Crecer bajando

Carmen Briceño

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Fama. Todos la quieren. Aunque pienses que no, tú también la quieres. Quieres que le den “like” a tu foto, que te tomen en cuenta. Quieres que te consulten y, secretamente, que te admiren. La razón es que tenemos un llamado a vivir una vida de gloria, pero el mundo sólo sabe dar fama. La fama quema mientras que la gloria ilumina. Los santos brillaban desde adentro y no necesitaban luces desde afuera.

Dios nos llama a vivir una vida de plenitud, una vida que le dé gloria; y, por ende, una vida santa y santificante. Este tipo de vida no puede pasar sin dejar estela. Los santos son las grandes luces de la historia porque son los mejores intérpretes del Evangelio. Piensa en los grandes artistas o deportistas modernos. ¿Cuántos de ellos serán recordados cientos o miles de años después?

San Francisco de Asís vivió hace más de 800 años y cada año, alrededor de seis millones de personas visitan su tumba. Su vida de pobreza y humildad dio tanta luz que tan solo en los Estados Unidos hay más de 17.000 sacerdotes y religiosas que han consagrado su vida a Dios siguiendo su ejemplo. ¡Él sí que es un verdadero influencer!

La Madre Teresa, gran santa moderna, nunca quiso tener celular, página web, o promocionar de ninguna manera su Orden Religiosa. Estaba dedicada a Dios y a los pobres, y le dejaba a Dios el crecimiento de su Orden. Con sólo la luz de su ejemplo, hoy en día, hay más de 5.700 hermanas viviendo en más de 139 países alrededor del mundo ayudando a los pobres más pobres. Su rostro, lleno de arrugas, es de los más hermosos y reconocibles a nivel mundial.

El Beato Pier Giorgio Frassati era guapísimo y millonario. Su papá era dueño de un periódico italiano importante y tenía mucha influencia política. Pier Giorgio era tan rico que su casa de verano tenía 33 cuartos, ¡a pesar de que su familia era de cuatro integrantes! Pier Giorgio tenía muchos amigos porque era bromista y simpático. Le encantaba escalar montañas, nadar, hacer alpinismo y jugar billar. Con toda esta fama a su alcance, quiso vivir escondido.

Se levantaba de madrugada para escaparse de su casa. No para salir con sus amigos, sino para ir al encuentro del verdadero Amigo Jesús en la Santa Misa. Visitaba a los pobres y les donaba dinero para sus necesidades; y, además, se aseguraba de que recibieran los sacramentos. Para que la gente no supiera quien era, cuando le preguntaban su nombre, decía que era el Hermano Jerónimo — ya que, si decía su apellido, Frassati, todos lo reconocerían. Con tan solo 21 años, mantenía económicamente a más de 120 familias. Y todo esto en absoluto silencio y secreto.

A los 24 años contrajo polio, contagiado por una familia pobre que visitaba. En el lecho de su muerte, en vez de pensar en sí mismo, le explicaba a su hermana dónde podía buscar los remedios para dárselo a los pobres una vez que muriera. El día de su funeral, sus padres quedaron asombrados porque ¡asistieron más de 10.000 personas! Llegaron miles de pobres, enfermos, compañeros universitarios y personas que habían escuchado de la “fama santa” de este joven. Sus padres no tenían idea de toda la labor filantrópica que hacía porque lo hacía sólo por Jesús.

¡Que diferente es Pier Giorgio de tantos de nosotros que no podemos hacer (o pensar en hacer) una cosa buena sin anunciarlo con trompetas en todos los medios sociales!

¿Qué tienen en común estos tres santos y todos los santos en el cielo? Supieron crecer bajando. Entendieron que quien quiera ser el primero, será el último; que el que busque que lo miren, ya ha recibido su recompensa. Entendieron y vivieron las palabras de Juan Bautista que nos enseña que Jesús debe crecer, y nosotros disminuir.

Vivamos buscando sólo la mirada de Jesús.

Briceño, una virgen consagrada, se dedica a la evangelización a través del arte con su ministerio sacredprint.com.

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