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Fermentando con Dios

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Las redes sociales anuncian promesas. Le gente corre tras las ofertas de los últimos productos del mercado. Las modas se imponen para que la gente consuma y gaste el dinero que tanto les costó conseguir. Las familias se pelean y muchos lloran porque no encuentran la salida a sus problemas. Parece ser que las malas noticias son las que abundan. Los engaños se multiplican y los vacíos se hacen cada vez más profundos. Así comienza el  vacío de sentido. Es el vacío de encontrarse perdido aún cuando pareciera que lo tenemos todo. Es el vacío de no saber porqué estamos aquí. "Ya no hay espacio para los demás … ya no se escucha la voz de Dios" (EG 2).

No hemos sido creados para el lamento y la frustración. No puede ser que Dios nos haya creado para la ruina. Aunque todos sabemos que el pecado ha introducido esa tendencia al desorden debe haber una esperanza. San Agustín dice: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti." 

La toma de conciencia de nuestra poquedad y de nuestra vulnerabilidad nos enseña que el sentido de nuestras vidas ya ha sido alcanzado por Cristo en la Cruz. Es allí donde encontramos la expresión de su amor exquisito que nos asegura la salvación eterna pues "es el Dios de la misericordia que nos ofrece su salvación" (EG 112).

Es, sin duda una necesidad vital la de nuestro encuentro con Dios. Se hace vital porque descubrimos que sin Él no podemos hacer nada (Jn 15: 5). Es parecido a lo que le ocurrió a Andrés, el hermano de Pedro: Era de tarde. Estaba en busca de la verdad; de Dios. Y se topó con Jesús. Le preguntó donde vivía y fue con Él. De esa fuerte experiencia con el Mesías, Andrés fue a decirle a su hermano Pedro. Fue sin duda un encuentro personal y transformador (Jn 1:35-42).

Si la vida de pecado es la ruina del hombre, la vida en gracia es su salvación. Vivir en gracia es vivir en amistad permanente y plena con Dios. Esa amistad, por supuesto, trae consigo unas exigencias concretas, entre ellas: la fidelidad al plan de Dios. Así es que la vida en Cristo que sobreviene al encuentro personal con Él exige una transformación radical y una respuesta coherente a su llamada. Tal respuesta es sólo posible con la gracia de Dios que impulsa a la persona a la transformación de sus ambientes a través de su propio testimonio de vida.

El encuentro con Cristo es ocurre, en general, gracias a tres momentos bien definidos de la vida de la persona: Encuentro consigo mismo, Encuentro con Cristo y Encuentro con los demás. El encuentro consigo mismo es la toma de consciencia de lo que uno es y de la necesidad de la gracia de Dios. La persona descubre sus debilidades y virtudes y se abre a la transformación divina. Luego ocurre el encuentro con Cristo en el que Jesús hace la invitación personal a su seguimiento y a vivir en su compañía. En ese encuentro Dios seduce a la persona y le hace salir de sí misma para invitar a otros a seguir a Jesús. Es allí cuando ocurre el encuentro con los demás a través de sus necesidades particulares y posibilidades para que puedan vivir esa misma gracia. Así es que el Papa Francisco afirma que "la respuesta del cristiano es vivir en un nivel superior, pero no con menor intimidad: la vida se acrecienta dándola" (EG 9).

La vida coherente de los cristianos es de vital importancia. En la vida cristiana es fácil acomodarse y hacer de Dios la excusa de nuestras tradiciones culturales, costumbres, celebraciones, etc. Sin embargo, un encuentro con Cristo exige transformar la vida de acuerdo a sus estándares y comprometidos con su plan de amor, dispuestos a dar, si fuera necesario, la propia vida como hizo Él mismo desde la Cruz. En realidad es del mismo Cristo de quien viene esa invitación radical de la cruz: "Si alguno quiere venir detrás de mi, que renuncia a sí mismo, cargue con su cruz y me siga" (Mt 16, 24).

Ese es el testimonio de los santos así como el de tantos mártires que sufrieron hasta el límite de sus fuerzas por dar testimonio de Cristo y de su Iglesia. Al final y al cabo Dios nos quiere santos, nos quiere sus héroes, arriesgados por su misión y como respuesta a su amor por nosotros, porque "al que arriesga el Señor no lo defrauda" (EG 2).

Y es que el testimonio de los santos no puede ser de otra manera que hacer concreto el mensaje de Jesús en la vida personal confiando plenamente en Él y conscientes que la salvación siempre pasa por la cruz.

Padre Puigbo es el Vicario Parroquial de la Iglesia Católica Todos los Santos en Manassas. Padrepuigbo@gmail.com.

© Arlington Catholic Herald 2021