“Arraigados en Cristo, Firmes en la Esperanza”

Joel de Loera

ADOBESTOCK

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Jeremίas 17, 5-8; 1 Corintios 15, 12. 16-20; Lucas 6, 17. 20-26  

Las lecturas de este domingo nos recuerdan una verdad innegable: las dificultades en la vida no son una posibilidad, sino una certeza. El profeta Jeremías nos advierte: “cuando llegue el calor” y “en año de sequía”, no “si es que llega”. Lo que esto nos da a entender es que la sequía espiritual, las pruebas y los momentos de crisis llegarán tarde o temprano. La pregunta no es si vendrán estas dificultades a nuestra vida, sino si estamos preparados para enfrentar estas adversidades.    

La clave está en dónde tenemos puesta nuestra confianza. Jeremías nos da la imagen de dos tipos de personas: aquellos que confían en sí mismos y en las cosas del mundo, comparados con un arbusto en el desierto, y aquellos que confían en Dios, semejantes a un árbol plantado junto al agua, cuyas raíces profundas le permiten seguir dando fruto aun en tiempos difíciles. Esto nos recuerda lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (CIC 1817).  

Este llamado a confiar y tener esperanza en Dios es relevante en este Año Jubilar de la Esperanza convocado por el Papa Francisco. En un mundo donde la incertidumbre, el miedo y la desesperanza parecen ganar terreno, la Iglesia nos invita a redescubrir la virtud de la esperanza, esa certeza profunda de que Dios camina con nosotros y nunca nos abandona, incluso en la sequía espiritual. 

El Evangelio de hoy también nos muestra cómo vivir esta confianza y esperanza a través de las bienaventuranzas. Jesús nos dice que los verdaderamente dichosos no son los que confían en la riqueza, el poder o la comodidad, sino los pobres de espíritu, los que sufren y los que son perseguidos por causa de Cristo. Esto puede parecer contradictorio, pero en realidad es un recordatorio de que la verdadera felicidad no depende de las circunstancias externas, sino de la seguridad de estar en las manos de Dios. 

Muchas veces, cuando enfrentamos dificultades, lo primero que hacemos es tratar de lidiar con esas situaciones con nuestras propias fuerzas o buscar una solución en las cosas pasajeras. Sin embargo, como nos enseña el Catecismo, “Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle el amor y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios” (CIC 2090). Si realmente ponemos nuestra esperanza en Cristo, nuestra fe no se secará cuando lleguen las tormentas, sino que se fortalecerá. 

Hoy es un buen día para preguntarnos: ¿Dónde están nuestras raíces? ¿Estamos plantados junto a las aguas vivas del Espíritu Santo, o estamos apoyándonos en lo pasajero? En este Año Santo de la Esperanza, renovemos nuestra confianza y esperanza en el Señor y pidámosle que nos ayude a vivir como árboles firmes, que den frutos de fe y amor, incluso en medio de la sequía. 

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