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Un monstruo de siete cabezas

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Mas de alguno se preguntará, ¿por qué escribir sobre un monstruo de siete cabezas? sobre todo porque el título es algo fuera de contexto, la realidad es que convivimos con esta bestia y hasta le hacemos participes de nuestra vida diaria, y sin darnos cuenta, le acariciamos como si fuera una mascota indefensa, cuando en realidad nos está apartando de nuestra vida en Cristo, y de nuestro camino de santificación. Del monstruo del cual hablo es de los siete pecados capitales, de los cuales ya casi nadie habla y que quizás vemos como algo pasado de moda en nuestro tiempo.

Considero que es necesario tomar en cuenta y hacer conciencia del daño que hacen en nuestra vida y de cómo en nuestro tiempo se han metido de forma silenciosa, los hemos tomado como algo normal y hemos llegado al punto de ya ni siquiera confesarlos, porque nos hacen sentir bien y nos hacen sentir importantes. En este primer articulo solamente haré una corta introducción del daño que causan en nuestra vida espiritual, en otros tres artículos más, explicaré de forma más clara el significado de ellos y la forma de cómo combatirlos.

El término “capital” no se refiere solamente a lo grave de estos pecados sino a que nos llevan a cometer otros. La Biblia no da un listado de pecados capitales, aunque sí nos habla de estos siete y nos anima a vencerlos; porque son la cabeza desde donde brotan otra infinidad de pecados que convierten al ser humano en egoísta y ególatra, porque le hacen perder el sentido de su vida espiritual e interior y lo vuelven frio y despiadado consigo mismo y con sus hermanos. Estos pecados son: la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la envidia, la gula y la pereza.

El obispo Fulton Sheen los llama “los siete portadores mortuorios” y les llama de una manera mas clara, egolatría, amor excesivo al dinero, sexo ilícito, odio, celos, indulgencia excesiva y holgazanería” (Paz del Alma, p. 109). Por la caída de nuestros primeros padres, tenemos en nuestra carne el aguijón del pecado original, esto es, la tendencia innata a querer ser el centro de todo lo que existe, sin importar que tengamos que pasar sobre los demás o romper la comunión con Dios, todo esto, con la excusa de que nadie se dará cuenta y rompemos de ese modo la comunión con Dios que es nuestro Bien Supremo y a quien debemos de buscar en todas las circunstancias de nuestra vida.

El ser humano en la actualidad, ha dejado de poner atención a la riqueza que la gracia de Dios proporciona, y prefiere vivir en un ambiente toxico, plagados de superficialidad, comodidad desmedida y de una sarta de mentiras barnizadas, creyéndose así mismo que todo es bueno y aceptable, aunque esto implique vivir en un pecado público y permanente. Si le preguntamos a muchos de nuestros contemporáneos sobre estos siente pecados capitales, casi nadie sabe distinguirlos y la mayoría no los conoce o cree que ya están pasados de moda y no es necesario vigilar, y mucho menos evitar. Como dije anteriormente, hemos llevado al monstruo a nuestra propia casa y lo hemos adoptado porque pensamos que es inofensivo.

Me da la impresión que cuando hacemos esto, no nos damos cuenta que todos nuestros otros pecados son atribuidos a estas siente raíces del mal; porque son siete fuentes de pecado que se comparan con las enfermedades que afectan el cuerpo, y les comparto una pequeña explicación de cada uno.

La soberbia es un cáncer espiritual que come y consume nuestra vida, y poco a poco nos hace perder la paz y la de los demás, porque hace del ser humano orgulloso y prepotente. La codicia es como la tuberculosis espiritual del alma, que come poco a poco nuestro interior y no nos deja respirar, porque nunca dejas de desear de forma desmedida lo material y debes conseguirlo a toda costa. La lujuria es la lepra espiritual, el afán desmedido del placer, hace que se rompa la belleza interior, es un deseo desmedido de los placeres carnales que conduce a la inmoralidad sexual, busca satisfacer el deseo sexual de forma impulsiva y desordenada, en uno de los pecados favoritos del demonio. La ira es una fiebre delirante, lleva a comportarnos de forma cruel y violenta, es un sentimiento tan fuerte que muchas veces nubla la razón e impide diferenciar la verdad. La envidia es el envenenamiento espiritual, es el deseo desordenado de poseer lo que otros tienen. Gran tristeza o pesar ante el bien de otros y alegría frente a las desgracias de los demás. La gula es el insomnio espiritual, porque induce a la glotonería, apetito descontrolado por la comida y la bebida. No entiende de límites económicos o del daño que pueda causar a la salud o a sus relaciones interpersonales; y finalmente la pereza, que es como una parálisis del alma que obstaculiza el progreso y causa descuido para recibir la gracia; es una afición desequilibrada al descanso y al ocio. Descuida sus deberes para con Dios, consigo mismo y con la sociedad.

Si analizamos de manera detenida cada uno de estos pecados, todos nos llevan a cometer otros, y se convierten en una cadena, es por ello que debemos entender verdaderamente la naturaleza y los efectos de estos siete pecados, ese es el primer paso para combatirlos. Debemos tomar las armas para combatirnos y buscar siempre la gracia de Dios y la diligencia para estar siempre atentos a rechazarlos.

El Padre Díaz es vicario parroquial en Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.

© Arlington Catholic Herald 2019