Segunda parte – Principios fundamentales: El derecho a la vida

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Quienes somos católicos “de cierta edad” vinculamos el himno Whatsoever you do [Todo lo que hagan] a un recordatorio de la forma en que encontramos a Jesús en los pobres y necesitados en nuestro medio.

Los seres vulnerables en nuestro entorno incluyen a las personas sin hogar y con hambre, a los ancianos y enfermos y a quienes enfrentan discapacidad física, intelectual y emocional.

También recordamos que los más vulnerables en nuestro mundo son aquellos a quienes se les ha dado el don de la vida, pero que dependen por completo de otras personas: me refiero a los niños por nacer que viven en el vientre de la madre.

Toda sociedad será juzgada por la forma de tratar a los más vulnerables, y al trabajar por formar nuestra conciencia en previsión de la elección presidencial del presente año, necesitamos pensar que el primer principio es el derecho a la vida y la forma en que protegemos el don de la vida en cada etapa de su desarrollo.

Al manifestar el compromiso de defender el don de la vida, recordamos que la enseñanza de nuestra Iglesia no es una creencia exclusivamente católica, sino que refleja una verdad que conocemos, según la razón y la lógica humanas.

Así pues, por ejemplo, la persona racional entiende que si no defendemos la vida al comienzo, en el momento de la concepción, después no tendremos ninguna vida que desarrollar ni proteger. La vida es el primer derecho.

Hoy en día, vivimos en una cultura en la cual uno de nuestros principales valores parece ser el compromiso de no ofender a los demás. Es verdad que la paciencia, el respeto y la compasión son virtudes que contribuyen a la formación del buen carácter de una persona.

También sabemos que desde los albores de la historia de nuestro país, hemos asignado gran valor al don de la libertad humana. Sin embargo, por varios años, ha sido común para algunas personas del mundo de la política usar la expresión “en pro del derecho a decidir” para llevar a muchos a creer que no debemos obstaculizar la libertad que tienen los demás de tomar decisiones, aunque estas últimas sean contrarias a lo que es objetivamente cierto y correcto.

Por haber sido creados a imagen de Dios, cada uno de nosotros sabe en lo más profundo del corazón lo que está bien y lo que está mal.

Además, Dios nos concede el don de la libertad de escoger lo que es cierto y bueno y, por ende, nunca está bien que una persona escoja de manera directa o indirecta lo que es intrínsecamente malo, en particular cuando esa decisión destruye el don de la vida.

Nadie tiene nunca el “derecho” de ejercer el don de la libertad para privar a una persona inocente, en particular a un niño por nacer, de su derecho a la vida.

Al formar nuestra conciencia en esta y en cualquier elección presidencial, nuestra primera consideración debe ser siempre cuál es la postura de un candidato con respecto al primer principio: el derecho a la vida.

 

© Arlington Catholic Herald 2016