Reflexión Dominical – Domingo V de Cuaresma
El Evangelio de este Quinto Domingo de Cuaresma (Juan 8, 1-11) nos regala uno de los encuentros más profundos y conmovedores entre Jesús y un pecador. Se trata de la mujer sorprendida en adulterio. Este pasaje es más que un juicio; es un acto de misericordia. San Agustín, en su comentario a este Evangelio, lo resume magistralmente: “Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia.” (Tractatus in Iohannem, 33,5).
Esta escena nos revela el corazón mismo de Jesús: no uno que condena, sino que comprende, perdona y transforma. Los escribas y fariseos traen a la mujer ante Jesús con la intención de ponerlo a prueba. “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto de adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?” (cf. Jn 8,4-5). Pero Jesús, en lugar de responder directamente, se inclina y escribe en el suelo. No sabemos qué escribió, pero su silencio es elocuente. San Jerónimo sugería que escribía los pecados de los acusadores (cf. Jerónimo, Coment. a Jeremías).
Jesús luego responde con una frase que atraviesa la historia: “El que de vosotros esté sin pecado, que le tire la primera piedra” (Jn 8,7). Y, uno a uno, los acusadores se retiran, comenzando por los más ancianos, conscientes de su propia fragilidad.
En este gesto, se nos revela una verdad fundamental: todos necesitamos misericordia. Como nos recuerda San Pablo: “Olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, corro hacia la meta” (Flp 3,13-14). Esta es nuestra carrera cuaresmal: dejar atrás el pecado, mirar hacia adelante, caminar en la luz del Señor.
La mujer, finalmente sola ante Jesús, escucha de Él palabras de libertad: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más” (Jn 8,11). No hay reproche, solo amor que redime. No hay condena, solo una invitación a una vida nueva. En ese momento, la miseria del pecado es revestida por la misericordia del amor.
En este Año de la Esperanza, y mientras nos acercamos a la Pascua, este Evangelio nos recuerda que siempre es posible comenzar de nuevo. No importa cuán profunda sea nuestra caída, Cristo nos ofrece levantarnos. La gracia no anula nuestra libertad, sino que la eleva, la purifica y la orienta hacia el bien.
El Papa Francisco ofrece una hermosa reflexión sobre este relato:
“Jesús ha mirado a los ojos a aquella mujer y ha leído su corazón: allí ha reconocido su deseo de ser comprendida, perdonada y liberada. La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor. Por parte de Jesús, no hay ningún juicio que no esté marcado por la piedad y la compasión hacia la condición de la pecadora. A quien quería juzgarla y condenarla a muerte, Jesús responde con un silencio prolongado, que ayuda a que la voz de Dios resuene en las conciencias, tanto de la mujer como de sus acusadores. Estos dejan caer las piedras de sus manos y se van uno a uno (cf. Jn 8,9). Y después de ese silencio, Jesús dice: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? […] Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (vv. 10-11). De este modo la ayuda a mirar al futuro con esperanza y a estar lista para encaminar nuevamente su vida; de ahora en adelante, si lo querrá, podrá «caminar en la caridad» (cf. Ef 5,2). Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera” (Papa Francisco, Misericordia et misera).
Que también nosotros dejemos caer nuestras piedras, reconozcamos nuestra necesidad de misericordia y respondamos al llamado de Jesús que nos dice: “yo tampoco te condeno, vete y no peques más”.



