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‘Si quieres ser mi discípulo’

tome su cruz y me siga … ” y en cierta manera nos emocionamos, porque nos sentimos entusiasmados de ser llamados a colaborar en la obra del Señor; pero de lo que no nos damos cuenta es que hay una serie de exigencias que el mismo maestro pone como condiciones para seguirle. Entre todas esas condiciones está la de tomar la cruz y seguirle, y eso implica abandonar todo lo que hacemos, lo que amamos e incluso lo que deseamos y todo esto por el reino de los cielos.

Nos gusta en muchas maneras llamarnos discípulos, pero la gran pregunta es: ¿Qué tan buenos discípulos somos? O lo que es más difícil de preguntar, ¿Qué tan sinceros estamos siendo con nuestro discipulado? Porque a veces da la impresión que somos buenos discípulos solamente en los momentos de alegría o de celebración pero cuando se nos recuerda que la cruz es parte del llamado, es entonces cuando ya no nos parece y preferimos renegar y volvernos rebeldes frente a Dios que nos pide seguirle de manera radical y sin medias tintas.

Para ser verdaderos discípulos debemos de aspirar a los bienes más altos y para ello debemos de buscar siempre un grado grande de oración y comunicación con Dios, el discipulado y la vida cristiana penden de nuestra comunicación directa con Dios, de nuestros encuentros privados y la confianza que depositamos en El. Pero todo esto es casi imposible si no tenemos un gran espíritu de mortificación, y lo que es peor, si no ofrecemos esta mortificación por el crecimiento de nuestra propia santidad.

La cruz se manifiesta en los retos cotidianos de cada día, como también en las mortificaciones que día con día debemos ofrecer; la mortificación (la cruz) debe ser ejercida tanto en la práctica de la austeridad de la vida, como en las penitencias exteriores que debemos y deberíamos ofrecer. Tenemos la idea errónea de pensar que solo en cuaresma se tiene que ejercer la penitencia, el ayuno y la oración profunda, cuando en realidad toda nuestra vida debe ser un ofrecimiento y un abrazo profundo de mortificaciones y penitencias que deben hacernos auténticos discípulos. Edith Stein decía cuando estuvo encerrada en el campo de concentración en Alemania, “La ciencia de la cruz no puede adquirirse, sinó sintiendo realmente su peso sobre los hombros”.

Vivimos en un mundo que solo piensa en gozar y celebrar. Rehúye sistemáticamente todo lo que es sacrificio. Margina el esfuerzo y el deseo que debemos tenemos por ansiar el cielo, y nos obliga a arrinconar la cruz y a tenerle miedo, por ello nuestro discipulado se vuelve flojo y a veces hasta pierde sentido. Debemos de volvernos guerreros, luchar sin piedad contra un mundo que destroza nuestra vida interior haciéndonos vivir en el ocio y en la desgracia de la vanidad y el rechazo a la mortificación y lo sagrado. Por tanto, quien no acepta combatir y vivir a la ofensiva del maligno que nos arrincona a su antojo cada día, esa persona no avanzará en su encuentro con Dios, sinó todo lo contrario, retrocederá y se hundirá en su propia miseria y entonces se preguntará, porque mi discipulado se marchita, y le será difícil encontrar su respuesta, porque el sacrificio no está en sus proyectos.  

Cuentan que poco después de su conversión, San Francisco de Asís escuchó en su corazón: “Francisco, si quieres conocer mi voluntad, debes de aborrecer y odiar cuanto apetecen tus sentidos. Cuando hayas logrado eso, entonces te será amargo e insufrible lo que antes te era dulce y deleitoso; y hallarás gozo y felicidad en lo que antes detestabas”. Un cristiano que desea de manera real amar a Dios y seguirlo, debe tener claro que el seguimiento implica renuncia, sacrificio y mortificación, y todo esto, solo se puede lograr teniendo una intimidad profunda y real con Dios en la oración, sinó existe ese contacto real y profundo, nos será muy difícil entender nuestro seguimiento y nos volveremos aburridos y viviéremos la vida cristiana sin la ilusión que esta debe tener.

Pidamos siempre a Dios que nos permita seguirle haciendo siempre su santa voluntad, y al mismo tiempo que, nos de la fuerza para cargar la cruz con fuerza y con valentía. Un cristiano que no ama la cruz y la mortificación no entenderá nunca su discipulado, y llevará siempre una vida cristiana arrastrada y sin sabor; por eso el Señor nos lo deja claro, “el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10:38). Que el Señor nos dé siempre su gracia, para cargar la cruz con alegría, y sobretodo entender que las cruces, los sacrificios y todas las mortificaciones, sean para nuestro crecimiento espiritual y avanzar al cielo siendo santos, que es y siempre debe ser la meta final. 

El Padre Díaz es párroco en la parroquia Reina de los Apóstoles en Alexandria.

© Arlington Catholic Herald 2020