El Papa Francisco: pastor fiel según el corazón de Cristo

Joel de Loera

Pope Francis laughs outside of St. Peter’s Basilica during the general audience on April 1, 2015. (Bohumil Petrik/CNA)

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Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19

En este III Domingo de Pascua, la liturgia nos regala un encuentro íntimo y transformador entre el Señor Resucitado y sus discípulos a orillas del lago de Tiberíades. Se trata de un Evangelio profundamente pastoral, en el que Jesús confirma a San Pedro en su misión: “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas” (Jn 21, 15-17). Esta misión, llena de ternura y de responsabilidad, no se limita solamente a Pedro, el primer Papa de la historia, sino que resuena a lo largo de los siglos en la vida de todos los Vicarios de Cristo. Hoy, en este tiempo de luto y esperanza, esta misión se hace especialmente viva al contemplar la figura del Papa Francisco, quien partió a la Casa del Padre la mañana del lunes de la Octava de Pascua.

El Papa Francisco fue, como Pedro, un hombre frágil, pero profundamente enamorado de Cristo. Su pontificado estuvo marcado por la fidelidad al mandato de Jesús: cuidar, guiar y alimentar al rebaño de Dios. Desde aquel sencillo “buenas tardes” en el balcón de San Pedro, hasta sus últimos gestos de misericordia y humildad en medio de la enfermedad, fue un pastor que “olía a oveja”, que no temió adentrarse en las periferias ni enfrentar redes vacías. Como los apóstoles en el lago, supo reconocer en todo momento la voz del Señor que lo guiaba, especialmente cuando parecía no haber frutos, y confió en echar nuevamente las redes. Aunque muchos no comprendieron su manera de pastorear la Iglesia, no cabe duda de que siempre actuó con corazón de padre, según su discernimiento y en busca del bien de sus hijos en la fe.

En la primera lectura, vemos a Pedro y a los apóstoles enfrentando al Sanedrín con valentía: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). También Francisco supo levantar su voz profética ante las injusticias del mundo: defendió la vida desde la concepción hasta la muerte natural, abogó incansablemente por los pobres, clamó por la paz y por una ecología integral. Fue testigo del Resucitado en un mundo a menudo indiferente o incluso hostil, como aquellos primeros discípulos que se retiraban felices por haber sufrido por el nombre de Jesús.

El Apocalipsis de hoy nos presenta una visión celestial donde toda criatura canta: “Digno es el Cordero que fue inmolado” (Ap 5, 12). Francisco vivió con esta certeza en su corazón: todo en la Iglesia proviene de Cristo, el Cordero inmolado. No buscó protagonismo ni poder, sino ser un servidor de los siervos de Dios. Como Pedro, al final de sus días extendió los brazos, aceptando con humildad el camino de la entrega total.

Hoy oramos por su descanso eterno. Que el Señor resucitado, a quien tanto amó y sirvió, lo reciba en sus brazos abiertos y le diga: “Bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”. Y también elevamos nuestra oración por la Iglesia en este tiempo de Sede Vacante, por el próximo cónclave, pidiendo que el Espíritu Santo suscite un nuevo Pedro, un pastor según el corazón de Cristo.

Jesús no abandona nunca a su rebaño. Como aquella mañana junto al lago, sigue hoy en la orilla de nuestra historia, encendiendo las brasas, preparando el pan y el pescado, llamándonos a reconocerlo y seguirlo. Nos invita a confiar, a echar nuestras redes, aunque estemos cansados, y a renovar nuestro amor por Él.

Hoy, como comunidad cristiana, escuchemos también nosotros la pregunta del Señor: “¿Me amas?” y respondamos con humildad: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”. Que esta Pascua nos anime a seguir a Jesús con la confianza de Pedro y el ejemplo de Francisco, pastor fiel, guía en medio de la tormenta y testigo de la ternura de Dios.

“El Señor, única esperanza de la humanidad, nos conceda la gracia de mantener encendida la llama de la fe, y en el momento de nuestra muerte nos tome de la mano y nos diga: «¡Levántate!». Que Santa María, Madre de Dios, interceda por todos nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Así sea” (Papa Francisco).

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