Ez 37, 12-14; Rm 8, 8-11; Jn 11, 1-45
Hoy escuchamos el versículo más corto de la Biblia: “Y Jesús lloró” (Jn 11,35). A pesar de su brevedad, encierra una profundidad inmensa, revelando el corazón misericordioso de Dios. El evangelio de hoy nos muestra a un Jesús profundamente humano: emociones, amistades, dudas, la tristeza ante la muerte, pero, sobre todo, mucha fe.
Marta y María, sumidas en el dolor por la muerte de su hermano Lázaro, expresan su tristeza a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto” (Jn 11,21). Sin embargo, estas palabras no nacen del reproche ni del resentimiento, sino de una confianza absoluta en Él. También nosotros, en momentos de tristeza o desolación, podemos sentirnos como ellas. Pero no debemos temer hablar con Jesús con el corazón abierto. Él nos escucha atentamente y nos acompaña en nuestro sufrimiento. Como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:
“El Hijo de Dios […] ha trabajado con manos de hombre, ha pensado con inteligencia de hombre, ha obrado con voluntad de hombre, ha amado con corazón de hombre” (CIC 470).
Su humanidad nos permite acercarnos a Él con confianza y sin reservas.
Pero Jesús no solo nos acompaña en el sufrimiento, sino que nos invita a una vida nueva, llena de esperanza. Sus palabras son un recordatorio de su identidad y misión: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá” (Jn 11,25-26). Nos llama a confiar plenamente en Él, incluso en medio de la adversidad. Dios no es indiferente a nuestro dolor, sino que actúa con poder para transformarlo en vida nueva.
En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos dice que el Señor tiene poder para abrir nuestros sepulcros, llenarnos de su Espíritu y conducirnos hacia la Tierra Prometida, la Nueva Jerusalén, donde viviremos eternamente con él. ¿Cuáles son nuestros sepulcros que no nos dejan vivir? ¿El miedo, la desesperanza, el pecado? No importa cuál sea, Cristo se detiene ante ellos y nos llama por nuestro nombre, como llamó a Lázaro: “¡Sal de allí!”. Luego, con autoridad, ordena a nuestros vicios y pecados: “Desátenlo, para que pueda andar”. ¿Qué estamos esperando para salir de nuestras tumbas y comenzar a experimentar el poder de Cristo resucitado?
La resurrección comienza hoy, no solo al final de los tiempos. Cada vez que dejamos atrás el egoísmo, el rencor o la desesperanza, respondemos al llamado de Jesús. Como Lázaro, estamos hechos para caminar en libertad, para vivir con plenitud, para anticipar aquí y ahora la vida nueva que Cristo nos ha prometido. Escuchemos, pues, la exhortación de San Pablo en la segunda lectura: pongamos nuestras vidas en orden y vivamos según el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús. Solo así experimentaremos, desde hoy, la victoria de la vida sobre la muerte.



