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El lenguaje de Dios

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Muchas veces las personas dicen que no sienten a Dios. Dicen que rezan y que Dios no les habla. Le piden a Dios señales y pareciera que Dios se queda mudo. ¿Es Dios que se queda mudo o nosotros que somos sordos?

Yo he tenido la fortuna de viajar a muchos países. Es hermosos conocer la fe y visitar santuarios importantes y conocer nuevos lugares, pero algo que siempre hace que el viaje sea difícil es no conocer el idioma. Hay países donde más o menos uno entiende lo que quieren decir, porque los idiomas se parecen. Por ejemplo, cuando he ido a Italia no se me hace tan difícil porque medio entiendo el Italiano y ellos medio entienden el Español. Pero mucho más difícil (para no decir imposible) fue tratar de comunicarme cuando viajé a Francia o a Japón.

Allí si es verdad que no sé decir ni siquiera "hola." Las personas son muy lindas y quieren hablar, pero además de sonreír y mover la cabeza no tengo manera de expresarme. Me podrían estar diciendo que me he ganado un millón de dólares o que me quieren regalar una casa nueva, pero por no saber hablar su idioma, me quedo sin entender. La muda y sorda soy yo.

Algo similar nos pasa con Dios. Le hablamos, le pedimos y hasta le exigimos que nos escuche y nos hable, pero esperamos que nos hable de manera extravagante o a través de nuestros sentimientos y, por lo tanto, cuando no sentimos o no vemos señales grandes decimos que Dios no nos habla. Dios está hablando constantemente, pero porque no conocemos su idioma quedamos sordos a su voz.

Nos dice el libro de Reyes que Elías estaba esperando escuchar la voz de Dios. Pasó un gran viento huracanado pero el Señor no estaba en el viento; luego vino un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto; vino un gran fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. De repente se escuchó una suave brisa, casi imperceptible y sólo allí es que estaba el Señor (1 Rey 19:11-13). Dios nos habla en el silencio, ese es su idioma, pero le tenemos miedo al silencio. Tenemos en el carro la radio siempre prendida, en la casa, el televisor encendido, en la calle, el celular conectado, música mientras cocinamos, trabajamos o limpiamos, hasta cuando estamos completamente solos, sin ruido, empezamos a cantar, a murmurar o a llamar a personas. Nos aterra estar en silencio a solas con nuestros pensamientos. Pero el problema es que sólo allí es donde Dios nos puede hablar. Está bien escuchar música de alabanza, ver prédicas o películas de santos, pero tiene que llegar un momento donde lo apaguemos todo y nos dejemos entrar en el amor silencioso de Dios.

Las cosas crecen en el silencio. Las plantas crecen sin hacer ruido, el vino envejece y madura en el silencio, las montañas crecen poco a poco sin dar alaridos. Tenemos que crear espacios de silencio donde estemos en presencia de Dios y le prestemos toda nuestra atención, sin tener que decir nada. Esto es un camino que empieza poco a poco, pero que trae mucha paz al corazón. Veremos que poco a poco la mente se nos va acallando porque deja de estar bombardeada por música, palabras, imágenes y ruidos. Podemos escuchar a los demás con atención, podemos estar en paz en momentos de silencio o de quietud, podemos disfrutar de la naturaleza y de los ruidos de los animales porque ahora estamos atentos a ellos en vez de estar siempre hablando o esclavizados por los medios.

Seamos valientes y confrontemos con precisión el ruido en nuestra vida. No será fácil, pero hagamos algunos oasis de silencio en nuestra vida. Así veremos que la paz del corazón y la presencia de Dios se hace más real y permanente. Esto no ocurrirá si no creas intencionalmente estos oasis, lugares o momentos sagrados de silencio. No se trata de ser gente rara que no hable, sino que seamos imitadores de Jesús que de vez en cuando se aparataba para orar a solas con su Padre. Para ayudarlos en este camino les propongo cinco prácticas concretas:

1. Manejar en silencio. Apaga la radio, el celular o cualquier aparato y atrévete a estar en silencio en el carro. (¡Obviamente esto es para cuando estés solo en el carro, no se trata de ignorar a tu familia!)

2. Camina o siéntate afuera de la casa y proponte escuchar los ruidos de la naturaleza. Trata de ver cuántos ruidos distintos puedes escuchar (pájaros, grillos, el viento, etc.) Se trata de ponerle atención a la hermosa naturaleza que Dios ha creado para ti.

3. Ponle un horario al uso de los electrónicos. Por ejemplo, nada de electrónicos de 7 p.m. a 7 a.m. No veas televisión o videos por la noche, no revises el internet o tu teléfono a primera hora de la mañana. Dedícale ese tiempo a Dios y a tu familia.

4. Proponte pasar al menos 10 minutos en silencio con Dios. En estos 10 minutos no vas a rezar un rosario, leer la Biblia o decir ningún tipo de oración vocal o mental (eso lo puedes hacer después). Sólo ponte en su presencia y haz silencio interior por 10 minutos. Si ves que te distraes, sólo repite su nombre "Jesús."

5. No hables tanto cuando estés con los demás. Proponte no interrumpir a nadie cuando estén hablando, no corrijas detalles insignificantes de una historia que otro este contando, deja que otros sean protagonistas de la conversación.

Briceño, una virgen consagrada, se dedica a la evangelización a través del arte con su ministerio sacredprint.com.

© Arlington Catholic Herald 2021