus dones, talentos y santidad para la
transformación del mundo. Sin embargo, necesitamos ordenar más sacerdotes.
En todas las confirmaciones siempre hablo de las vocaciones. Soy muy claro
al decir que necesitamos sacerdotes. ¿Por qué necesitamos más? Porque no
podemos tener una iglesia sin la eucaristía y no podemos tener la eucaristía
sin las ordenaciones sacerdotales. Es muy importante que entendamos qué es
nuestra iglesia.
Si hubiera algo que usted pudiera cambiar en su vida ¿cuál sería este
cambio?
Si pudiera cambiar algo, me imagino que sería un cambio en mis horarios
de modo que todos los días pudiera hacer dos cosas más. Las horas de un día
no son suficientes para todo lo que quisiera hacer. También quisiera tiempo
para hacer ejercicios. Debo admitir que en eso no he sido muy bueno, pero
debería serlo porque los cuerpos son el templo de Dios. Quisiera una vida
mucho más sagrada que la que tengo hoy. El llamado a lo sagrado siempre es
muy profundo. Quisiera responder a ese llamado siempre de mejor manera.
¿Qué aspectos del sacerdocio le llaman más la atención?
Me encanta llevar a la gente la Palabra de Dios, y ante todo, el Señor
mismo. La eucaristía y la comunión son los momentos más fascinantes. Cuando
alguien viene adelante, pienso que a esa persona no le puedo dar un mejor
regalo que al Señor mismo. Dar a la gente es un gran regalo. Es una
maravilla cómo el Señor escoge venir a nosotros para dar a su pueblo al
Jesús mismo. Presente, en carne, sangre, alma y divinidad.
¿Qué le gustaría compartir con los lectores ahora que celebra cuatro
décadas de vida consagrada?
Sabiendo durante 40 años lo que significa ser un sacerdote, una y otras
vez volvería a ser un sacerdote. Es una vida plena, hermosa. Trato de ser
cada día un mejor sacerdote. Le agradezco a Dios su llamado y les pido a los
fieles rezar por mí.
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