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Soberbia, el virus que corrompe nuestra alma

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En mi anterior articulo les explicaba sobre el monstruo de siete cabezas haciendo una metáfora a los siete pecados capitales y como la humanidad hoy día a aprendido a aceptarlos y a convivir con ellos sin tener el más mínimo escrúpulo para alejarse de ellos.

Hoy quiero hablarles de: La Soberbia, es el primero y el mas antiguo de los siete pecados capitales, podemos decir que es la madre de todos los demás pecados. Nos dice la Sagrada Escritura que la soberbia fue el primer pecado, cometido por Satanás, quien quería ser más poderoso que Dios, y tan grande fue su ambición que se reveló contra Dios mismo volviéndose esclavo de la oscuridad. Este pecado si no somos capaces de llenarnos de Dios y de su misericordia se puede volver poderoso y llegar a dominarnos con facilidad.

Es el pecado que cometieron Adán y Eva por desobediencia y rebeldía. El juicio de Dios sobre el pecado de soberbia es castigarlo más severamente que ningún otro pecado. Satanás tenía la oportunidad de preferir a Dios, pero, al rechazarlo, perdió a Dios para siempre. Adán y Eva fueron privados totalmente de la presencia de Dios, y su Vida Eterna por su rebeldía y desobediencia. San Gregorio dice de la soberbia que es la reina de los vicios que conquista el corazón del hombre y le entrega a los Pecados Capitales.

Es falta de humildad y por tanto, de lucidez; es la pasión desenfrenada sobre sí mismo. Es fuente y origen de muchos males de la conducta y es ante todo una actitud que consiste en adorarse a sí mismo: sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, situarse por encima de todos lo que le rodean; es hacerse un juicio deformado de sí en positivo, que arrastra a sentirse el centro de todo, un entusiasmo que es idolatría personal. Este pecado es el origen de la egolatría de la cual se arraigan todos los demás pecados, es muy peligrosa como todos los demás pecados, pero la diferencia de la soberbia es que esta ciega nuestro entendimiento y comprensión y nos hace caer en un egocentrismo espiritual, haciendo que pensemos que todos nuestros actos son buenos y virtuosos cuando en realidad son vicios que están destruyendo silenciosamente nuestro espíritu.

Debemos de tener claro que todos estamos infectados de este virus y se manifiesta de muchas maneras. Puede manifestarse de manera egocéntrica, que es cuando queremos ser el centro de atención de todo y si no lo somos nos ofendemos y nos enojamos, porque nos ataca buscando fama, admiración y vanagloria, buscamos honores encima a los demás, a buscar puestos de honor, alabanzas o reconocimientos, al costo de los demás, pero en nuestro favor. Puede manifestarse de forma colérica o impositiva, esta, es la fuerte voluntad en contra de las opiniones de los otros, cuando nos volvemos autoritarios, críticos de los otros, pero que nunca aceptamos una corrección. Este virus también puede camuflarse a forma de sensibilidad, personas que se ofenden fácilmente en lo mínimo y de ahí que guarden rencores y sospechan a todos, y no confían en nada ni nadie.

Ahora bien; después de hablar de manera clara sobre lo que es en realidad la soberbia, y sobre como nos afecta a todos en nuestro diario vivir, pero por la gracia de Dios siempre existe una alternativa para combatir estos pecados que aterran a nuestra alma. Contra la soberbia Dios ha dejado la Humildad que es el antídoto para combatir este sentimiento tan desagradable; esta palabra tiene sus raíces en el latín humilitas, que significa abajarse. Y de humus, que significa suelo, tierra. De estos dos vocablos podemos inferir cómo obtener la virtud de la humildad: abajándonos hasta el suelo. En ese abajarse reconocemos que nada somos y nada tenemos que no venga de Dios. Lo único que tenemos de nosotros mismos es el pecado y nuestra nada. La persona que vive en un grade humildad plena es capaz de decirle a Dios, Tú eres Todo y yo soy nada, y vivirlo a plenitud hasta el dolor.

Humildad no es sinónimo de tener cara comprimida o ser una persona callada o de pocos amigos, mucho menos presentarse como una persona ingenua, sino completamente diferente; aquel que es humilde es activo en su fe y actúa con sencillez y de busca pasar desapercibido sin que nadie lo note, no está aspirando la grandeza y la fama que el mundo tanto nos vende y tanto admira. El humilde lo que quiere es reconocer cada vez más su dependencia total de Dios. Nada somos ante Dios. Humildad es reconocernos pocos y pobres ante Dios, que no somos nada sin su grandeza y aceptar con sencillez que necesitamos siempre de los demás y que los demás tienen también cualidades y virtudes a veces mejores que las nuestras. Santa Teresa de Jesús hacia una pregunta haciendo referencia esta virtud, y decía: ¿qué es nuestra verdad? Que nada somos ante Dios. Esa es la única verdad. Por tanto, no busquemos la vanagloria que la soberbia propone, porque de esa ya esta demasiado infectada la sociedad, sino mas bien, busquemos el crecer en virtudes y que mejor manera de hacerlo que creciendo en humildad. Los soberbios destruyen y ahuyentan, los humildes construyen y acrecientan la fe de los cristianos.

El Padre Díaz es vicario parroquial en Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.

© Arlington Catholic Herald 2019