Solemnidad de la Ascensión del Señor

Padre Mauricio Pineda

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La Solemnidad de la Ascensión del Señor es la corona de la Resurrección. Después de la humillación del Calvario y de su gloriosa resurrección, Jesús hace su entrada oficial en la gloria.

Esto lo había anunciado en reiteradas ocasiones tras su resurrección. A María Magdalena le dijo: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre”; y a los discípulos de Emaús les explicó: “¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?”. Pero era necesario, para fortalecer la fe de los Apóstoles, que su ascensión fuera visible, así como visible había estado para ellos durante cuarenta días después de la resurrección. Todos los que lo habían visto morir en la cruz debían ahora verlo subir en gloria. Jesús completó su misión en la tierra y regresó nuevamente al Padre.

Pero antes de ascender, Jesús confió su misión a la Iglesia: “Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Así, la Iglesia, a través de sus obispos, sucesores de los Apóstoles, y de sus sacerdotes, colaboradores de los obispos, continúa lo que Jesús comenzó. Cristo permanece presente en la Iglesia y continúa su ministerio en ella y a través de ella.

Sin embargo, también nos deja una tarea vital a todos los cristianos: “Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones … enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado”. Cristo ya cumplió la obra que el Padre le había encomendado: se encarnó en el seno de la Virgen Santísima, murió en la cruz, resucitó al tercer día y ahora es nuestra responsabilidad llevar el evangelio a todos los rincones de la tierra. Es una responsabilidad imperativa. El evangelio fue llevado a todas partes por los primeros cristianos.

¿Cómo evangelizaban los primeros cristianos? No había dinero, absolutamente nada. Cuando Pedro sana a un tullido, le dice: “No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo, levántate”. No había recursos materiales, pero sí existía una profunda convicción de que Jesús es lo mejor que podemos ofrecer. Y esa es la clave, y quizás también la razón por la que muchas veces no evangelizamos: en el fondo, no estamos plenamente convencidos. Nos cuesta hablar de nuestro encuentro con el Señor porque tenemos miedo de dar testimonio y de dar la cara por Cristo.

En cada una de nuestras parroquias de la diócesis de Arlington y en todas las iglesias del mundo debe existir un verdadero interés por la evangelización. Cristo nos pide ayuda. Hay que llevar la experiencia de la fe a quienes no la conocen. Es una responsabilidad que comienza, en primer lugar, con nuestra propia familia. La primera misión como bautizados es esta, ya que la familia está llamada a ser una “iglesia doméstica”, en la que se aprende a amar a Dios mediante la oración en familia. En un mundo donde la familia está siendo tan atacada, la familia que intenta vivir el Evangelio se convierte en luz para los demás.

Es interesante notar que Jesús se aparece en Galilea, y ciertamente no es una coincidencia. Galilea era el lugar donde todo había comenzado, donde los discípulos habían escuchado el llamado y habían visto los milagros de Jesús. Volver al lugar del primer encuentro fortalece el corazón, especialmente cuando estamos cansados o atravesamos dificultades. Cuando se ha tenido un verdadero encuentro con Cristo, no se puede guardar solamente para uno mismo. Eso fue precisamente lo que experimentaron los primeros cristianos: la convicción de que llevaban un gran tesoro al prójimo, porque conocer a Jesús es el mayor tesoro y la mayor obra de caridad que podemos ofrecer.

Para los primeros cristianos, como también para nosotros, la predicación “a tiempo y a destiempo”, como decía San Pablo, era una responsabilidad. Pero el mandato de Jesús no consiste solamente en transmitir información sobre el cristianismo, sino en “hacer discípulos”; es decir, formar personas que aprendan a vivir como Cristo y caminen hacia la santidad.

Ahora bien, hay un detalle importante que vale la pena recalcar: esta misión encomendada a los Apóstoles estuvo precedida por un tiempo de oración mientras esperaban la venida del Espíritu Santo, quien habría de confirmarlos y fortalecerlos. En nuestros movimientos y comunidades existe el peligro de reducir la misión únicamente a la acción y descuidar lo esencial: la oración, “trato de amistad con quien sabemos que nos ama”, como decía Santa Teresa de Ávila.

La vida de la Iglesia y la misión de ir por el mundo no comenzaron con la acción, sino con la oración, “junto con María, la madre de Jesús”.

El Padre Pineda está en residencia en la Iglesia St. James (Santiago Apóstol) en Falls Church.

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