Noviembre es un tiempo privilegiado para mirar hacia arriba y también hacia atrás.
Mirar hacia arriba, al cielo, donde están nuestros seres queridos que han partido; y mirar hacia atrás, para no olvidar a quienes nos han precedido en el camino de la fe.
Cuando miramos hacia atrás, no es para recordar un pasado que ya no tiene sentido, sino para redescubrir un tesoro: los ejemplos, el sacrificio, la generosidad y el amor de tantos hombres y mujeres que marcaron nuestra vida. Nuestros padres, abuelos, familiares y amigos … personas que, aunque no fueron perfectas, como tampoco nosotros lo somos, nos dejaron lo mejor que tenían.
Nuestros difuntos mueren cuando Dios los llama — a veces después de una larga vida, otras antes de lo que esperábamos — pero hay algo más triste que la muerte: olvidarlos.
No podemos matarlos porque ya están en las manos de Dios, pero el olvido es una forma de “matar” su memoria. Por eso, en este mes de noviembre la iglesia nos invita no solo a recordar, sino también a rezar por ellos.
Y aquí vale la pena preguntarnos:
¿Rezamos todavía por nuestros difuntos? ¿Encargamos Misas por ellos?
La Iglesia enseña que la Santa Misa es la ofrenda más poderosa que puede hacerse por los difuntos, ya que es el mismo sacrificio de Cristo renovado de modo incruento sobre el altar.
Como dijo el Papa Benedicto XVI: “El sacrificio del altar tiene el mayor poder para expiar las almas que descansan en Cristo.”
A veces recordamos el funeral, pero con los años olvidamos incluso el día en que partieron. Esa es una señal de cuánta secularización ha entrado incluso en los corazones creyentes. Rezar por los difuntos es un acto de amor y de fe. Es decirles: “No te olvido y te confío al Señor.”
En el Evangelio Jesús nos asegura que nadie se pierde en las manos del Padre. Él ha bajado del cielo para cumplir una sola misión: que ninguno de los que el Padre le confía se pierda y que todos alcancen la vida eterna.
Por eso, para los que creen en Cristo, la muerte no es el final, sino la promesa de resurrección.
El signo de vivir en Cristo es la capacidad de mirar la muerte de frente, sin huir de ella ni fingir que no existe. La fe no nos invita a negar la muerte, sino a mirarla con esperanza, dejándonos interpelar por su misterio. Porque si la muerte no tiene sentido, tampoco lo tiene la vida.
En este sentido, Jesús también nos dice: “Tened paz, tened confianza.”
Nos enseña que la muerte no es un muro, sino una puerta: una puerta estrecha que exige purificación, desprendimiento y humildad. Entrar por ella supone morir a nosotros mismos, dejar atrás formas de pensar, juzgar y valorar que no son propias del Evangelio.
Dios se ha revelado en Jesucristo, y al escuchar su Palabra debemos dejarnos transformar. No se trata de hacer a Dios a nuestra medida, sino de ajustar nuestro pensamiento y nuestro corazón a su medida. Así nos preparamos para entrar por esa puerta que, sí, es estrecha, porque implica sufrimiento, despojo y separación dolorosa de quienes amamos.
Pero no olvidemos: la puerta no es la meta. La muerte no es el final. La muerte es el paso hacia la vida eterna.
Lo importante no es quedarse en la puerta, sino entrar en lo que está detrás de ella: el corazón inmenso de Dios, su abrazo infinito, su misericordia sin límites.
No olvidemos que esa puerta está abierta, porque Cristo la ha atravesado antes que nosotros. Esa puerta abierta es su corazón traspasado por la lanza. Entrar por el corazón de Cristo es entrar en la promesa de la vida eterna.
La invitación de la Iglesia en este mes de noviembre es podríamos decir:
- Rezar por los fieles difuntos, porque creemos en la misericordia de Dios que se extiende incluso más allá de la muerte. A eso llamamos purgatorio: una bendita purificación que Dios ofrece por amor, para que nuestras almas puedan presentarse puras ante Él.
- Recordar que los difuntos son faros encendidos. Ellos nos dicen: “No te pierdas, no te desvíes del camino, no olvides la meta.” Son testigos silenciosos que nos recuerdan que la vida tiene una dirección: el cielo.
Por eso, miremos hacia atrás con gratitud y hacia arriba con esperanza.
Recuperemos el tesoro que nos dejaron los que nos precedieron, y vivamos de tal manera que un día, cuando Dios nos llame, podamos pasar también esa puerta estrecha con el corazón libre, confiados en su misericordia.
Concédeles, Señor, el descanso eterno y haz que brille para ellos la luz perpetua. Que sus almas y las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.
El Padre Pineda está en residencia en la iglesia St. James (Santiago Apóstol) en Falls Church.



