Carta a los fieles

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 21 de agosto de 2018

Amados hermanos y hermanas en Cristo:  

Nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, nos recordó recientemente las palabras del Apóstol San Pablo: “Si un miembro sufre, todos  los demás sufren con él” (1 Corintios 12:26). Comparto con todos ustedes el sufrimiento de las víctimas del abuso sexual por parte de los  miembros del clero y la aflicción de todos los que han perdido la confianza y esperanza en los líderes de nuestra Iglesia. 

Después de oír las acusaciones fidedignas y documentadas de abuso sexual perpetrado por el Arzobispo Theodore McCarrick y los horribles relatos del informe del gran jurado de Pennsylvania, incluso el hecho de que los líderes eclesiásticos hayan dejado de proteger a los niños, a los adolescentes y a los adultos jóvenes contra el abuso, yo, al igual que ustedes, sentí una tremenda ira y vergüenza de que hayan ocurrido esos delitos dentro de nuestra Iglesia. 

En los últimos días he tenido varias oportunidades de pronunciarme sobre estos acontecimientos por medio de declaraciones, homilías, una carta a los sacerdotes y varias transmisiones por podcasts. (Todo eso está disponible en el sitio web de la Diócesis.) En todo caso, sé a ciencia cierta que las palabras no bastan para expresar mi pesar por los pecados de los líderes eclesiásticos y los sacerdotes que traicionaron a Cristo y a sus fieles.  Sin embargo, sin importar la magnitud de la insuficiencia de las palabras, reitero la expresión de mis más sinceras disculpas a las víctimas del abuso y les aseguro, al igual que al resto de los fieles católicos de esta Diócesis, que estoy dispuesto a prestarles mi apoyo de cualquier manera posible. Además, les aseguro que ningún sacerdote sobre el que haya acusaciones fidedignas de abuso sexual infantil está o estará alguna vez en el ministerio activo en esta Diócesis. 

Fui ordenado obispo en el año 2002, el mismo año en que se promulgó el Estatuto para la Protección de Niños y Jóvenes con el fin de establecer normas para denunciar e investigar acusaciones y ayudar a las víctimas a sanar del trauma sufrido. Dentro de ese marco, siempre he implementado estos procedimientos en todo mi ministerio como obispo. Les reitero mi deseo de asegurarles que en nuestra Diócesis, inmediatamente después de recibir una acusación de abuso, la denunciamos a las autoridades encargadas de hacer cumplir la ley. Además, todas las pruebas de cada acusación se someten a evaluación por parte de nuestra junta diocesana de examen, formada por una mayoría de mujeres y hombres laicos con experiencia práctica en campos que ayudarán en el proceso.

Las políticas son esenciales y se debe seguir adelante con su ejecución y observación. Sin embargo, esta crisis no se trata solamente de políticas, se trata del mal, de las fallas morales de los sacerdotes y, a veces, de una falta de valor e integridad por parte de los obispos y otros líderes eclesiásticos. Los obispos y sacerdotes no deberían necesitar políticas para impedirles que cometan actos inmorales o para denunciar delitos atroces a las autoridades. Sencillamente necesitamos una conciencia bien formada, un compromiso con Jesucristo y fidelidad a las promesas de nuestra vocación.  Con la gracia del Señor, debemos esforzarnos por erradicar el mal y trabajar sin descanso para proteger a todos los jóvenes por respeto a su preciada dignidad como hijos amados de Dios.

Al presenciar estas fallas, muchos naturalmente pondrán en tela de juicio su confianza y esperanza en la Iglesia. Recuerden siempre que Cristo es la Cabeza de la Iglesia y que Él nunca nos defrauda.  Si bien el Señor en su divinidad trabaja por medio de sus obispos y sacerdotes, a veces ellos en su humanidad dejan de proteger al rebaño, incluso de las formas más perturbadoras. Les ruego que se unan a mí en oración por nuestros sacerdotes, pues en estos momentos de dificultad ellos les agradecen mucho el apoyo que ustedes les han demostrado. 

Ruego a Dios para que, juntos, renovemos nuestra fe en Cristo, quien nos ha prometido que estará con nosotros en épocas de tinieblas e incertidumbre. Imploramos su divina misericordia y su ayuda salvadora al buscar sanación, purificación y transformación. Que Nuestro Señor guíe y proteja a su Iglesia y a su pueblo, ahora y siempre.

 

Fielmente en Cristo,

Monseñor Michael F. Burbidge

Obispo de la Diócesis de Arlington

© Arlington Catholic Herald 2018