Romero: Un Santo, un Profeta, un Mártir

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El pasado 19 de mayo, el Papa Francisco en el consistorio ordinario anuncio que este 14 de octubre será Canonizado Monseñor Óscar Arnulfo Romero, quien fue Arzobispo de San Salvador por casi tres años. Este sencillo y humilde hombre de Dios dedico su vida episcopal a defender y luchar por la dignidad de los pequeños y desprotegidos de su tiempo. Fue elegido como arzobispo en uno de los momentos más convulsionados de la historia de El Salvador, donde los poderosos de aquel tiempo violaban los derechos humanos sin ningún reparo ni cargo de conciencia. Es en ese marco de violencia y muerte donde surge la voz de profeta, una voz profunda, y aguda que comienza a incomodar a todos aquellos, que aunque quizás se llamaban cristianos, sus acciones de represión y violencia decían lo contrario.

Fue cuarto arzobispo metropolitano de San Salvador (1977-1980). Su formación sacerdotal la realizo junto a la tumba de Pedro y Pablo en Roma, donde también fue ordenado sacerdote, el 4 de abril de 1942, a la edad de 24 años. En Roma fue alumno de monseñor Giovanni Batista Montini, quien en el futuro fue el Papa Pablo VI, y que por gracia de Dios también será canonizado el mismo día, el alumno y el maestro, dos grandes amigos, ahora gozan de la presencia eterna de Dios en el cielo. Uno Mártir, el otro sucesor de Pedro, ambos obispos, ambos fueron verdaderos pastores de almas.

Romero fue forjado de una madera privilegiada desde el principio de su llamado, Dios forjo un pastor, a quien llamo a ser obispo, don privilegio y sacrificio que pide a unos pocos, ese fue el. Todos le llamaban “Monseñor”. De un título, el pueblo hizo su nombre. Quien oía decir “Monseñor”, sabía que era él y no otro. Era él. Un hombrecito moreno, de ojos negros; inquisidores, aunque tímidos. Ojos que se clavaban en los ojos de los hombres en quienes él encontraba sinceridad, pero equívocos cuando se cruzaban con miradas hipócritas.

Tenía los labios inquietos de la verdad. Labios que se abrían para animar al desalentado, al triste, al oprimido y desechado por los grandes, y labios que se abrían para reprender al descarriado, consolar al desesperado. Labios de un sacerdote bañados diariamente con la sangre de Cristo, de quien vivió y murió enamorado, sembradores de la palabra de Dios.

Era el hombrecito de la sotana negra o blanca, que acariciaba frecuentemente la cruz que llevaba en su pecho, como para dar a entender que lo importante era la cruz y que su personalidad pasaba a segundo plano. Ese hombrecito del dedo que apunta con su gesto la fuerza de la palabra que pronunciaba su boca, ese era Monseñor al que muchos odiaron y aun siguen odiando desgraciadamente, al que hasta el día de hoy le tienen un tanto de recelo porque en su miedo y recelo esconden su temor a ser denunciados por la corrupción en que viven.

Vivió una vida sencilla y simple como la del maestro, nunca utilizo su “palacio episcopal” como se le llamaba antes, ni se dejo seducir por la vanidad de su cargo “Arzobispo” titulo que pesa y que sin ser descortés puede llevar a olvidar a muchos lo que en realidad significa serlo.

Vivió entre los pequeños como Jesús; comió, jugo, bromeo, se dejo querer por ellos, les abrió su corazón y lo sintieron que era de ellos. Una característica especial de Monseñor, es que nunca se le ve solo, o con gente selecta, se le ve acompañado de los pequeños, como se le veía a Jesús por las calles de Galilea, afanado por curar a los enfermos y alegrar y transformar los corazones desgarrados, solo que su Galilea serán los barrios y colonias marginales de San Salvador, los pueblos y cantones más olvidados, donde no hay ninguna comodidad, donde los niños corrían descalzos, chorreados y sin ropa, donde el campesino se sentía sin dignidad y oprimido por el peso de la situación social de aquel entonces. Ahí es donde aquel Arzobispo hace su apostolado, ahí es donde pastorea y enseña como pastor, ahí es donde comete el pecado más grande para los poderosos.

“Amar y defender a los pobres y marginados, enseñándoles a pensar y a defender sus derechos” y por esa razón se le juzgó y condeno a muerte. Simple y sencillamente por defender los derechos de los pobres, los indefensos y marginados; y por estar con ellos le dieron el título de “cura guerrillero” se le acuso de predicar e impulsar la Teología de la Liberación, de mesclar la fe con la política, lo cierto es que este característico hombre de Dios lo único que hizo fue simple y sencillamente poner en práctica el mensaje del Evangelio en su arquidiócesis, llevarlo a la práctica aplicándolo a la realidad que se vivía en ese momento en El Salvador, un país convulsionado por la guerra civil, producto de una injusticia y una aterradora violación a los derechos de los más pobres y desprotegidos de ese entonces. Después de treinta y ocho años de todo esto aun hay muchos que siguen viendo la acción del arzobispo con una visión negativa y hasta cierto punto despectiva. Como resuena en mis oídos la frase de Jesús, por mi causa serán condenados y enjuiciados y hasta asesinados, frases que se cumplen en la vida de este, mártir de El Salvador… Gracias Monseñor por ser el pastor según el corazón de Cristo, cuanta falta nos hace hoy hombres como tú, que tengan el valor de ser y vivir según el corazón de Cristo.

El Padre Díaz es vicario parroquial en Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.

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