El coraje y las pérdidas de Jessica Soto de Ireton

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En el otoño de su segundo año en el Colegio Bishop Ireton en Alexandria, Jessica Soto sabía que algo malo ocurría cuando empezó a notar su pelo en el suelo de la bañera. Puños de sus cabellos llegaron a ser una apariencia regular, más grandes y más abundantes que nunca había visto. Con el miedo de tener cáncer, ella se apuró a WebMD, un sitio de web con noticias e información de salud, para una explicación.

Médico tras médico y pastilla tras pastilla, Soto y sus padres todavía no tenían ningun resultado. No fue hasta que su padre la llevó a un especialista de pelo al Centro Médico Militar Nacional de Walter Reed en Bethesda, Md., que el misterio se resolvió.

El especialista diagnosticó a Soto con la enfermedad autoinmune de Alopecia areata. Alopecia areata causa el pelo a caerse y afecta al uno por ciento de la población.

Al verano siguiente, Soto había perdido el 70 por ciento de su cabello. Se debatía sobre la cuestión de llevar una peluca o un sombrero pero dijo que ninguno le parecía bien. Prefería afeitarse la cabeza.

"Cuando regresé a la escuela en el otoño, alguien me dijo que yo era una inspiración", dijo Soto. "Yo no había pensado en eso, pero comenzó a acoger (mi cabeza afeitada). Mi sentido de estar cómoda les ayudó a otros".

Y su equipo de voleibol le ayudó, dándole la "fortaleza extra" y "coraje" cuando se sentía débil físicamente y emocionalmente. Cuando los estudiantes en otros colegios se burlaban de ella, sus compañeras de voleibol la defendían.

Pero el acoso escolar no fue lo peor. Su viaje solo había comenzado.

No mucho tiempo después de que Soto fue diagnosticada, se descubrió que su madre tenía el cáncer del colon de la Etapa IV.

"Yo dividía mi tiempo entre la escuela, mis citas al médico y las citas al médico de mi mamá", dijo Soto. "Trataba de hacer mis tareas en avance en vez de retrasarme. Con el cáncer de la Etapa IV, yo sabía que los médicos podían prolongar la vida de mi madre pero no podían curarla, entonces la cuidaba", dijo ella.

El abril pasado, durante su penúltimo año de secundaria, Soto perdió a su madre. En ese tiempo, estaba tomando dos clases de Colocación Anticipada (AP, por sus siglas en inglés) y dos clases de Honores, en adición de sus clases regulares, y preparándose para sus exámenes finales. Ahora, Soto va a graduarse de Ireton y está lista para estudiar en la Universidad de Virginia Occidental en Morgantown en el otoño.

"Mucha gente estaba a mi lado, pero todavía me sentía sola", dijo ella.

Soto, que tiene dos hermanastros mayores, vivía con su abuela, que emigró de Paraguay cuando Soto era pequeña, y su padre, que seguía trabajando en un empleo exigente durante la enfermedad de su esposa.

Después de que la madre de Soto entró al cuidado paliativo, "llegó al punto de que mi madre no me reconocía", ella dijo.

"Pasó tan rápido que yo no notaba que ella llegó a estar peor cada día", ella dijo. "(Su sufrimiento) me inclinó a querer ayudar a otra gente. Muchos jóvenes de mi edad no tienen la experiencia de (tanta pérdida)".

Después de la muerte de su madre, Soto, que tiene familia de México y Paraguay, tomó un viaje de misión a Panamá, donde era testigo de la pobreza extrema y el abuso de los niños. Dijo que al ver el sufrimiento de los niños pequeños cada día puso su sufrimiento personal en perspectiva.

"(La experiencia) me enseñó que Dios les da las batallas más difíciles a Sus soldados más fuertes", dijo Soto.

Después del viaje, Soto regresó a la escuela lista para confrontar una carga de cursos rigorosa, pensando que su madre no quería que la pena de su hija dismuniyera sus notas.

"Es difícil graduarme sin mi mamá", pero Soto dijo que sabe que su madre estaría orgullosa de ella.

Soto quisiera estudiar la bioquímica y pasar su tiempo libre para gozar de la naturaleza de Virginia Occidental.

"Y de vez en cuando, quizás quisiera relajarme y mirar Netflix", dijo ella.

Se puede enviar a Stoddard un correo electrónico: cstoddard@catholicherald.com.

© Arlington Catholic Herald 2015