Formada por la fe, llamada a educar

Carmen Briceño

Cortesia.

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En una pequeña comunidad rural de la República Dominicana, donde los recursos eran limitados, pero la fe abundaba, una joven llamada Jeidy Luperón comenzó un camino que hoy inspira a muchos.

Jeidy creció en Sabana Cruz, en la República Dominicana, una comunidad rural humilde donde las oportunidades eran limitadas y el acceso a la educación superior no era común. Sus padres, quienes solo habían cursado hasta el octavo grado, le transmitieron algo más valioso que cualquier bien material: disciplina, valores firmes y un profundo aprecio por la educación. A pesar de las dificultades económicas, siempre hicieron todo lo posible para que sus hijos asistieran a la escuela y comprendieran la importancia de aprender. “Crecimos con poco, pero la educación siempre fue una prioridad en mi casa”, recuerda Jeidy.

Desde muy joven, su vida estuvo profundamente marcada por la fe. Alrededor de los 11 años fue bautizada en la Iglesia Católica, y desde entonces se involucró activamente: fue monaguilla, participó en el coro, ayudó en la catequesis y en la preparación de la misa. Su fe no era solo algo que creía, sino algo que vivía diariamente.

A través de su parroquia, participó en misiones y proyectos comunitarios, ayudando en comunidades cercanas y colaborando con grupos misioneros. Estas experiencias formaron su corazón y le dieron un sentido claro de propósito: servir a los demás.

Su compromiso no pasó desapercibido.

Reconociendo su entrega a la iglesia y a su comunidad, el párroco le ofreció a ella y a otros jóvenes una oportunidad que cambiaría su vida: una beca para estudiar en la universidad mientras continuaba sirviendo en su comunidad. Eligió estudiar educación con mención en inglés, motivada por un sueño que había tenido desde pequeña: ser maestra. En su comunidad, ser docente no es solo una profesión, es una vocación. “Siempre quise ser maestra. Es algo muy bonito poder enseñar y ver a los estudiantes crecer”, afirma Jeidy.

También eligió el inglés con un propósito claro: comunicarse con las personas que llegaban a servir desde otros países y poder construir puentes entre culturas.

Sin embargo, el camino no fue fácil. Para asistir a la universidad, debía viajar hasta seis horas de ida y seis de vuelta, saliendo de madrugada y regresando de noche, mientras continuaba trabajando en la parroquia. Era agotador, pero su determinación era más fuerte que cualquier obstáculo.

Entonces, llegó una oportunidad inesperada.

Gracias a la conexión entre su parroquia, la diócesis y una universidad en Estados Unidos, Jeidy fue elegida — tras un proceso de discernimiento comunitario — para continuar sus estudios en el extranjero. Fue un momento lleno de emoción, pero también de miedo. “Una cosa es quererlo, y otra cuando se vuelve realidad”, comparte.

Dejar su familia, su cultura y todo lo conocido no fue fácil. Su mamá lloró el día que se fue, mientras su papá le recordaba que debía mantenerse firme en los valores con los que fue criada. Esos valores serían su guía.

Al llegar a Estados Unidos, enfrentó nuevos retos: el idioma, el sistema educativo y una cultura completamente distinta. Tuvo que aprender desde cómo tomar el autobús hasta cómo estudiar completamente en inglés, todo mientras se preparaba para el examen necesario para ingresar a la universidad.

Aunque tuvo que empezar de cero académicamente, lo asumió con humildad y visión. Sabía que esa oportunidad le abriría puertas. En la universidad, además de estudiar, se involucró nuevamente en el ministerio pastoral, encontrando en la fe un hogar incluso lejos de casa. “La fe me dio una familia y un propósito”, expresa.

En 2020, se graduó, aunque no como lo había soñado. Debido a la pandemia, no hubo ceremonia. Aun así, celebró el logro con gratitud, consciente de todo lo que había superado.

Poco después de graduarse, Jeidy comenzó a trabajar como maestra, enseñando inglés y religión en la escuela católica de San Antonio de Padua en Falls Church. Durante varios años, se dedicó con entrega a sus estudiantes, creciendo no solo como educadora, sino también como líder dentro de la comunidad escolar. Con esfuerzo, preparación y un deseo constante de superarse, obtuvo su licencia docente y más adelante completó una maestría en liderazgo educativo. Ese camino de formación y experiencia la llevó, con el tiempo, a asumir mayores responsabilidades, hasta llegar a su rol actual como subdirectora de la escuela. Sin embargo, su camino no termina ahí: Jeidy sueña con continuar su formación académica, obtener un doctorado en educación y, algún día, servir a una comunidad aún más amplia como superintendente, guiando y fortaleciendo la misión de la educación católica.

Sin embargo, lo que más destaca de ella no es su cargo, sino su humildad. “Nada de lo que tengo es solo por mí. Mucha gente creyó en mí y sacrificó para que yo estuviera aquí”, afirma. Su vida es un testimonio de fe, perseverancia y agradecimiento. Ella reconoce que su camino no ha sido solo fruto de su esfuerzo, sino parte de un plan más grande. “Cuando miro atrás, veo de dónde Dios me sacó, y sé que Él tiene un propósito.

A los jóvenes — tanto a los que enfrentan dificultades como a los que tienen oportunidades — Jeidy les deja un mensaje claro: La disciplina lo es todo. La fe es fundamental. Y tú origen no define tu destino.

Su historia nos recuerda que la educación católica no solo forma mentes, sino corazones; no solo prepara profesionales, sino personas con propósito. Porque, a veces, los caminos más extraordinarios comienzan en los lugares más sencillos.

Briceño, una virgen consagrada, se dedica a la evangelización a través del arte con su ministerio sacredprint.com.

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