¿Qué enseña la Iglesia Católica sobre la migración?

Obispo Michael F. Burbidge

A detail is seen of “Angels Unawares,” a sculpture by Canadian Timothy Schmalz in St. Peter’s Square at the Vatican, June 3, 2024. The sculpture depicts a boat with 140 figures of migrants from various historical periods and various nations. (CNS photo/Lola Gomez)

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“Porque fui forastero y me acogisteis”. (Mt 25,35).

Nuestro Señor pronunció estas palabras hacia el final del Evangelio de San Mateo, en una parábola que trata sobre el juicio de las naciones y el criterio de dicho juicio. Ese criterio es Jesús mismo, quien se identifica con los hambrientos, los sedientos, los enfermos, los encarcelados y los forasteros en la tierra. “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. (Mt 25,40).

De esta manera, el Señor reafirma el mandato divino que se encuentra a lo largo del Antiguo Testamento, según el cual el pueblo de Dios debe tener un cuidado especial por los forasteros, los extranjeros y los peregrinos que vivían entre los israelitas — a quienes hoy llamaríamos migrantes o refugiados —. Los israelitas debían actuar con caridad hacia estas personas porque ellos mismos habían experimentado lo que era ser migrantes y vivir en una tierra que no era la suya. Por ejemplo, leemos en el Libro del Éxodo (22,21): “No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.” Pasajes similares se encuentran en Levítico (19,34), Deuteronomio (10,18-19) y Job (31,32). Quizás no sea difícil ver en estos mandamientos lo que más tarde Jesús diría a sus discípulos: “Traten a los demás como quieren que los demás los traten a ustedes”. (Lc 6,31; Mt 7,12).

Estos textos bíblicos ofrecen el fundamento de la doctrina social católica sobre el tema de la migración. Desde la encíclica Rerum Novarum (1891) del Papa León XIII hasta nuestros días, la iglesia ha desarrollado una enseñanza rica en contenido acerca de la migración, los derechos de los migrantes y la necesidad de realizar mayores esfuerzos para contrarrestar las causas de la migración forzada.

La enseñanza de la iglesia se basa en algunos principios esenciales que pueden ayudarnos a reflexionar sobre el tema de la migración a la luz de nuestra fe. El primero es la dignidad de toda persona humana, creada a imagen de Dios (Gn 1,26-27) y destinada a la vida eterna. Basándose en este principio, el Papa Francisco nos exhorta a comprender que “los migrantes y los refugiados no representan solo un problema que hay que resolver, sino hermanos y hermanas que deben ser acogidos, respetados y amados”.

Asimismo, la iglesia afirma que las personas tienen derecho tanto a migrar como a permanecer en su patria. Aunque algunos individuos o familias eligen migrar, muchos otros se ven obligados a hacerlo por conflictos, pobreza, desastres naturales o persecución política o religiosa. En respuesta a la migración forzada, en 2023 el Papa Francisco pidió a los países y a la comunidad internacional “garantizar que todos gocen del derecho a no verse obligados a emigrar; es decir, la posibilidad de vivir en paz y con dignidad en el propio país.” Al mismo tiempo, la doctrina social de la iglesia enseña claramente que las políticas gubernamentales deben ayudar a las familias que se ven forzadas a buscar seguridad, estabilidad y una nueva vida fuera de su patria a permanecer unidas, y que padres e hijos no deben ser separados.

La iglesia reconoce que las naciones pueden regular el ejercicio del derecho a migrar, ya que una migración sin control podría “hacer daño y ser perjudicial para el bien común de la comunidad que recibe al migrante,” según palabras de San Juan Pablo II. En este sentido, un recurso del Comité de Migración de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB por sus siglas en Ingles) señala: “Quienes trabajan para hacer cumplir las leyes migratorias de nuestra nación suelen hacerlo movidos por un sentido de lealtad al bien común y de compasión por los pobres que buscan una vida mejor.” El hecho de que una nación controle prudentemente sus fronteras no debe considerarse malo ni inmoral en sí mismo. Lo crucial, sin embargo, es que las políticas migratorias estén guiadas por la justicia, la sabiduría, la misericordia y, sobre todo, el amor.

Estas virtudes son especialmente necesarias cuando surgen preguntas sobre los inmigrantes indocumentados. San Juan Pablo II afirmó que la inmigración ilegal debe ser prevenida, pero también subrayó que quienes se encuentran en situación irregular no pierden su dignidad humana ni sus derechos fundamentales, los cuales no pueden ser violados ni ignorados. En este sentido, la iglesia aboga por una reforma migratoria que ofrezca un camino hacia la legalidad a todos los que lo merezcan, incluidos quienes han huido de la guerra, la pobreza o la persecución, y que son buenos vecinos y contribuyentes en las comunidades donde ahora viven. En el mismo mensaje, San Juan Pablo II también destacó que la iglesia debe ser un lugar donde los indocumentados sean reconocidos y acogidos como hermanos y hermanas, y donde se atiendan sus necesidades de oración, escucha de la Palabra de Dios y participación en los sacramentos. De hecho, la iglesia está llamada a ofrecer sus servicios sacramentales, pastorales, educativos y sociales a quienes los busquen, sin importar su situación legal.

La migración es una realidad compleja, tanto en nuestra nación como en el mundo entero. La iglesia, reconociendo esta complejidad, nos llama a actuar hacia los migrantes y refugiados con compasión y amor. El Papa León XIV nos ha recordado en diversas ocasiones que, cuando extendemos hospitalidad, defendemos políticas justas y apoyamos a quienes se ven obligados a abandonar su patria, estamos viviendo la verdad del Evangelio: que al acoger al forastero, acogemos al mismo Jesús.

Para más información

Para leer recursos del Comité de Migración de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos que ayudan a los católicos a formar su conciencia en esta área, visite: www.usccb.org/committees/migration.

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