Perdonar

Padre Álvaro Montero

Adobestock.

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“Año nuevo, vida nueva”, dice el refrán. El inicio del año es un momento oportuno para empezar de nuevo.

Este deseo va unido, sin embargo, a la conciencia de que arrastramos cosas del pasado que pesan en nuestra conciencia. Con esta reflexión, quisiera iluminar de qué modo el perdón supone un nuevo inicio y permite una “vida nueva”. La acción de perdonar puede explicarse unida a otros tres verbos: cancelar, transfigurar y regenerar.

  1. Cancelar una deuda: el perdón se refiere normalmente a una ofensa o a una deuda. Es decir, existe una acción nuestra que deja como consecuencia una herida en una relación o una obligación de devolver algo en justicia (por ejemplo, una cantidad de dinero que alguien recibe en préstamo). Por medio del perdón, la ofensa o la deuda dejan de existir porque la persona a la que debemos reparación o pago cancela el “registro” contra nosotros. De este modo, nuestro “record” queda limpio y experimentamos una sensación de alivio y parece que uno empieza de nuevo, como si empezase un nuevo capítulo en el libro de nuestra vida (especialmente si la ofensa o la deuda con grandes o graves). La cuestión parece solucionada si decimos que perdonar es quitar o limpiar algo de una historia personal o de operación mercantil. ¿Es el perdón algo tan sencillo? Para el perdonado, quizás sí, pero no tanto para el que perdona. Sabemos bien que hay situaciones en que el perdón nos hace “sangrar” en el corazón. El perdón siempre implica una dosis de sufrimiento. Lo entendemos bien si miramos a Jesús pidiendo perdón a Dios Padre en nuestro nombre. “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.
  2. Transfigurar una memoria: el perdón, sin embargo, es mucho más que limpiar un registro de nuestros actos. Existe una expresión que he escuchado muchas veces: “yo perdono, pero no olvido”. Desde el punto de vista del perdonado, parece mejor olvidar, ¿no parece? Sin embargo, la experiencia muestra que muchas veces es difícil perdonarse a uno mismo, porque seguimos recordando la ofensa, aunque se nos haya perdonado. ¿Podemos decir algo para que ayude a las dos personas, el que perdona y el que es perdonado? Quizás ayude esta idea un poco provocadora. “Perdono y, precisamente por eso, no olvido”. Y también, “me han perdonado y, precisamente por eso, no olvido”. ¿Qué quiere decir esto? La clave es entender que el perdón es un don-perfecto, un regalo posible porque hay un amor más grande que permite cancelar la deuda o perdonar la ofensa. Lo que recordamos es la gracia y la fuerza interior que permite ver más allá del dolor y devolver la dignidad a una persona o la vida a una relación. Por ello decimos que el perdón transfigura la memoria. La Eucaristía, que repetimos en memoria de Jesús, está unida a su perdón en la cruz. Esto nos mueve a profunda gratitud, sin duda alguna, por el gran regalo del perdón de nuestros pecados, que ofenden a Dios.
  3. Regenerar una vocación: la consecuencia de permitir que un amor más grande desbloquee nuestro corazón es que, en cierto sentido, volvemos a nacer. El perdón recibido podría de este modo compararse a una resurrección. La profundidad de este enfoque se percibe mejor desde la fe. Cristo resucitado se apareció a sus apóstoles precisamente para dejarles claro su perdón, encomendarles el oficio de perdonar y confirmarles en su vocación. Un buen ejemplo de ello es el diálogo con San Pedro a orillas del mar de Galilea. Pedro le había negado tres veces y por tres veces Jesús le preguntó si le amaba más que los otros. Lejos de perder la confianza en Pedro, Jesús le transfiguró la memoria al confirmarle por tres veces en la misión de ser el primer Papa de la historia: “Apacienta mis corderos”. Por ello es ahora más fácil entender que el perdón va unido a la nueva decisión de entregarnos más y mejor a nuestra vocación, a reparar el daño que hubiéramos hecho devolviendo más amor y entrega a los que hemos ofendido o a los que Dios nos ha encomendado en nuestra vocación.

Ojalá que el modo de perdonar y pedir perdón nos regenere de verdad.

El Padre Montero es pastor de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.

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