Palabras de madre

Padre Álvaro Montero

Adobestock.

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Acabamos de terminar el mes del Rosario y quería reflexionar sobre la presencia de la Virgen María en la vida del cristiano. Hemos visto en otra ocasión su ayuda en la tarea de generar espacios que sean ambientes donde la fe florezca y se difunda.

Ella perseveraba con los apóstoles en oración y le ayudaba a tener una relación personal con Jesús resucitado. Ahora quisiera ver qué palabras suyas nos llegan por el Evangelio. Son palabras de Madre y por ello haremos bien en meditarlas.

— Sus palabras en la Anunciación. María nos enseña a tener fe, porque ella es la primera que ha creído del todo en el poder de Dios, capaz de combinar virginidad y maternidad. A las palabras del ángel responde con palabras que deberíamos repetir todos los días en distintos momentos: “¿Cómo será esto?”, cuando encontremos dificultad en vivir o en acoger los planes de Dios en su Providencia; “He aquí — hágase en mí”, cuando ponemos toda nuestra confianza en la acción del Espíritu Santo.

—Sus palabras en la Visitación. María nos enseña a reconocer el paso de Dios en nuestra vida. La primera palabra de la visitación fue el saludo a su prima santa Isabel, que imaginamos sería un saludo de paz. Al saludo siguió la bendición de Isabel y las nuevas palabras de María en el himno llamado “Magnificat” (palabra en latín que significa “engrandecer”). De esta oración destaco dos palabras claves del inicio: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”. Esto es algo que podemos repetir todos los días si somos capaces de reconocer el paso de Dios en nuestra vida. Con las palabras de nuestra Madre podemos decir: ¡qué grande eres Dios mío!, ¡qué alegría tengo porque tú eres mi salvador”.

— Sus palabras en el Templo con José al encontrar a Jesús después de perderlo. María nos enseña a descargar nuestra preocupación en el Corazón de Cristo. “¿Por qué nos has tratado así? … te buscábamos angustiados?” Lo primero es preguntarle a Él; lo segundo escucharle; lo tercero, guardar sus palabras en nuestro corazón y memoria. No pasa nada por preguntar a Jesús cuando no entendemos sus palabras o sus acciones, sino que es una ocasión perfecta para seguir aprendiendo quién es Él y renovar nuestro deseo de seguirle. La Virgen María pregunta porque le ama por encima de todas las cosas y se dejar enseñar porque confía sin límites en Él. La gran novedad de este episodio es descubrir la centralidad del Dios Padre en el Corazón de Cristo: tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre. En el Evangelio de Juan lo dirá de modo distinto en su encuentro con la samaritana: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra” (Jn.4,34).

— Sus palabras en Caná de Galilea. María intercede por nosotros y nos conduce a Jesús. María es madre que se da cuenta de nuestra necesidad, como sucedió a los novios que no tenían vino en el banquete de bodas. Aquí aprendemos algo esencial para la paternidad y maternidad: la importancia de interceder ante el Señor por los hijos (“No tienen vino”), evitar la tentación de querer solucionarlo todo nosotros y dirigir a los hijos hacia Jesús, igual que la Virgen María dio instrucciones a los servidores (“Haced lo que Él os diga”). Aprendemos de nuestra Madre a no enfadarnos por las respuestas de Jesús, que le dijo a ella: “Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora” (Jn.2,1-11).

— Sus palabras al pie de la Cruz. María nos enseña a ofrecernos con Jesús entregado a la muerte, uniéndonos a Él con suma docilidad y profunda fe. La palabra de María en este momento es silenciosa: su gesto habla por sí solo, “estaba” en el Gólgota, fiel hasta el final. Habla con su silencio, sus lágrimas llenas de fe, su corazón abierto por la espada del dolor. No necesita abrir su boca para proclamar su fidelidad y amor a Cristo. Precisamente así, se convierte en nuestra Madre al recibirnos de Cristo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. (Jn.19, 25-27)

El Padre Montero es pastor de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.

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