Yo he venido para que tengan vida

A menudo me encuentro con personas que no están contentos con su estilo de vida, y por esa razón se mantienen murmurando de todo, y por tal situación no le encuentran el sabor ni el rumbo que esta vida tiene y que debe tener; porque la vida de cualquier manera tiene un sentido y un don especial por el cual se debe de apreciar.

La vida es el regalo más preciado que se nos dio desde el momento de nuestra concepción, es el don primero que hemos recibido de Dios, don por el cual nos ha llamado de la no existencia a la existencia humana en este mundo. ¡Don maravilloso y extraordinario, realidad "sagrada" que ha sido confiada a nuestra responsabilidad y, por tanto, a nuestra custodia amorosa.

Creo que muchos no han entendido que vivir una vida plena, no significa vivir sin problemas y dificultades, y que quizás por ello, cuando el sacrificio llama a nuestra puerta nos ponemos melancólicos y molestos, porque creemos que estos pequeños golpes y sin sabores representa ausencia de Dios o castigo. Los problemas y sinsabores, son los dones que nos ayudan a mejorar y a crecer en nuestro interior, nos ayudan a madurar y a forjar nuestro carácter y nuestra vida, el problema está, en que nos hemos vuelto egoístas y pretendemos conducir esta vida por nosotros mismos, haciendo a un lado a Dios, nuestro autor.

Jesús nos dejo bien claro, que nada podemos hacer sin su ayuda, “Sin mi ustedes no pueden hacer nada” (Jn. 15, 5), con esto nos está diciendo que todo lo que hagamos y todo lo que vivamos no tendrá sentido ni razón de ser, si no es con su ayuda; si él no está presente en nosotros, nuestra vida pierde toda razón de ser.

Y es aquí donde brota la respuesta al sinsabor e infelicidad humana, cuando perdemos el contacto con Dios, todos nuestros anhelos de superación y crecimiento espiritual pierden su objetivo, y comenzamos a olvidar nuestro propio origen, y nos comenzamos a volver vacios y las dudas vienen a nuestra vida. Y comenzamos poner nuestra mirada aquí en los bienes materiales y olvidamos que estamos llamados a algo mucho más grande.

Cuando se está de la mano de Dios, se tiene claro que por vocación, se aspira a la plenitud de vida, sencillamente porque a eso se está llamado, porque a eso se orienta todo su ser. El ser humano sabe bien que tal plenitud y felicidad no es algo ya dado, sino algo que debe buscar y conquistar en los días que le tocan vivir en este mundo. Lo cierto es que todos estamos continuamente en búsqueda de una vida plena, plena de gozo y felicidad: ella es para nosotros como una exigencia profunda, una "necesidad vital".

Pero, ¿de dónde viene este anhelo? Dios, autor de nuestra vida, nos ha creado para que participemos de su misma vida y felicidad infinitas. Él ha puesto ese sello en nosotros para que lo busquemos. Es la razón por la que experimentamos ese impulso interior, esa "sed de infinito" que nada puede apagar, esa necesidad de plenitud y felicidad.

El sentido de la vida del ser humano, solo puede entenderse y disfrutarse en plenitud cuando este, vive en una relación vital con el Señor Jesús, quien es la vida misma y quien es la fuente la vida de toda la humanidad. Los cristianos incorporados a Cristo por el Bautismo y en la medida en que cooperamos con el don del amor derramado en nuestros corazones y cuando nos abrimos al dinamismo de la gracia vivificante, glorificamos al Padre con la alegría y el entusiasmo manifestado en nuestra vida, que se vuelve un rostro pleno de amor.

Por tanto, solamente siguiendo los pasos del Señor Jesús, es que aprenderemos que la vida solo adquiere sentido cuando se está con él, cuando se le acepta como dueño de nuestro ser, solamente entonces entenderemos que vida conlleva la pedagogía de la alegría y del dolor, que solamente cuando entendamos que esto no significa ausencia de Dios sino crecimiento divino, entonces podremos vivir en plenitud.

El Padre Díaz es el vicario parroquial de la Iglesia de la Sagrada Familia en Dale City.

© Arlington Catholic Herald 2016