Seamos peregrinos de esperanza y misericordia

Joel de Loera

Blessed Carlo Acutis’ cause for sainthood is expected to receive final approval July 1.

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Hechos 5, 12-16; Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19; Juan 20, 19-31

Hoy celebramos el Segundo Domingo de Pascua, también conocido como el Domingo de la Divina Misericordia, una fiesta instituida por San Juan Pablo II como respuesta a las revelaciones privadas de Jesús a Santa Faustina Kowalska, en las que el Señor pedía que este día se dedicara especialmente a su Misericordia infinita. Hoy, el Evangelio nos conduce al corazón mismo de esa misericordia: las llagas gloriosas de Cristo Resucitado, que muestran el precio de nuestro rescate y el manantial de gracia que brota para la humanidad.

El apóstol Tomás no estaba presente cuando Jesús se apareció por primera vez a los discípulos. Su incredulidad da paso al momento de la fe más profunda cuando ve y toca las heridas del Señor: “¡Señor mío y Dios mío!”. Este reconocimiento es fruto no solo de la vista, sino de la misericordia de Jesús, que se hace presente y permite a Tomás tocar su carne glorificada. Jesús no reprende a Tomás, sino que lo invita con ternura a creer. Esa misma misericordia nos alcanza a nosotros, “los que creemos sin haber visto”.

En este mismo Evangelio, Jesús instituye el sacramento de la Reconciliación, soplando sobre los apóstoles y dándoles el Espíritu Santo con estas palabras: “A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados”. Aquí vemos cómo la misericordia divina no es solo un sentimiento, sino una acción concreta que sigue obrando en la Iglesia a través de los sacramentos. El perdón que recibimos en la Confesión no es solo un acto simbólico, sino el encuentro real con Cristo resucitado, que nos dice también a nosotros: “La paz esté con ustedes”.

Hoy también es un día especial porque celebramos la canonización de San Carlo Acutis, un joven italiano que falleció a los 15 años de leucemia y que vivió su corta vida con una profunda devoción a la Eucaristía. Él decía: “La Eucaristía es mi autopista al cielo”. Fue un adolescente como cualquier otro, con gusto por los videojuegos, el fútbol y la tecnología, pero supo integrar todo eso con una vida de virtud, especialmente la templanza, viviendo la alegría de la fe sin dejar de ser auténtico.

Carlo no tuvo miedo de mostrar su amor por Cristo y por los más necesitados. Fue un testigo de que la santidad no es ajena a la juventud, ni incompatible con la vida cotidiana. Su vida es una invitación a todos, especialmente a los jóvenes, a vivir la fe con coherencia, alegría y entrega. Su canonización es una señal luminosa de esperanza en este Año Jubilar de la Esperanza, recordándonos que la santidad está al alcance de todos.

Hoy, al contemplar las lecturas, vemos cómo la comunidad cristiana primitiva vivía con fe profunda, testimoniando milagros y curaciones. También nosotros estamos llamados a vivir con esa confianza en la acción de Dios. Que este día, el Domingo de la Divina Misericordia, nos lleve a confiar más en el amor de Jesús, que no se cansa de perdonarnos, de levantarnos y de enviarnos como testigos de su Resurrección.

No tengamos miedo de acercarnos al sacramento del perdón. Jesús nos espera. Que nuestros corazones se llenen de paz, como aquella primera comunidad, y que vivamos esta Pascua como verdaderos peregrinos de esperanza y misericordia, sabiendo que el Señor vive y camina con nosotros.

San Carlo Acutis, ruega por nosotros. Jesús, en ti confío.

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