Fiesta de Todos los Santos, ¿puede un día ser mi fiesta?

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Estamos a las puertas de celebrar la solemnidad de Todos los Santos. Cada primero de noviembre, la Iglesia Católica se regocija por dar honra a todos aquellos hermanos nuestros que ya regresaron a la casa de Dios Padre y que ahora viven ya adorándole en su presencia por toda la eternidad. En esta fiesta, celebramos a todos aquellos santos que la iglesia ha reconocido y puesto como ejemplo y también aquellos que están con Dios — que también son santos — pero que son desconocidos, ya que santos son todos los que han entrado en el cielo. 

La vida de los santos debe de ser un aliciente para nosotros que como iglesia peregrina, aun caminamos y luchamos por nuestra propia santificación; ellos son un ejemplo y una inspiración, porque si ellos lograron ganarse el cielo, también nosotros podemos hacerlo sin problema, aunque sí, con sacrificios y esfuerzos abonados por nuestra fe y buenas obras. 

Esta celebración tuvo sus orígenes por el siglo IV debido a la gran cantidad de mártires en la Iglesia. Más adelante el 13 de mayo del 610 el Papa Bonifacio IV dedica el Panteón romano al culto cristiano, colocando de titulares a la Bienaventurada Madre de Dios y a todos los mártires. Es así que se les empieza a festejar en esta fecha. Posteriormente el Papa Gregorio IV, en el siglo VII, trasladó la fiesta al 1 de noviembre, muy probablemente para contrarrestar la celebración pagana del “Samhain” o año nuevo celta (en la actualidad Halloween) que se celebra la noche del 31 de octubre.

Pero quienes son los santos: Santo es aquel cristiano que, concluida su existencia terrena, está ya en la presencia de Dios, ha recibido — con palabras de San Pablo — “la corona de la gloria que no se marchita” (1 Cor 9,25). Son siempre reflejos de la gloria y de la santidad de Dios. Son modelos para la vida de los cristianos e intercesores de modo que a los santos se pide su ayuda y su intercesión. Son así dignos y merecedores de culto de veneración.

Como he dicho al principio, este día se incluye en la celebración y contenido a los santos populares y conocidos, extraordinarios cristianos a quienes la Iglesia dedica en especial un día al año, pero, sobre todo, celebramos a los santos anónimos, algunos que quizás fueron nuestros amigos, parientes o familiares, miembros de nuestras familias, lugares y comunidades, muchos de ellos están con Dios, si están con Él, en la eternidad, también son santos. 

Es importante también meditar en esta fiesta, porque es una oportunidad para recordar la llamada a la santidad presente en todos los cristianos desde el bautismo. Es ocasión para hacer realidad en nosotros la llamada del Señor a que seamos perfectos — santos — como Dios, nuestro Padre celestial, es perfecto, es santo (Mt 5,48). Jesús nos lo deja bien claro, cuando nos llama a la perfección, es una llamada apremiante a vivir nuestra vocación y deseo de santidad de acuerdo a nuestros propios estados de vida, ya sea casados, solteros, viudos, consagrados, no importa el estado, lo que importa es la meta, ser santo, ser perfecto, ganarnos el cielo sin ninguna excusa: porque la santidad no es una llamada exclusiva para unos pocos, o como muchos piensan de manera errónea, que el cielo está reservado para unos pocos, la santidad es para todos, es y debe ser el destino de todos, como lo ha sido para esa multitud de santos anónimos a quienes hoy celebramos.

Como nos ganamos el cielo, o mejor dicho, en qué consiste esta vocación universal. Consiste en vivir y cumplir los mandamientos, Cesáreo Gabarain lo explica en una de sus cantos cuando dice: “El santo no es un ángel, es hombre en carne y hueso que sabe levantarse y volver a caminar. El santo no se olvida del llanto de su hermano, ni piensa que es más bueno subiéndose a un altar. Santo es el que vive su fe con alegría y lucha cada día pues vive para amar”, y el Papa Benedicto XVI en una de sus homilías lo dejaba mucho más claro “El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo”. Finalizo, este escrito copiando textual una cita que me encontré en una página web, y que explica en palabras sencillas lo que es la santidad, y que me ha llamado la atención muy atentamente.  “La santidad se gana, se logra, se consigue, con la ayuda de la gracia, en tierra, en el quehacer y el compromiso de cada día, en el amor, en el servicio y en el perdón cotidianos. El afán de cada día labra y vislumbra el rostro de la eternidad”, escribió certera y hermosamente Karl Rhaner. El cielo, sí, no puede esperar. Pero el cielo — la santidad — solo se gana en la tierra” Feliz Fiesta de Todos los Santos.

El Padre Díaz es vicario parroquial en Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.

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