Amar con amor trinitario

Joel de Loera

ADOBESTOCK

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Proverbios 8, 22-31; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15

«El amor que procede de Dios y que es Dios, es propiamente el Espíritu Santo». (San Agustín)

Hoy, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad, celebramos el misterio central de nuestra fe: un solo Dios en tres Personas Divinas. Nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica que, “el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina” (CIC 234). Este misterio no es un acertijo teológico, sino una revelación de cómo es Dios en su esencia: una comunión eterna de Amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El Evangelio de hoy (Jn 16, 12-15) nos muestra cómo Jesús, en íntima unión con el Padre, promete el don del Espíritu Santo, “el Espíritu de la verdad”, que nos guía a la verdad plena. Él no actúa por su cuenta, sino que comunica lo que ha recibido del Hijo, y el Hijo lo ha recibido del Padre. Esta dinámica de donación, de recibir y dar, revela el misterio trinitario: cada Persona vive en relación, en entrega amorosa.

Este mismo dinamismo está inscrito en la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios. Y de una manera especial se manifiesta en el matrimonio. El amor entre el esposo y la esposa, cuando se vive como don libre, total, fiel y fecundo, se convierte en sacramento, es decir, en imagen visible del Dios invisible. Así como del amor entre el Padre y el Hijo procede el Espíritu Santo, del amor entre los esposos brota una nueva vida: “La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios” (CIC 2205).

Incluso los matrimonios que no pueden tener hijos están llamados a “dar vida” en su entorno: en obras de caridad, en la acogida y el acompañamiento de jóvenes y en la evangelización. La fecundidad del amor trinitario trasciende lo biológico; se manifiesta en todo acto de generosidad y comunión.

En cambio, cualquier distorsión del plan de Dios para el amor humano—como las ideologías que niegan la diferencia sexual, el hedonismo, el puritanismo, o incluso la falta de testimonio de matrimonios cristianos—oscurece la verdad del Evangelio. Vivir el matrimonio según el modelo trinitario, es decir, en una comunión recíproca de amor, es una forma de predicar, de evangelizar, de mostrar al mundo quién es el Dios Uno y Trino.

Para mejor entender y descubrir el misterio de la Santísima Trinidad en nuestras vidas, no se debe estudiar como un concepto lejano ni abstracto, sino que hay que interiorizarlo y entenderlo como la vocación concreta de toda persona: amar y darnos a los demás tal y como Dios nos ama y se entrega a nosotros. Vivamos pues este amor y entrega total de vida. Reflejémoslo en nuestros matrimonios y en nuestras familias. Caminemos hacia la plena comunión con el Dios Uno y Trino. Y cuando vengan las dificultades, recordemos las palabras de San Pablo a los Romanos: “Más aún, nos gloriamos hasta de los sufrimientos, pues sabemos que el sufrimiento engendra la paciencia, la paciencia engendra la virtud sólida, la virtud sólida engendra la esperanza, y la esperanza no defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado” (Rm 5, 3-5).

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