Hemos sido creados para la felicidad. Ese es nuestro destino: ser felices para siempre. Por esta razón, todas nuestras acciones tienden, en definitiva, a conquistarla. Ante esta búsqueda, una de las más grandes preguntas que el hombre a través de la historia se ha hecho es, qué es necesario para alcanzar la felicidad.
Muchos siglos antes de Jesús hubo varias corrientes filosóficas que trataron de dar respuesta a ese anhelo del corazón del hombre. Por ejemplo, Epicuro, decía “la felicidad es la ausencia de dolor”; por lo tanto, según esta corriente filosófica, el hombre tenía que huir del dolor. Me atrevería a decir que muchos vivimos en esa época, ya que pocos quieren enfrentarse a los problemas. Pensamos que lo mejor es huir de lo que nos cuesta. Otro gran pensador de su época fue Séneca, un estoico, quienes decían que la felicidad venía del cumplimiento de una vida ética y moral. Establecieron una especia de norma con una frase latina, la “Aurea mediocritas” que significa “Dorada medianía”. En otras palabras, busca la práctica de la virtud, pero no exageres. Dos escuelas de pensamientos mucho antes de Jesucristo y que aún impactan la vida de la sociedad actual.
En este contexto, Jesús da una respuesta definitiva a esta búsqueda de la felicidad por medio de las Bienaventuranzas que, según el Catecismo, están en el centro de la predicación de Jesús y que responden al deseo natural de felicidad. Jesús nos enseña el camino por medio de una palabra: “Bienaventurados”. Fijémonos cómo las Bienaventuranzas que nos da Jesús van a contradecir totalmente las corrientes de pensamientos que pretendían darle una respuesta a la búsqueda de la felicidad, tan arraigada en el corazón del hombre.
Hasta entonces, unos decían que para ser feliz había que huir de los problemas; otros, que había que mantener cierta mediocridad; y otros, que la felicidad estaba en el cumplimiento estricto de las normas éticas. Jesús, con la autoridad de ser el Hijo de Dios, sabiendo que el deseo de la búsqueda de la felicidad es de origen divino, se para frente a la multitud y pronuncia el famoso Sermón de la Montaña, donde nos da un programa de vida por el cual nos invita a vivir los valores del Reino de Dios.
En las Bienaventuranzas, Jesús nos da un retrato de su propia vida y de la vida que sus discípulos vivieron. Son el reflejo de la caridad de Cristo y de su vocación. Sin embargo, para entender las Bienaventuranzas, debemos tener claro que sólo seremos felices cuando amemos, porque Dios es amor. Entonces, ya que somos hechos a imagen y semejanza de Dios, cuanto más amemos, más nos pareceremos a nuestro Señor. Y las Bienaventuranzas son una forma de amar.
“Bienaventurados los pobres de espíritu …”, Jesús nos invita a un desasimiento efectivo ya que el que ama no practica la virtud de caridad por el mero hecho de socorrer a los demás, sino para que Cristo sea glorificado. “Bienaventurados los mansos …”, que no son los blandos ni los amorfos sino los que entienden que la mansedumbre evangélica implica firmeza de carácter, de la que Cristo nos dio supremo ejemplo. “Bienaventurados los que lloran …”, el hombre que ama ante las adversidades se abandona al Padre, que sabe y que decide. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia …”, el que ama, tiene hambre de santidad, y está invadido por un tormento (mejor pasión, deseo) irresistible de no ser más que uno solo con Él. “Bienaventurados los misericordiosos …”, ya que la misericordia es un acto de justicia para con nosotros mismos, el que ama perdona y es capaz de olvidar. “Bienaventurados los limpios de corazón …”, el que ama es el que obra como cristiano en cualquier circunstancia y su único deseo es ser otro Cristo. “Bienaventurados los que buscan la paz …”, el que ama busca la paz de Cristo y entiende que al desarrollarse ya en nosotros se irradia a nuestro alrededor. “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia …”, el que ama no se conforma solo con practicar la justicia, sino que se compromete a defenderla y a sufrir por ella. “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa …”, ya que el que ama es feliz aun en medio de las tribulaciones.
No lo olvidemos, sólo hay un camino a la felicidad y es imitar a Cristo en el amor.
El Padre Pineda está en residencia en la iglesia St. James (Santiago Apóstol) en Falls Church.



