El Adviento como Camino de Vida Cristiana

El adviento es la celebración de la esperanza cristiana. Es un resumen apretado del gran sueño, de la gran Utopía que Dios lleva entre manos en el tejido diario de la historia. Las cuatro semanas del adviento y en particular, sus domingos, intentan celebrar, por un lado, el horizonte último, la "escatología", el final de esta historia de salvación, y, por otro lado, los horizontes intermedios de las sucesivas intervenciones de Dios en nuestra historia.

Cristo ha venido ya, está con nosotros, es "el que está con nosotros". Al prepararnos para celebrar la Navidad, estamos celebrando el "hoy de Dios" en esta etapa que nos toca vivir. Lo celebramos como el que está con nosotros y lo celebramos también como el que ha de venir.

La espiritualidad del adviento nos anima a recuperar fuerza, dinamismo para el camino. Allanar caminos, construir puentes... para que pase el Emmanuel. "Preparen los caminos del Señor" será el grito de Juan Bautista.

El secreto del adviento está en unir la liturgia con la historia, la celebración con la vida. Para hacer vida el adviento, se necesita la perspectiva larga de la esperanza en el proyecto global -en el plan- de Dios y sus intervenciones más pequeñas, más cercanas de cada día, pero sobre todo la venida personal del Hijo de Dios que quiso vivir en nuestro mundo: Jesús de Nazaret, celebrado como un recién nacido en la Navidad que se acerca.

Adviento es un tiempo para la vigilancia, es decir para esperar la acción de Dios en la historia, tanto como en el culto: se trata de ser centinelas en la historia, incluso ayudar a que nazca la aurora. Creer en la novedad de Dios, en lo alternativo: para el corazón humano, para cada persona, para la Iglesia, para todo el pueblo y para todos los pueblos, para la creación entera.

El adviento nos ayuda a hacer un examen de la coyuntura del pecado personal y del pecado social. Porque es tiempo de compromiso. No un tiempo para huir de las tareas del mundo y refugiarse en una esperanza fuera del mundo, sino un tiempo para celebrar el retorno de Cristo que desea vivir también en este "aquí y ahora".

Las lecturas bíblicas dominicales nos irán introduciendo cada vez más en el misterio de la Navidad, contemplado como la realización de las promesas de Dios en medio de los pobres, empleando los mismos medios escondidos, humildes y aún despreciados por los poderosos del mundo. Lo único que se necesita para ver las maravillas de Dios salvando a su pueblo, a la humanidad entera, es estar atentos y alertas porque la salvación está cerca. Ella buscará, en la visión de Isaías, reunir a los dispersos y convertir las espadas en podaderas y arados.

Inmediatamente después aparece la figura formidable y la voz potente de Juan, el bautista del río Jordán. Su mensaje entronca con el de Isaías, y ambos se convierten en las figuras centrales del Adviento: al fin de todo, la justicia para el pueblo oprimido bajo tantos aspectos, no será otra cosa que la salvación final del ser humano, del mundo, de la creación y de la historia.

Mientras el profeta Isaías continúa con la mirada fija en los senderos por donde ha de volver el pueblo, libre ya de sus opresiones, la liturgia se hace en el tercer domingo una pregunta fundamental respecto a Jesús: ¿es realmente el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? La respuesta la da el mismo Jesús de Nazaret no con definiciones conceptuales, ni siquiera con explicaciones catequéticas. Simplemente muestra a todos las realizaciones de su acción: los postrados se levantan de la tierra, los desamparados vuelven a recobrar fuerzas, los oprimidos salen a la libertad. Como queriéndonos decir que nuestro propio Adviento no será sincero ni consecuente si no empuñamos la justicia, la solidaridad, la preocupación por la vida en todas sus manifestaciones, como algo que pertenece a nuestra misma razón de ser.

Finalmente, a las puertas ya de la Navidad, el cuarto domingo de Aviento nos indicará a través de la profecía, a través de un recuento histórico y a través de la maravillosa experiencia de una humilde joven israelita, María, que las promesas de Dios se hacen realidad. De esta forma, los domingos de Adviento nos preparan para acoger la Navidad sabiendo que es simplemente el milagro de la fe y de la esperanza convertidas ambas en caridad: Dios nos amó primero y de tal manera, que envió su Hijo para que tuviéramos vida en abundancia.

Los grandes temas que se desarrollan en estos domingos de adviento nos invitan:

a esperar vigilantes y alegres a Aquel que viene "a llenar nuestros deseos y superar nuestras esperanzas"; a fortalecer la esperanza en medio de una realidad marcada por estructuras de pecado pero cuyo destino está ya determinado por la victoria de Dios y la renovación de todo; a convertirse y volver al Señor en cuanto sólo Él puede dar al hombre aquella plenitud de vida que el pecado le ha arrancado; a acoger la Palabra hecha carne y que se hará presente en Jesucristo y su Misterio de Encarnación.

El Padre Alexander Diaz es Vicario Parroquial y Director de Education Religiosa en la Iglesia La Sagrada Familia en Dale City.

© Arlington Catholic Herald 2015