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Un ‘sí’ a la vez

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Seguro que si te preguntaran si quieres ir al cielo responderías con un grandioso “sí”. Ese “sí” es muy fácil de dar. Pero ir al cielo significa estar con Dios y querer lo que Dios quiere. Ir al cielo significa un eterno “sí” a Dios y a sus planes.

Siempre me ha sorprendido las personas que cuando hablan del cielo, dicen que el cielo va a ser como a cada uno le parezca. Es que como vivimos en una cultura en la que todo lo quiero a mi medida y como a mí me gusta, pensamos que el cielo será igual. Todo tiene que girar en torno a mí. No queremos un cielo con el Dios que ha sido revelado en las Escrituras y a través de la Iglesia, sino que queremos un cielo donde nosotros mismos seamos los dioses. Un cielo a mi medida y como a mí me gusta.

¡Así no es!

El mejor ejemplo de una vida agradable a Dios, una vida vivida desde la medida de Dios es la Virgen María. Ella siempre le dijo que “sí” a Dios. Le dijo al ángel Gabriel, quien le reveló el plan de Dios para su vida, “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según Tu palabra” (Lc 1:38). Notemos lo que dijo. Dijo que era la esclava del Señor. Un esclavo no es alguien que vive para sí mismo, sino que vive para hacer la voluntad del amo. Al decir que “sí”, ella sería la esclava del Señor, quiso dar un “sí” permanente. Su “sí” no fue sólo para un momento determinado (para dar a luz a Jesús), sino un “sí” para toda su vida, un “sí” para dar a luz en un pesebre (Lc 2:7), un “sí” para ser atravesada por la espada del dolor (Lc 2:35), un “sí” para estar al pie de la cruz (Jn 1:25). Su “sí” fue dado cada día, en cada momento, en los momentos de mayor alegría como en los momentos de mayor dolor. También su “sí” se daba en los momentos más ordinarios de su vida.

Si queremos realmente hacer la voluntad de Dios y ser auténticamente felices, tenemos que decir como la Virgen María “hágase en mí según Tu palabra”. Tenemos que dar nuestro “sí” diariamente a Dios y a sus planes, y no siempre a nuestros planes e ideas.

¡Una cosa increíble ocurre cuando buscamos primero el Reino de Dios y es que todo lo demás se nos da por añadidura (Mt 6:33)! Cuando Dios es lo central en nuestras vidas, empezamos a querer y a desear lo que Él quiere y desea. ¡Ya no hay más conflicto entre mi voluntad y la Suya porque se vuelven una! Suena bonito, ¿verdad? Pero para eso hay que ir despojándonos de nuestra voluntad tirana e ir respondiéndole a Dios con un “sí” cada día, aunque muchas veces ese “sí” a Dios signifique un “no” a nuestra propia voluntad.

Ese “sí” diario no es un “sí” intelectual o imaginario. Me explico. Muchas veces decimos que si Dios nos pide algo se lo daríamos todo, hasta la propia vida. Pensamos que Dios nos va a pedir algo grande y como ese algo grande nunca llega, terminamos viviendo el día a día de manera egoísta. Dios no te va a pedir cosas grandes y heroicas. Te va a pedir, y te está pidiendo que vivas tu día a día de manera heroica, es decir muriendo a ti mismo en las cosas pequeñas, para que toda tu vida (y no sólo un momento de tu vida) sea un grandioso “sí” a Dios.

¿Y cómo se vive esto? Se vive diciéndole a Dios que “sí” en cada momento. Por ejemplo, al sonar la alarma en la mañana le dices que “sí” a Dios y te despiertas de una vez; al montarte en el carro le dices que “sí” al poner a Dios primero y, por lo tanto, no prendes la radio hasta que no reces tu rosario diario; al llegar a la casa le dices que “sí” a Dios y dejas tu celular de un lado para estar más presente a tu familia.

Cada “sí” va hilando una cadena de oro que nos ata fuertemente a la voluntad y al amor de Dios. ¡No esperes más, puedes darle un “sí” a Dios en este mismo momento! 

 Briceño, una virgen consagrada, se dedica a la evangelización a través del arte con su ministerio sacredprint.com.

© Arlington Catholic Herald 2021