Monseñor José María García Lahiguera fue un arzobispo español que destacó por su amor al sacerdocio. Fundó las Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote, orden contemplativa que tiene por misión la oración y entrega total de la vida para sostener a los sacerdotes desde el silencio de la clausura.
Gracias a su fascinación por el sacerdocio consiguió que se incluyera la fiesta litúrgica de Jesucristo Sumo y Eterno sacerdote en el calendario general de la iglesia en España. Pues bien, en este tiempo de Cuaresma nos puede ayudar una reflexión suya. Se trata de una reflexión originalmente dirigida a los sacerdotes, pero puede aplicarse a todos los bautizados, que comparten el sacerdocio común de los fieles.
El arzobispo decía que hay una palabra profundamente anti-sacerdotal: reservarse. Escribía así: “Reservarme, ¿para quién? ¿Acaso no soy todo y sólo tuyo, Señor? Reservarme, ¿para qué? ¿Acaso no es esta toda tu voluntad ahora? Reservarme, ¿para cuándo? ¿Tengo acaso otro momento fuera del ahora que está ya pasando? Y no olvidemos estas palabras: toda gran obra – la santidad sacerdotal — es el fruto de una gran pasión, amor puesto al servicio del gran ideal, Cristo. No olvidemos que la medida del amor es amar sin medida. El sacerdote tiene el gozo de ser el más agraciado de los hombres”.
Muchos maestros de la vida cristiana insisten en la importancia de vivir el momento presente. Se atribuye a San Pio de Pietrelcina esta sencilla oración: “Tú sabes, Señor, que sólo tengo el día de hoy para amarte”. Amar es entregarse del todo haciendo en cada momento lo que Dios me pide en mi vocación, con total confianza de hijo. Lo primero es siempre tener las manos y el corazón abierto para recibir el don de Dios. Lo segundo es actuar movidos por ese gran amor recibido primero, que es su misma presencia en cada uno de nosotros. A estas alturas de la Cuaresma ofrezco tres puntos para adentrarnos más en este tiempo de gracia.
- Es Cristo quien me invita a compartir su ayuno, su oración y su limosna. Quizás el propósito que habíamos pensado era más idea nuestra que invitación suya. A mí me ayuda mucho pensar que el ayuno no es algo mío, sino algo “nuestro”, de Jesús y mío. Esta es el gran consuelo: Él ya ha pasado por el desierto y la muerte, y quiere hacerme totalmente suyo para vencer de nuevo conmigo y en mí. Miremos más a Cristo para entregarnos del todo.
- Es la iglesia la que ayuna, ora y hace limosna también. Esto significa que no vamos solos ni es algo únicamente íntimo entre Jesús y yo, porque la iglesia es el cuerpo de Cristo. Quizás ahora sea un buen momento para animarnos unos a otros a seguir con el ayuno, oración y limosna, haciendo pequeñas promesas juntos. Por ejemplo, si tengo un grupo de amigos, podemos ayunar y luego hacer un donativo con lo que hubiéramos gastado, ayudando a alguna familia necesitada (pueden preguntar a sus párrocos y les sabrán decir quién).
- Lo mejor es enemigo de lo bueno. Es decir, más vale algo sencillo o pequeño hoy, que cosas más complicadas o grandes mañana. Buen ejemplo de esta sabiduría es esta inscripción en una tumba anónima de un pueblo español: “Cuanto gané, lo perdí; lo que presté, no lo tengo. ¡Sólo tengo lo que di!”. Lo bueno es darme hoy, desde mi pobreza, pero del todo.
En lo que nos queda de cuaresma surge así la pregunta: reservarse, ¿para quién?, ¿para qué?, ¿para cuándo? De Cristo aprendemos que la entrega hasta el final es la manera de encontrar nuestro sitio con Él, porque él nos amó — y nos ama — hasta el extremo: en la Cruz y en la Eucaristía. Él no se reservó.
“Cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias lo partió́ y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será́ entregado por vosotros.”
El Padre Montero es pastor de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.



