Génesis 18, 20-32; Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13
Las lecturas de este domingo nos invitan a contemplar tres verdades fundamentales de nuestra fe:
- Dios es un Padre misericordioso.
- No somos solamente siervos, sino hijos amados.
- Como hijos, podemos pedir con confianza lo que necesitamos.
1. Dios es un Padre misericordioso
La primera lectura de Génesis 18 nos muestra una escena conmovedora: Abraham intercede con insistencia ante Dios por la ciudad de Sodoma. A pesar de la gravedad del pecado del pueblo, Abraham se atreve a dialogar con Dios, rebajando poco a poco el número de justos necesarios para que la ciudad sea perdonada: de cincuenta hasta diez.
Esta lectura nos revela algo profundo sobre el corazón de Dios. Él no se enoja con Abraham, no se impacienta ni lo reprende por su audacia. Todo lo contrario: le responde con paciencia, como un padre amoroso que escucha atentamente a su hijo. Esta actitud divina nos recuerda que la oración es, ante todo, relación. Abraham ora con temor reverente, pero también con una confianza sorprendente. Así debe ser nuestra relación con el Señor.
Dios se revela como un Padre que no se cansa de escuchar nuestras súplicas. Como enseña el Catecismo:
“La oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno” (CIC, 2565).
- Somos hijos, no solo siervos
Jesús, en el Evangelio de Lucas 11, enseña a sus discípulos a orar. Y lo hace con una oración que todos conocemos bien: el Padre Nuestro. No es una fórmula vacía, sino una revelación. El Dios del cielo y de la tierra quiere que lo llamemos “Padre”. No simplemente Señor o Maestro, sino Padre, porque eso es lo que verdaderamente es.
San Pablo, en la segunda lectura (Col 2,12-14), nos recuerda que en el bautismo fuimos sepultados con Cristo y resucitados con Él. Ya no somos esclavos del pecado, sino hijos redimidos por la gracia. Sin embargo, cuántas veces seguimos viviendo como siervos temerosos. Muchos cristianos siguen luchando con escrúpulos, con culpa, con la duda de si Dios realmente los puede perdonar. Pero esa duda no viene de Dios.
Cuando olvidamos que somos hijos, olvidamos también que tenemos un Padre que nos espera con los brazos abiertos, como al hijo pródigo. Él nos ha perdonado todos nuestros pecados y nos ha dado su Espíritu para que podamos clamar: “¡Abba, Padre!” (cf. Rom 8,15).
- Como hijos, pidamos con confianza
Jesús no solo nos enseña a llamar a Dios “Padre”, sino que nos anima a pedir con perseverancia y fe. En el Evangelio, pone el ejemplo del amigo insistente que toca la puerta a medianoche. No se trata de molestar a Dios, sino de entender que nuestra oración mueve su corazón, no porque Él no sepa lo que necesitamos, sino porque desea que acudamos a Él, que confiemos en su bondad.
Lamentablemente, muchos de nosotros hemos crecido con dificultades para expresar nuestras emociones o necesidades, especialmente con nuestras figuras paternas. Pero Dios no es como un padre ausente o distante. Él quiere escuchar, incluso cuando nuestras palabras son torpes. Quiere que le digamos lo que nos duele, lo que soñamos, lo que anhelamos.
Cristo nos asegura:
“Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?” (Lc 11,13).
Este domingo, recordemos que no estamos solos. Tenemos un Padre que nos conoce, nos ama, y quiere colmarnos con el don más grande: su Espíritu Santo. No tengamos miedo de pedir, de insistir, de presentarnos ante Él una y otra vez, como Abraham, como el amigo del Evangelio, como hijos pequeños que confían en el corazón de su papá.



