Dejémonos sorprender por Dios

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Vivimos en la era de la tecnología y donde todo se realiza de manera rápida, la comunicación ya no es ninguna barrera, mucho menos la lengua; vivimos en la era de las aplicaciones y donde los aparatos electrónicos están comenzando a ser quizás más inteligentes (según los nombres que se les han dado) que los mismos creadores; en otras palabras, la vida se ha vuelto a cierto punto más fácil, porque se nos ha acomodado. Esto quizás puede ser positivo en muchos aspectos, porque es un gran avance, mas sin embargo, estos avances han vuelto a la humanidad más distraída y menos interesada en la vida interior y en el afán por la búsqueda de Dios. Esto ha causado el brote de enfermedades espirituales y psicológicas como la depresión y la ansiedad entre otras que están haciendo estragos en la vida de muchos. Viendo el panorama en que vivimos, solo se puede concluir en que los seres humanos han comenzado a ignorar la presencia de Dios en sus vidas y se han dedicado a vivir egoístamente, pensando y creyendo que la vida que Dios nos da, no es necesaria para ser fuertes y caminar con seguridad en esta vida. Vivimos asombrados por los ídolos que nos aprisionan y nos esclavizan, pero ignoramos que Dios está buscando sorprendernos cada mañana, cada día y cada momento.

Tenemos que volver a nuestras raíces, dejemos que Dios nos sorprenda con Su amor y con Su calidez y sobre todo con la alegría de sentirnos sus hijos. Hay que dejarnos sorprender por aquellos regalos que consideramos ya como aspectos cotidianos, y que por ser cotidianos los ignoramos inconsciente o conscientemente. Estos regalos son: la amistad; los verdaderos amigos en muchos de los casos no se valoran y terminamos dejando que se vayan, o los cambiamos por mediocres que se vuelven un problema para nosotros; la familia es otra de las grandes sorpresas de Dios, pero que a menudo se ven desintegradas a causa de la cultura de la muerte, debemos preguntarnos que tanto disfrutamos nuestras familias, cuánto tiempo les dedicamos, cuanto descubrimos el amor y la misericordia que Dios nos da a través de ellos, y lógicamente la vida misma es la mejor y la más grande sorpresa de Dios, debemos de vivir con plenitud porque para eso el Señor nos redimió, para eso vino “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”(Jn.10,10). 

Cuando dejamos que el Señor entre en nuestras vidas, dejamos que nos sorprenda y que marque nuestra forma de vivir, y descubrimos Su mano en todas las facetas, nos preocupamos mejorar nuestra calidad de vivir y por volar y superarnos a pesar de los retos y adversidades porque entre mas retos llegan a mi vida, mi fe se hace más fuerte y mi esperanza se acrecienta, porque esa fe y esperanza se convierten en amor. El sentirnos amados por Él, es la mayor sorpresa, porque nos hace buscarlo, “La gente lo andaba buscado e intentaban retenerlo para que no se les fuese” (Lc.4,44).  Ésa es la actitud de alguien que se ha dejado sorprender por Dios en su vida. Es una experiencia que te hace buscarlo, noche y día. Es una experiencia que te hace no querer soltarlo; que te hace querer a Dios como compañero, no sólo por unos cuantos días, sino para toda la vida. “El amor te abre a la sorpresa. El amor siempre es una sorpresa, porque supone un diálogo entre dos: entre el que ama y el que es amado. Y a Dios decimos que es el Dios de las sorpresas, porque Él siempre nos amó primero, y nos espera con una sorpresa. Dios nos sorprende. Dejémonos sorprender por Dios. Y no tengamos la ‘psicología de una computadora’ de creer saberlo todo, de forma fría y mecánica” (Mensaje de S.S. Francisco, 18 de enero de 2015).

Volvamos a la contemplación de Dios en el silencio, en un silencio dialogante y profundo donde dejemos que Dios nos hable al corazón, y así escuchar que es lo que Él tiene que decirnos, desconectemos nuestra vida de la tecnología y dejemos por un momento en el día que Dios nos sorprenda, con la belleza de un amanecer, o el dialogo con tus hijos, o el canto de los pájaros, o la búsqueda de la solución a un problema que quizás nosotros mismos nos hemos encargado de hacer más grande de lo que es. Dentro de todas estas sorpresas divinas, también se requiere la docilidad para escuchar a Dios y hacer Su voluntad.

Debemos estar siempre preparados a acoger la “novedad” del Evangelio y las sorpresas de Dios. La voz de Dios es viva y eficaz, discierne los sentimientos y los pensamientos del corazón. Y para recibir verdaderamente Su voz, Su Palabra, hay que tener una actitud de docilidad. La Palabra de Dios es viva y por eso viene y dice lo que quiere decir: no lo que yo espero que diga o lo que me gustaría que dijera. También la Palabra de Dios es libre y también una sorpresa porque “nuestro Dios es un Dios de las sorpresas.”

El Padre Díaz es vicario parroquial en Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.

© Arlington Catholic Herald 2019