En estos días cercanos a la Navidad, quisiera reflexionar sobre el significado de la salvación.
En Belén contemplamos el misterio de Dios hecho hombre para salvarnos. Incluso, el mismo nombre de Jesús expresa su misión, tal como el ángel Gabriel explicó a José: “No temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” Mt. 1,21. El nombre de Jesús significa salvación (Dios salva). ¿Se reduce la salvación a librarnos del pecado? ¿Qué significa “salvar” al hombre?
- Salvar es rescatar de la muerte y del pecado. Gracias a Dios, todos los días hay ejemplos de personas que escapan la muerte con la ayuda de otros (pensemos en los médicos, enfermeras, policías, militares). Su ayuda, para eliminar una enfermedad o una amenaza, nos permite decir que nos han salvado la vida. Pero Jesús nos salva porque ha destruido con su sacrificio el reino del pecado. Su salvación consiste, principalmente, en abrirnos de nuevo las puertas del cielo, reconstruir el “puente” entre Dios y el hombre. Por eso decimos que Jesús es el pontífice de nuestra fe, que destruye el reino de la muerte creado por el pecado de Adán y Eva. Jesús nos rescata de la muerte más terrible, la muerte del alma. La salvación que Él nos trae nos permite tener la esperanza de una vida eterna más allá de la muerte. Nos ofrece su gracia para evitar la condenación eterna, que es el mayor fracaso del hombre. Decimos que Jesús nos salva porque nos libra del pecado y nos resucitará de la muerte en el último día. Pero todavía podemos decir algo más.
- Salvar es llevar los dones de Dios a la plenitud de su fruto. En este sentido, hablamos de que alguien nos salva cuando ayuda a que los dones y capacidades que Dios nos entregó, den todo el fruto posible. Por esta razón podemos decir que algunos profesores nos han salvado de la pereza, nos han ayudado a descubrir nuestros talentos y han hecho todo lo posible para que no fuésemos unos mediocres. La salvación nos llega, entonces, de aquellos que se arriesgan a corregirnos y nos acompañan con paciencia, enseñándonos a superar nuestro miedo y comodidad. ¡Cuántas personas lo han compartido conmigo! “Padre, aquel maestro que tuve me salvó del mal camino, me enseñó a trabajar o me ayudó a formar un hogar”. En última instancia, podemos decir que la salvación nos llega al encontrar el gran amor de nuestra vida — cada uno en su vocación — que nos mueve a salir de nosotros mismos y a entregarnos del todo. En este sentido, es el encuentro con Cristo el que ofrece dirección decisiva a nuestra vida y nos enseña a amar. Somos salvados por un acto de su amor; pero más todavía, viviendo la amistad con Él e imitando su entrega. Pero todavía podemos decir algo más.
- Salvar a una persona es transformarla totalmente en otro Cristo. Esto quiere decir que la salvación no es simplemente algo que Cristo nos regala. Es verdad que Él nos libra del pecado y de la muerte. Es verdad que Él nos regala su gracia para que demos fruto abundante. Pero la verdad más profunda para estar alegres es que Cristo mismo es la salvación del hombre (no simplemente nuestro salvador). Es decir, Cristo tiene el poder y el deseo de unirnos totalmente a sí mismo, para vivir de nuevo en nosotros los misterios de su vida humana. Por ello nos ha regalado su mismo Espíritu, para transformar todo nuestro ser y nuestra historia hasta ser verdadera imagen y semejanza suya. Por eso llamamos a Dios “Padre”, porque somos otros “cristos”. Todo lo que nos enseña con su palabra y ejemplo es ahora verdaderamente posible, hasta entregar la vida como Él.
Agradezcamos esta Navidad el gran don de la salvación. Ojalá que no reduzcamos su significado a una mera liberación del pecado y la muerte. Recordemos que el mejor ejemplo de la salvación resplandece en los santos, porque transparentan en su humanidad la gloria de Cristo.
¡Dios nos salve!
El Padre Montero es pastor de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.



