Hechos 1, 1-11; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53
Hoy, gran parte de la Iglesia en los Estados Unidos y en otras partes del mundo celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor, un misterio que ocurrió cuarenta días después de la Resurrección. En la primera lectura del libro de los Hechos, escuchamos cómo Jesús, antes de ascender al cielo, instruyó a sus discípulos a permanecer en Jerusalén para esperar la promesa del Padre: el Espíritu Santo. Mientras lo veían subir, una nube lo ocultó de su vista. Los discípulos, con la mirada fija en el cielo, fueron interpelados por dos hombres vestidos de blanco: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo?” Estas palabras no son un reproche, sino un llamado a no quedarse paralizados contemplando el misterio, sino a asumir su misión. La Ascensión no marca el final, sino el comienzo de la misión de la Iglesia. Así como los discípulos fueron enviados, también nosotros, por virtud de nuestro bautismo, somos enviados al mundo como testigos del amor y la misericordia de Dios.
Es fácil, en nuestra vida espiritual o ministerial, quedarnos “mirando al cielo”, esperando señales, consuelos o una escapatoria de las responsabilidades de la vida. Y sí, es bueno anhelar el cielo; es justo tener nuestra esperanza puesta allá donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. Pero la Ascensión nos recuerda que el camino hacia esa gloria pasa por la fidelidad aquí y ahora: vivir con alegría, sacrificio y fervor nuestra vocación en la tierra. Jesús no se desentiende de nosotros al ascender; al contrario, nos promete la fuerza de lo alto, el don del Espíritu Santo que nos capacita para ser discípulos misioneros en medio de un mundo herido y necesitado.
En el Evangelio de San Lucas, vemos cómo antes de partir, Jesús bendice a sus discípulos y ellos, en respuesta, lo adoran. Este acto de adoración es clave: reconocen que Jesús no es solo su Maestro, sino el Señor resucitado y glorificado. Luego, regresan a Jerusalén llenos de gozo y permanecen en el templo alabando a Dios. Aquí está el equilibrio perfecto del discípulo: adoración, alegría, y fidelidad en la espera activa. Se preparan, con el corazón lleno de esperanza, para recibir al Espíritu Santo en Pentecostés.
También nosotros estamos llamados a adorar al Señor en la iglesia todos los domingos durante la Santa Misa y cuando se pueda entre semana, a volver a nuestra vida cotidiana con gozo, y a ser fieles en lo pequeño mientras esperamos la plenitud del Reino. La Ascensión no es una despedida, sino una promesa: Jesús nos prepara un lugar en el cielo, pero mientras tanto, camina con nosotros a través del Espíritu Santo. Que esta solemnidad renueve en nosotros el deseo de santidad y la urgencia de la misión.



