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Nuestros fieles difuntos

Hace unos días celebramos la conmemoración de los fieles difuntos, una fiesta que en la comunidad hispana se celebra con mucha devoción, en nuestros países de origen es una fiesta de fe y oración, adornada con un tinte cultural, y esto se ve plasmado en la religiosidad popular y cultural en los cementerios, con flores abundantes y adornos en las tumbas, música, comida, rezos y por supuesto la celebración de la santa Misa, para orar por el alma de los que ahora están ahí sepultados.

Es como volver a refrescar la memoria recordándoles, y al mismo tiempo pidiendo para que sus almas hayan sido aceptadas en el reino de los cielos y gocen ya de la presencia de Dios; recordarles es hacer memoria de todo lo bonito que compartieron y que Dios nos dio a través de ellos mientras compartieron con nosotros. El Papa Francisco en la Misa que ofició en el cementerio de Roma en 2014 afirmaba que: “El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son testimonios de confiada esperanza, arraigada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, puesto que el hombre está destinado a una vida sin límites, cuya raíz y realización están en Dios”.

Muchos se preguntan, porque tenemos que orar por ellos, la respuesta es sencilla; oramos por aquellos familiares y amigos que han acabado su vida terrena y que se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio, aquellos que de acuerdo a nuestra fe no pueden entrar al cielo porque aún tienen faltas que purificar, recordemos lo que dice el Libro del Apocalipsis “al cielo no entrará nada manchado” Ap. 21, 27, por ello es deber nuestro orar y ofrecer sufragios por sus almas, para que sus faltas sean perdonadas y puedan entrar a la gloria eterna.

La Iglesia, ya desde sus mismos orígenes, vive con la convicción de su comunión con los difuntos y por ello ha mantenido con gran piedad la memoria de los difuntos, ofreciendo por ellos sus sufragios. Esto se afirma ya en el Antiguo Testamento: Es una idea piadosa y sana rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado (2 Mac 12, 45). Nuestra oración por ellos se actúa especialmente por el ofrecimiento del sacrificio de la Eucaristía. También son sufragios las limosnas, las obras de penitencia y las indulgencias, que tienen su eficacia a partir del ministerio de la Iglesia, cuando aplica en casos concretos los méritos o satisfacción de Cristo y de los santos (Catecismo de la Iglesia 1471, 1476).

De acuerdo a la tradición de la Iglesia, esta fiesta se le atribuye al santo francés San Odilón, cuarto abad del célebre monasterio benedictino de Cluny, en el año 998, eligiendo para celebrarla el 2 de noviembre, es decir, el día después de la Festividad de Todos los Santos; de esta manera la Iglesia hace una comunión completa; porque el día primero se recuerda con fe y esperanza a la Iglesia triunfante (Todos los Santos), que son todos los que ya llegaron y gozan de la presencia de Dios por toda la eternidad, y el día siguiente oramos por la Iglesia purgante (las almas del purgatorio) para que salgan de un estado de purificación y entren al reino de los cielos. Con ese objetivo este sabio abad, creo esta celebración. Nosotros, como Iglesia militante aun en esta tierra hacemos comunión con ellos a través de nuestra oración.

Poco a poco esta fiesta se fue extendiendo por toda la Iglesia, todo esto gracias a la gran influencia que tenía la orden del Cluny en aquella época, y su amplia extensión por las tierras de Europa contribuye eficazmente a la divulgación del uso en todo el orbe cristiano.

Pero fuerom en un primer momento el Papa Benedicto XIV que entre los años 1740 y 1754, quien prácticamente estableció esta conmemoración de matera casi oficial, porque concedió a los obispos y sacerdotes la celebración de tres Misas ese día, para orar por la memoria de los fieles difuntos, un privilegio que, en 1915, es establecido de forma oficial por el Papa Benedicto XV a toda la Iglesia Universal. Para terminar, la celebración del día de los difuntos no es sino una expresión más del dogma que rezamos en el Credo llamado la “Comunión de los santos”, por el cual, los méritos y sufragios de los miembros de la comunidad pueden ser benéficos para los demás, lo que faculta a la Iglesia a ofrecer por ellos la Misa, las indulgencias, las limosnas y los sacrificios de sus hijos, así como, por supuesto, los méritos sobreabundantes de la Pasión de Cristo.

Que el Señor reciba el humilde ruego que le presentamos por manos de María Santísima, hoy, con más fuerzas que nunca: "Concédeles, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz que no tiene fin. Descansen en paz”.

El Padre Díaz es vicario parroquial en Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.

© Arlington Catholic Herald 2019