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Heroicos en las cosas pequeñas

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¿Sabías que las películas más exitosas son las de superhéroes? A todo el mundo le encanta ver historias de hombres y mujeres superdotados que se enfrentan a un gran mal o a una situación imposible y salen victoriosos. De niños jugábamos que éramos superhéroes porque hay algo en nosotros que quiere luchar contra el mal, que quiere vencer y salvar. Por eso la fe cristiana es tan atrayente. Cristo venció al diablo, al pecado y hasta la muerte para salvarnos de una eternidad de dolor y sufrimiento. No hay ningún “superhéroe” mejor que Jesús porque a diferencia de las películas, la historia de Jesús es real.

Como cristianos estamos llamados a luchar todos los días contra el mal, contra las tentaciones y el pecado. Estamos llamados a imitar la heroicidad de Jesús. Es por eso que admiramos a los grandes santos porque fueron hombres y mujeres que imitaron a Jesús de tal manera que cambiaron el mundo. Dentro de nosotros arde la llama de querer vivir de una manera distinta, de manera heroica. El problema es que estamos esperando un “gran momento” en el que podamos vivir nuestra fe o entrega heroicamente; y como no llega, vivimos un cristianismo mediocre.

Siempre me causa risa los esposos que dicen que morirían sin pensarlo por sus esposas o hijos; pero, sin embargo, no son capaces de morir por un acto tan pequeño como lavar los platos o cambiar un pañal. De igual manera escucho a jóvenes que dicen que quieren morir por Cristo como José Sánchez del Río y los Cristeros, pero les da vergüenza rezar por los alimentos en público.

Tenemos que entender que la fe no se vive en un futuro. La fe es práctica y se vive en cada momento. No podemos vivir en una fantasía practicando virtudes en nuestra imaginación con escenarios ficticios que nunca llegarán. Así no es. Tenemos que asumir el día a día y ver la realidad de lo que Dios nos pide en cada momento. Sí, hay que ser heroicos, pero heroicos en las cosas pequeñas donde no llegan los aplausos ni la admiración ajena. Heroicos, donde el único público es Dios.

¿Cómo se vive esta heroicidad? Aprovechando el deber de cada momento. ¿Eres estudiante? ¡Entonces estudia! Estudia para dar lo mejor de ti. No caigas en la flojera ni en la distracción con los medios sociales. No esperes hasta el último momento, haz las tareas lo mejor que puedas, no tanto por la calificación, sino por agradar a Dios. Considera tus momentos de estudio como una oración y un sacrificio que le ofreces a Dios. ¿Eres ama de casa? Haz todas las cosas por amor a Dios. Es verdad, muchas veces es una labor que nadie agradece, pero recuerda lo que dijo Jesús “lo que hiciste por uno de estos pequeños me lo hiciste a mí”. Sí, cada comida que cocinas, cada ropa que lavas, cada noche desvelada es un momento de oración y sacrificio que puedes elevar a Dios y ofrecer por la salvación de tu familia. ¿Eres esposo y padre? Trabaja honestamente, cuida las cosas que ves (la pureza de tu mirada), ayuda en casa, cambia un pañal, lava los platos, consiente a tu esposa, suelta el celular y abraza a tus hijos.

Cada día Dios nos da la oportunidad de ser héroes en las cosas pequeñas. Es imposible hacer cosas grandes por Dios si no hacemos las pequeñas. Aquí, les comparto una lista de cosas que nos pueden ayudar a aprovechar al máximo las oportunidades que Dios nos da de ser héroes a diario. ¡Parecen sencillas pero que difíciles son!

Ve a la velocidad señalada cuando manejes.

No prendas la radio en el carro. Considera tu carro como tu capilla ambulante. Habla con Dios o intercede por los demás.

Cuando vas al supermercado y veas un carrito en un puesto de estacionamiento, aunque no sea tuyo, llévalo de regreso a su lugar.

Siempre cambia el papel de baño. No dejes el cartoncito esperando que otro lo cambie.

Cuando veas basura en el suelo, aunque no sea tuya, recógela y bótala en el basurero.

Despiértate apenas suena la alarma. San Josemaría Escrivá de Balaguer llamaba esto el “minuto heroico”.

Sáltate una comida los viernes y ofrece ese sacrificio por la santificación y conversión de tu familia. Hazlo de una manera que nadie se entere.

Mantén el celular en tu bolsillo o dentro de un bolso. No lo tengas en la mano, no lo pongas sobre la mesa, no lo saques cuando otras personas estén presentes.

No te compres nada por una semana. No compres soda, café, comida, ropa; nada que no sea estrictamente necesario. Así crecerás en el dominio propio.

Acepta el silencio. No busques distraerte con el celular ni con cualquier otra cosa en los momentos que tienes que esperar. Acepta el silencio de esperar en una luz roja o en una fila. No busques llenar el silencio. En el silencio esta Dios.

Briceño, una virgen consagrada, se dedica a la evangelización a través del arte con su ministerio sacredprint.com.

© Arlington Catholic Herald 2021