Silencio: Encuentro intimo con Dios

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Vivimos en una sociedad que corre y camina a pasos agigantados, donde el estrés, la depresión y la ansiedad son lo mas común, donde el bullicio de los carros y de las maquinas no cesa, donde el ruido, la música estridente y los gritos han llegado prácticamente a ser tomados como algo normal; donde los coros y grupos en las iglesias creen que entre más fuerte tocan sus tamboras, guitarras eléctricas y baterías, el encuentro con Dios se hará mas efectivo y la alabanza será más profunda, vivimos en un mundo adicto al ruido y en cierta medida al desconcierto.

El ruido nos impone su dictadura día tras día hasta el punto de que rara vez añoramos el silencio, sin embargo, no nos damos cuenta de que el ruido genera desconcierto en nosotros, porque no nos permite entrar en nosotros mismos y nos distrae de entrar en comunión más plena con Dios y escuchar Su voz.

Es necesario que lo seres humanos tomemos conciencia de la importancia de contemplar y disfrutar la presencia divina en silencio, porque tenemos que entender que Dios no está en el bullicio, si vemos los profetas en el Antiguo Testamento, “ningún profeta ha encontrado jamás a Dios sin retirarse a la soledad del silencio. Moisés, Elías y Juan el Bautista hallaron a Dios en el silencio del desierto” (Card. Sarah), es preciso salir del tumulto interior para hallar a Dios de forma más plena y más profunda. Pese a la agitación de esta vida, a los placeres fáciles y a pesar de las crisis que como Iglesia llevamos en estos momentos, Dios continua silenciosamente presente en medio de nosotros. Esta dentro de nosotros como un pensamiento, una palabra en el deseo del bien que vive dentro de nuestro ser; solo que nuestra propia fragilidad y nuestro propio pecado luchan por apartarnos de Él, y hundirnos en el abismo de la desolación y del estruendo ensordecedor que nos hacen esclavos, simples funcionarios mecánicos y activistas mediocres, arrancando de nuestro corazón toda dimensión transcendente y toda vida interior.

Considero que debemos de comenzar a descubrir la riqueza de la contemplación de la presencia de Dios en el silencio, debemos de hablar menos y escuchar mas, debemos de pedir menos y contemplar mas, debemos de perder el miedo al silencio y buscar Su rostro misericordioso que siempre nos ungirá con el bálsamo de la paz interior y de la libertad. Es importante valorar el silencio, porque en esta vida lo verdaderamente importante ocurre en silencio; la sangre corre por nuestras venas sin hacer ruido, y solo en silencio somos capaces de escuchar los latidos del corazón. La naturaleza, los arboles, las flores crecen en silencio, mira las estrellas, la luna, el sol, se mueven en silencio, fuimos concebidos y crecimos en el vientre materno en silencio, esto quiere decir que Dios actúa y trabaja en nosotros en el silencio. Por tal razón es imprescindible que comencemos a entrar en nuestro ser guardando silencio. Comencemos por hacer oración contemplativa, buscar momentos de encuentro con el Señor a solas, en silencio y dejar que sea Él quien nos hable.

Thomas Merton escribía en su libro “El signo de Jonas”: “Hace falta silencio para protestar y reparar la destrucción, los estragos provocados por el pecado de la humanidad. Es cierto que el silencio no es una virtud ni el ruido un pecado, pero el tumulto, la confusión y el ruido de la sociedad moderna, son la expresión de la atmosfera de pecados graves, de su impiedad, de su desesperación. Un mundo de propagandas, de debates interminables, de críticas o de mero parloteo, es un mundo en que la vida no merece quizás ser vivida. Se ha convertido en un jaleo confuso, las oraciones en un ruido exterior o interior, la repetición apresurada y maquinal del rosario. Las oraciones recitadas sin recogimiento, sin entusiasmo ni fervor, o de manera irregular, entibian el corazón y matan la virginidad de nuestro amor a Dios”. Se ha cometido el error de reducir algunas celebraciones eucarísticas, en shows estridentes y baratos, donde el misterio de lo divino queda opacado por los aplausos y las vivas, que solo mutilan el encuentro más profundo del sacrificio redentor, donde las exposiciones eucarísticas se han reducido a espectáculos pobres y baratos que no ayudan en nada a entrar en la contemplación de la divinidad del Señor, que solo puede darse en lo intimo del silencio.

Creo que es necesario comenzar a experimentar el silencio liberador de Dios. Dios nos habla en el silencio del corazón. Debemos de ponernos frente a Dios y dejar que Él hable, y cuando Él habla, nos damos cuenta de que no somos nada, y cuando comprendemos nuestras miserias, El nos llena de Si mismo, y nos volvemos como almas gemelas junto a Él en el silencio.

En conclusión, el silencio nos da una nueva perspectiva acerca de todas las cosas. Necesitamos silencio para llegar a las almas. Lo esencial no es lo que decimos, sino lo que Dios nos dice y lo que dice a través de nosotros. En ese silencio, Él nos escucha; en ese silencio, Él le habla al alma y, en el silencio, escuchamos Su voz.

Escucha en silencio, porque si tu corazón está lleno de otras cosas, no podrás oír Su voz. Ahora bien, cuando le hayas escuchado en la quietud de tu corazón, entonces tu corazón estará lleno de Él. Para esto, se necesita mucho sacrificio y, si realmente queremos y deseamos orar, hemos de estar dispuestos a hacerlo ahora. Estos sólo son los primeros pasos hacia la oración, pero si no nos decidimos a dar el primero con determinación, nunca llegaremos al último que es la presencia de Dios.

El Padre Díaz es vicario parroquial en Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.

© Arlington Catholic Herald 2018