Adoremos a Jesús Eucaristía

Dentro de algunos días estaremos celebrando la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Esta fiesta conmemora la institución de la Santa Eucaristía con el fin de tributarle un culto público y solemne de adoración, amor y gratitud. Usualmente debería celebrarse el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad; pero por razones pastorales en los Estados Unidos y en otros países en América Latina la solemnidad se celebra el domingo que sigue después de la solemnidad antes mencionada, con el fin de que participen la mayor cantidad posible de fieles. La Solemnidad de Corpus Christi se remonta al siglo XIII.

Esta fiesta fue instituida por el Papa Urbano IV en 1264, surgida después de un milagro eucarístico acontecido a un sacerdote mientras este celebraba la misa, según la historia el sacerdote dudó de que la Consagración fuera algo real. Es por ello que al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre, de la que se fue empapando en seguida el corporal. El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios obispos, hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula "Transiturus" del 8 septiembre del mismo año, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés y otorgando muchas gracias y bendiciones a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.

La Eucaristía es el mayor tesoro de la Iglesia ofrecido a todos para que todos puedan recibir por ella gracias abundantes y bendiciones. Es el sacramento del sacrificio de Cristo del que hacemos memoria y actualizamos en cada Misa y es también su presencia viva entre nosotros. Adorar es entrar en íntima relación con el Señor presente en el Santísimo Sacramento. Ahí es el único lugar donde encontramos a Jesús vivo, es por ello que debemos de acudir con el corazón abierto para entablar un diálogo directo con El, que es el amor de los amores. Acudir para adorarlo. La adoración eucarística es un momento de intimidad, de confianza, de amistad con Jesucristo, el redentor, el amigo, el hermano, el compañero en nuestro peregrinar hacia la vida eterna. Jesús se quedo presente en las formas sencillas del pan y el vino, para desde ahí acompañarnos, por ende, es importante apartar algunos momentos para estar con él en oración.

En estos ratos de oración ante Jesucristo Eucaristía, es necesario actuar interiormente con fe, con esperanza, y con caridad, y darse cuenta de que su presencia ahí, es un gesto de amor personal a cada uno. Es el instante oportuno para renovar los propósitos de santidad y de respuesta generosa al amor de Dios. La adoración a Cristo es también acompañarlo con sentimientos de reparación por los propios pecados y por los de todos los de todos y hacer nuestros los sentimientos más profundos de Jesús.

Que gratificante es acercarse al Señor en silencio, dejarle que él nos hable y nosotros también hablarle; en el silencio el sana nuestro interior y nos da vitalidad para nuestras almas. Que refrescante es llegar a su presencia y desnudar nuestras almas y ponernos completamente en su presencia sanadora. Qué tristeza me da al ver que en muchos casos, las llamadas horas santas no son momentos de recogimiento, sino más bien todo lo contrario, un descontrol que no llaman a la meditación ni contemplación. Se han tornado en casi un desorden. Con esto no digo que no estoy a favor de cantarle y alabarle, pero considero que todo debe ir en su lugar, la iglesia nos invita a estar recogidos y en silencio para escuchar las grandezas del señor. Pero cuando no estamos recogidos en su presencia, considero que hasta se puede incurrir en irrespeto frente a Jesús Eucaristía.

Adorar a Jesucristo en el Santísimo Sacramento, es la respuesta de fe y de amor hacia aquel que siendo Dios se hizo hombre, hacia nuestro Salvador que nos ha amado hasta dar su vida por nosotros y que sigue amándonos con amor eterno. Es el reconocimiento de la misericordia y majestad del Señor, que eligió algo sencillo para quedarse con nosotros hasta el fin de mundo.

Por tanto, vemos que la adoración no es algo facultativo, optativo, que se puede o no hacer, no es una devoción más, sino que es necesaria, es dulce obligación de amor. El papa Benedicto XVI decía que la adoración no es un lujo sino una prioridad. Quien adora da testimonio de amor, del amor recibido y de amor correspondido, y además da testimonio de su fe.

Ante el misterio tan grande siempre sobran las palabras, sólo silencio adorante basta, sólo presencia que le habla a otra presencia. Sólo el ser creado ante el Ser, ante el único Señor, de donde viene toda nuestra vida. Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Amén.

El Padre Díaz es vicario parroquial de la Iglesia de la Sagrada Familia en Dale City.

© Arlington Catholic Herald 2016