Hechos 13, 14. 43-52; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30
¿Puedes creer que ya estamos en el Cuarto Domingo de Pascua? Hoy seguimos profundizando en el testimonio de la Iglesia primitiva, tal como lo escuchamos en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pablo y Bernabé llegan a Antioquía para continuar predicando el Evangelio. En el siguiente sábado, casi toda la ciudad se reunió para escuchar la Palabra del Señor (Hechos 13, 44). Pero al ver esto, los judíos se llenaron de celos y comenzaron a contradecir lo que Pablo decía. Entonces, él les recuerda lo que el Señor les había mandado: “Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra” (Hechos 13, 47). Al oír esto, los gentiles se llenaron de alegría y glorificaron la Palabra del Señor. Y la Palabra de Dios siguió propagándose por toda la región.
Este pasaje nos recuerda que todos nosotros, como discípulos de Jesús, estamos llamados a ser luz en un mundo lleno de oscuridad y confusión. No somos instrumentos de condenación, sino de salvación. A veces, es fácil caer en la tentación de sentirnos desanimados o juzgar a quienes no viven la fe como nosotros. Pero como advirtió San Juan XXIII antes del Concilio Vaticano II, no estamos llamados a ser profetas de desgracias, sino peregrinos de esperanza y alegría, como nos recordaba constantemente el Papa Francisco. Somos enviados como discípulos misioneros, portadores de la alegría del Evangelio.
No estamos llamados a juzgar a los paganos, a los católicos no practicantes ni a nuestros hermanos cristianos no católicos, sino a crear puentes. A través de nuestro testimonio, debemos acercarlos a Cristo y a su Iglesia. Porque, al final, Dios quiere que todos se salven.
En la segunda lectura del Apocalipsis, donde San Juan tiene una visión de “una muchedumbre inmensa, de toda nación, raza, pueblo y lengua” delante del trono y del Cordero (Apocalipsis 7, 9). No es nuestra tarea decidir quién se salva, sino anunciar el mensaje de salvación y orar para que todos lleguen a conocer al Señor. Jesús dice en el Evangelio: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen” (Juan 10, 27). Nuestra misión es hacer que su voz se escuche hoy.
Si el mundo no reconoce a Cristo, tal vez es porque nosotros no hablamos ni actuamos como Él. Este es el desafío: que nuestras vidas suenen como la voz del Buen Pastor, para que todos puedan reconocerlo.
Oremos por nuestra Iglesia en estos tiempos, especialmente tras la elección del nuevo Papa. Que el Señor le conceda sabiduría para guiar al Pueblo de Dios. Y que todos nosotros, unidos en oración, seamos uno, como el Padre y Jesús son uno (cf. Juan 10, 30), para que los que están fuera del redil reconozcan su voz, entren, y experimenten la alegría del Evangelio y la salvación eterna.



