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Vivir en Dios es vivir en plenitud

A menudo me encuentro con personas que no están contentas con su estilo de vida, y viven quejándose y murmurando de todo, y por tal situación no le encuentran el sabor ni el rumbo que esta vida tiene y que debe tener. Viven amargados y desconcertados, deprimidos y cabizbajos, victimizándose siempre por todo; sin darse cuenta de que la vida es el regalo más grande que Dios nos ha dado, y por ello tenemos la obligación de apreciarla y vivirla con plenitud. Es el don por el cual nos ha llamado de la no existencia a la existencia humana en este mundo. ¡Don maravilloso y extraordinario, realidad “sagrada” que ha sido confiada a nuestra responsabilidad y, por tanto, a nuestra custodia amorosa! ¡Ama la vida! ¡Ama vivir!

Muchos de nosotros damos la impresión de que no hemos entendido que vivir una vida plena, no significa vivir sin problemas y dificultades, y que quizás por ello, cuando el sacrificio llama a la puerta, nos ponemos melancólicos y molestos, porque creemos que estos pequeños golpes y sin sabores representan ausencia de Dios o castigo. Los problemas y sinsabores son los dones que nos ayudan a mejorar y a crecer en nuestro interior, nos ayudan a madurar y a forjar nuestro carácter y nuestra vida; el problema está, en que nos hemos vuelto egoístas y pretendemos conducir esta vida por nosotros mismos, haciendo a un lado a Dios, nuestro autor.

Jesús nos dejó bien claro que nada podemos hacer sin su ayuda. Se los dijo a sus apóstoles, quizás cuando les notó desanimados, viéndolos de frente les dijo: “Sin mi ustedes no pueden hacer nada” (Jn 15, 5), en otras palabras, todo lo que hagamos y todo lo que vivamos no tendrá sentido ni razón de ser, si no es con Su ayuda; si Él no está presente en nosotros, nuestra vida pierde toda razón de ser.

Y es aquí donde brota la respuesta al sinsabor e infelicidad humana, cuando perdemos el contacto con Dios, todos nuestros anhelos de superación y crecimiento espiritual pierden su objetivo, y comenzamos a olvidar nuestro propio origen, y nos comenzamos a volver vacíos y las dudas vienen a nuestra vida. Y comenzamos a poner nuestra mirada aquí en los bienes materiales, olvidando así, que estamos llamados a algo mucho más grande. 

Cuando se está de la mano de Dios, los seres humanos viven una vida plena, porque a eso se orienta todo su ser. El ser humano sabe bien que tal plenitud y felicidad no es algo ya dado, sino algo que debe buscar y conquistar en los días que le tocan vivir en este mundo. Lo cierto es que todos estamos continuamente en búsqueda de una vida plena, plena de gozo y felicidad: ella es para nosotros como una exigencia profunda, una "necesidad vital".

Pero ¿de dónde viene este anhelo?, pues simple y sencillamente de Dios, el gran autor de nuestra vida, Él, nos ha creado para que participemos de Su misma vida y felicidad infinitas. Ha puesto ese sello en nosotros para que lo busquemos. Es la razón por la que experimentamos ese impulso interior, esa "sed de infinito" que nada puede apagar, esa necesidad de plenitud y felicidad.

El sentido de la vida del ser humano solo puede entenderse y disfrutarse en plenitud cuando este, vive en una relación vital con el Señor Jesús, quien es la vida misma y quien es la fuente y la vida de toda la humanidad. Los cristianos incorporados a Cristo por el Bautismo y en la medida en que cooperamos con el don del amor derramado en nuestros corazones y cuando nos abrimos al dinamismo de la gracia vivificante, glorificamos al Padre con la alegría y el entusiasmo manifestado en nuestra vida, que se vuelve un rostro pleno de amor.

Por tanto, solamente siguiendo los pasos del Señor Jesús, es que aprenderemos que la vida solo adquiere sentido cuando se está con Él, cuando se le acepta como dueño de nuestro ser, solamente entonces entenderemos que, vida, conlleva la pedagogía de la alegría y del dolor, que solamente cuando entendamos que esto no significa ausencia de Dios sino crecimiento divino, entonces podremos vivir en plenitud.

El Padre Díaz es vicario parroquial en Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.

 

© Arlington Catholic Herald 2019