El discípulo misionero debe ser disciplinado, enviado y humilde

Joel de Loera

ADOBESTOCK

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Isaίas 66, 18-21; Hebreos 12, 5-7. 11-13; Lucas 13, 22-30

Hoy quisiera compartir tres pensamientos sobre lo que significa ser un discípulo misionero según las lecturas de hoy.

El primer pensamiento es que un discípulo misionero es alguien que deja que el Señor lo moldee, lo forme y lo discipline. Un discípulo que no permite que su Maestro lo corrija, le enseñe o lo reprenda cuando sea necesario, no es un verdadero discípulo, sino un simple seguidor o admirador. Cuando uno es fan de un artista o un atleta, lo sigue, se entera de sus actividades, asiste a sus conciertos o partidos… pero difícilmente haría un cambio radical en su vida si esa persona se lo pidiera. Con Jesús es distinto. No se trata de seguirlo de lejos, asistir a la iglesia de vez en cuando o saber lo que pasa en la Iglesia por medio del Papa, los obispos o los sacerdotes. Con Jesús, nuestro Maestro, debemos dejarnos formar, disciplinar y corregir. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Si queremos alcanzar la salvación, debemos entrar por la puerta estrecha de la que habla el Evangelio de san Lucas (13, 22-30), porque muchos querrán entrar y no podrán. No basta con decir: “Comimos y bebimos contigo” o “enseñaste en nuestras plazas”; Él responderá: “No sé de dónde son. Apártense de mí.” Como nos dice Hebreos (12, 5-7.11-13), la disciplina no es motivo de alegría sino de dolor, pero después produce frutos de paz y justicia. Esa disciplina llega por medio de la corrección de otros, de nuestro cónyuge, de nuestros hijos, de un jefe, de las dificultades, del sufrimiento y de todo lo que no sale como queremos. Allí el Señor nos entrena en humildad, virtud y obediencia. Nuestro consuelo debe ser lo que escuchamos al comienzo de esta lectura: “Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando te reprenda. Porque el Señor corrige a los que ama, y da azotes a sus hijos predilectos. Soporten, pues, la corrección, porque Dios los trata como a hijos; ¿y qué padre hay que no corrija a sus hijos?”

El segundo pensamiento es que, una vez que aceptamos que Él sea nuestro Maestro y nosotros sus discípulos, somos enviados a anunciar su Buena Noticia. El Salmo nos dice: “Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva”, y en Isaías (66, 18-21) escuchamos que hay pueblos lejanos que nunca han oído hablar de Dios ni han visto su gloria. Un discípulo debe configurarse cada vez más con Cristo, crecer en la fe y compartirla con todos.

El tercer pensamiento es que un verdadero discípulo es humilde. Cuando evangelizamos, debemos ver el rostro de Cristo en cada persona. El enemigo quiere sembrar vanidad y un espíritu farisaico que nos haga sentir superiores, pero eso aleja a las almas de Dios. Jesús nos recuerda que muchos últimos serán primeros y muchos primeros serán últimos. Si queremos ser grandes en el Reino, debemos hacernos pequeños.

Y todo esto cobra más fuerza en este Año Jubilar 2025, tiempo de gracia en el que la Iglesia nos invita a ser “Peregrinos de Esperanza”. Pasar por la Puerta Santa es signo de entrar por la puerta estrecha: implica conversión, reconciliación, misericordia y dejar que Cristo nos transforme. Que en este Año Santo nos dejemos moldear, seamos enviados a proclamar su gloria y vivamos en humildad, para que otros también acepten la invitación de seguirlo como verdaderos discípulos.

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