Solemnidad de Todos los Santos

Padre Mauricio Pineda

ADOBESTOCK

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La solemnidad de Todos los Santos tuvo su origen en el siglo IV y se tienen registros que desde el siglo VIII, el 1 de noviembre se tomó como fecha para esta solemnidad; siendo establecida formalmente también en Roma a partir del siglo IX. Es interesante como la Iglesia, en su sabiduría, puso esta fiesta tan importante hacia el final del año litúrgico, cuando tiene la mirada puesta en el final definitivo, y piensa en quienes ya han cruzado las puertas del cielo.

Esta solemnidad podría ser llamada la fiesta del santo anónimo, porque celebramos a los tantos santos que han sido canonizados y también a los que no; por eso se llama la fiesta de Todos los Santos.

Para saber cuál es el camino de la santidad, la Iglesia nos invita a subir con los Apóstoles a la montaña de las bienaventuranzas y nos presenta un modelo de santidad que se identifica con la felicidad y, de entrada, presenta la santidad como un sinónimo de felicidad. Por eso dice, por ejemplo, “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5:3). En este bello pasaje, Jesús proclama “bienaventurados” y, podríamos decir, “canoniza” ante todo a los pobres de espíritu; es decir, a quienes están dispuestos a cumplir en todo y, cueste lo que cueste, la voluntad de Dios.

La teología protestante no celebra la santidad de los hombres; es más, pone un énfasis muy fuerte en subrayar que sólo Dios es santo y que el hombre, a causa del pecado, ha quedado profundamente corrompido. Por lo tanto, la salvación consistirá única y exclusivamente en que Dios tenga misericordia.

La teología católica, por su parte, claro que subraya que sólo Dios es santo y que efectivamente el pecado de nuestros primeros padres ha provocado una herida profunda en el hombre. Pero recalca que esa santidad de Dios es un don que nos quiere dar a todos, y que la salvación no consiste únicamente en que Dios mire a otro lado y que por su misericordia ignore nuestros pecados. Para nosotros católicos, la salvación consiste en que Dios nos santifica. De esta forma, la santidad se convierte en un auténtico milagro a nuestro alcance, porque Dios en su infinita misericordia nos la quiere dar.

Conviene recordar que, para san Pablo, el santo no es solamente el que está en el cielo gozando de la visión beatífica; sino también, el que se encuentra en gracia. Y eso debe recordarse en esta fiesta. Estamos en gracia, somos santos, morimos en gracia, vamos al cielo. Quizá, para la mayoría, la santidad nos parezca inalcanzable. Por eso conviene acercarnos a tantos santos ya canonizados de nuestra iglesia que nos han enseñado cómo es caminar por caminos de santidad, y qué podemos adaptar de acuerdo con nuestras circunstancias de vida.

Al acercarnos a los santos descubrimos que una de sus características más marcadas es que son personas enamoradas de Dios. San Francisco de Sales, por ejemplo, decía: “El corazón lleno de amor ama los mandamientos, y cuanto más difíciles son, los encuentra más dulces y agradables, porque complacen más al amado y le dan más honor”.

En este sentido, también conviene subrayar que los santos, a pesar de su gran amor a Dios, siempre sienten que aman poco. No ha existido un santo que haya dicho yo soy estupendo — esto conviene meditarlo muy a menudo. Otro rasgo importante de los santos es que no son perfectos. Hay un viejo dicho que se aplica aquí: Cada santo tiene un pasado y cada pecador tiene un futuro. El santo está en lucha constate contra la concupiscencia; no es perfecto, pero quiere serlo. El santo tiene pecados, pero siempre está anhelando pedir perdón. Y, por último, los santos quieren abrazar la cruz. En la vida hay problemas y, por consiguiente, mucho dolor. Ante las adversidades de la vida, el santo, cuando está delante de la cruz, se encuentra con Dios. En lugar de quejarse, abraza la cruz.

En esta solemnidad de Todos los Santos, pedimos y damos gracias a Dios por tanta gente que hemos conocido que han marcado nuestra vida por su santidad de vida. Tengamos siempre presente que el santo ama y en eso encuentra su felicidad, cuando el santo peca, pide perdón y nunca se cansa de estar empezando. Siempre y ante la cruz, encuentra la paz.

El Padre Pineda está en residencia en la iglesia St. James (Santiago Apóstol) en Falls Church.

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