Hace unos días regresé de una peregrinación por el Camino de Santiago, en España. Miles de peregrinos han recorrido este camino de conversión y de crecimiento en la fe hasta la tumba de Santiago Apóstol, hijo del Zebedeo y hermano del San Juan. Hoy quisiera reflexionar sobre la vocación como clave para ser feliz. Vocación significa “llamada”, del verbo latino “vocare”. Santiago Apóstol recibió la llamada directa de Cristo y fue su amigo especial, el primer apóstol en morir por la fe. Quisiera citar tres textos bíblicos sobre la vocación para centrar luego la reflexión:
- “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones” Jeremías 1,5
- “Aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí para que lo anunciara entre los gentiles” Gálatas 1,15-16
- “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”. Juan 15,16
Nadie discutirá que todos queremos ser felices. ¿Cómo conseguirlo? Mi reflexión se centra en esta otra afirmación: para ser feliz es preciso entender la vida como vocación.
- Mi vida no es un simple proyecto personal: he sido llamado a la existencia de modo totalmente gratuito y con una misión personal en el marco de la relación con Dios. Mi felicidad, entendida como la satisfacción del deseo más profundo de mi corazón, depende que yo descubra el plan de Dios y lo haga mío con un acto de libertad y confianza. La expresión “tengo que sentirme realizado”, muy típica de hoy, plantea todo mirando demasiado a las propias fuerzas y a un sentimiento sin medida externa. Creo que es mejor ver la vida como una vocación que procede de Dios unida a sus dones necesarios para cumplir nuestra misión. En la vida, antes o después, experimentamos el cansancio y fácilmente caeremos en la frustración si olvidamos que Dios mismo tiene un plan para mí y me ayudará hasta el final.
- Mi vida encuentra sentido desde un amor que me precede, me llama y me restaura. En el origen del plan de Dios está su amor incondicional, porque somos obra de sus manos, creados a su imagen y semejanza. Más aún, por el bautismo nos convertimos en sus hijos suyos. La misión de cada uno se entiende así desde la vocación más fundamental de estar en una relación viva de amor filial con Dios Padre. Incluso en momentos de fragilidad o ruptura, cuando traicionamos el plan de Dios y le damos la espalda por el pecado, el amor de Dios permanece y nos regenera. El amor de Dios nos llama entonces regenerando nuestro corazón roto. “Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia para contigo. Te construiré, serás reconstruida, doncella capital de Israel”. Jeremías 31, 3-4. “¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré. Mira, te llevo tatuada en mis palmas” Isaías 49,15-16
- La felicidad es un modo de actuar acorde con la vocación de cada uno a vivir la misma vida de Cristo, a ser “cristos” vivos en el mundo. “Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir” Filipenses 1, 21. Somos felices cuando vivimos según el corazón de Cristo, que se nos explica en Mateo 5 (las Bienaventuranzas).
“De Santiago podemos aprender muchas cosas: la prontitud para acoger la llamada del Señor incluso cuando nos pide que dejemos la “barca” de nuestras seguridades humanas, el entusiasmo al seguirlo por los caminos que él nos señala más allá de nuestra presunción ilusoria, la disponibilidad para dar testimonio de él con valentía, si fuera necesario hasta el sacrificio supremo de la vida. Así, Santiago el Mayor se nos presenta como ejemplo elocuente de adhesión generosa a Cristo.” Benedicto XVI, Audiencia General, junio 21 de 2006.
En resumen: La adhesión generosa a Cristo es la fuente de nuestra felicidad. No podemos ser felices de espaldas al plan de Dios.
El Padre Montero es pastor de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles en Woodbridge.



