Génesis 15, 5-12. 17-18; Filipenses 3, 17–4, 1; Lucas 9, 28b-36
En este Segundo Domingo de Cuaresma, la Iglesia nos presenta el pasaje de la Transfiguración del Señor, un momento clave en la vida de Jesús que fortalece la fe de sus discípulos y los prepara para vivir el misterio de la Cruz y la Resurrección.
El Evangelio nos relata cómo Jesús llevó a Pedro, Santiago y Juan a lo alto de un monte, y “mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes”. En ese momento, Moisés y Elías aparecieron a su lado, representando la Ley y los Profetas, quienes prepararon el camino del pueblo de Israel hacia la venida del Mesías, y hablaban de la muerte venidera de Jesús.
Este episodio es un tipo de “epifanía” de la gloria de Cristo, una manifestación anticipada de su victoria sobre la muerte. Sin embargo, también nos recuerda que antes de la gloria está la cruz. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica en el numeral 556: “La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo ‘el cual transfigurá este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo’ (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que ‘es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios’ (Hch 14, 22)”.
Los discípulos se encontraban “rendidos de sueño” mientras Jesús se transfiguraba. ¿Cuántas veces nos ha pasado a nosotros? No logramos experimentar la gloria de Dios porque nos encontramos dormidos espiritualmente. Después de que se despertaron, vieron la gloria de Dios. Pedro, emocionado por la visión, propuso hacer tres tiendas, deseando prolongar la experiencia celestial. Luego, una nube los cubrió y se llenaron de miedo. De la nube salió una voz diciendo: “Éste es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando todo pasó, “los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto”.
Este pasaje nos recuerda que, aunque podamos vivir momentos de gracia y experiencias espirituales profundas, la fe no se vive solo en lo extraordinario, sino en lo cotidiano y en el silencio interior. Seguir a Cristo significa también cargar nuestra cruz y acompañarlo en su Pasión. Y esto ciertamente nos puede causar algo de miedo ya que tendemos a preferir la comodidad que el sacrificio.
En este Segundo Domingo de Cuaresma, la Transfiguración nos invita a renovar nuestra esperanza y a prepararnos para la Pascua. Es fácil querer permanecer en los momentos de consuelo espiritual, pero la verdadera prueba de la fe está en llevar nuestra experiencia de Dios a la vida diaria: en la cocina mientras se prepara la comida para la familia, en el cambio de pañales de los hijos pequeños, en la paciencia que se requiere cuando un niño se enferma en la madrugada, en el esfuerzo y la entrega en el trabajo diario, en la generosidad de servir a los demás sin esperar recompensa.
Así como los discípulos escucharon la voz del Padre pidiendo que escuchen a su Hijo, también nosotros debemos aprender a escuchar a Jesús y seguirlo, incluso cuando el camino nos lleve a la cruz. La Cuaresma es el tiempo propicio para despertar y reflexionar sobre cómo podemos transfigurarnos en el amor de Cristo, no solo en momentos de consuelo espiritual, sino en la vida diaria, en la entrega constante y en el testimonio de fe en medio del mundo.



