En el Evangelio de este domingo, Jesús declara con pasión: “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49). Este fuego no es de destrucción, sino de amor. Es el fuego del Espíritu Santo, el ardiente amor de Dios que transforma, purifica, y renueva todo lo que toca. Es un fuego que quiere prenderse en nuestros corazones para encender el mundo entero con esperanza y misericordia.
Los santos y místicos han entendido este fuego como el deseo de Jesús de que todos conozcamos y experimentemos el amor de Dios por nosotros. Un amor que quema el egoísmo, que ilumina la oscuridad del pecado, y que nos llena de vida nueva. No es un fuego que destruye, sino que da verdadera paz.
Pero esta paz no siempre es entendida o aceptada. Jesús advierte que seguirlo puede traer división: “¿Piensan que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo, sino división” (Lc 12, 51). Esto no significa que Jesús promueva el conflicto, sino que su mensaje exige una decisión radical de seguirlo. Y esta decisión, cuando es tomada en serio, puede provocar rechazo, incluso dentro de la propia familia o comunidad.
Cuando elegimos vivir según el Evangelio —en santidad, justicia, perdón, verdad y caridad— a veces nos encontraremos con rechazo y persecución, incluso de parte de nuestros propios familiares y amigos. Pero no debemos tener miedo. El fuego del amor de Dios nos sostiene y nos da la fuerza para perseverar.
Hoy, Jesús nos invita a dejarnos prender por ese fuego. ¿Estoy dispuesto a ser encendido por su amor? ¿A dejarme transformar y a ser instrumento de ese amor en mi entorno, incluso si eso significa incomprensión o rechazo?
Señor Jesús, enciende en nosotros el fuego de tu amor. Que arda en nuestros corazones y nos convierta en llamas vivas de tu presencia en el mundo. Amén.



